Escultura de San Narciso con báculo y mitra

El Bigote

Homenaje a Salvador Dalí

Espacio de arteEl BigoteRelicario del bigote de Dalí y pila bautismal de San Narciso
Edición
Edición digital en español, 2026
Editor
Carles Mallart Figueres y Aleix Adam · edición final, octubre de 2026
Edita
Fundació Privada Dalmatius Moner · Girona
El libro y sus derechos pertenecen a
© Carles Mallart Figueres y Aleix Adam
Obras escultóricas
Diseño, creación y propiedad de Gallery Legends
Obras de Aleix Adam
La estatua de la Petjada de Sant Narcís y la frase «Toca la petjada de Sant Narcís i te'n sortiràs», los bocetos del relicario y la Leyenda de la pila bautismal de Sant Narcís y sus diseños son de autoría de Aleix Adam
Códigos QR
In2Art
Web
www.elbigote.art
Obra de Lluís Roura
Firma de Lluís RouraObra de Lluís Roura
Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Presentación

Carles Mallart FigueresPresidente de la Fundació Privada Dalmatius Moner

Sigo convencido de que este libro está bien planteado. No es una biografía de Dalí, ni un repaso de su obra, ni una valoración comparativa con otros artistas. Todo eso ya se ha hecho hasta la saciedad y, además, nunca fue nuestra intención. Lo verdaderamente nuevo es esta exploración a fondo del hombre que había detrás del personaje público. Aquí hemos reunido análisis psicológicos, anécdotas, documentos y testimonios de primera mano de personas que lo conocieron y lo trataron. El resultado es un retrato de su genio, sus excentricidades, sus miedos, sus gustos, sus actitudes y aspectos poco conocidos —o del todo desconocidos— de su vida privada.

La idea de traducir el libro a otras lenguas resulta especialmente atractiva, porque buena parte de lo que aquí se cuenta puede resultar más o menos familiar a los lectores de casa, mientras que fuera nunca se ha llegado a difundir.

Habrá quien diga que hay un exceso de fotografías de esculturas, pero no es así. Esto no es una colección de obras del artista, sino una colección de obras sobre el artista: piezas que, hasta ahora, nunca habían sido de dominio público. No hay, pues, nada que reprochar; todo lo contrario.

Relieves fijados en un muro del Hotel-Museu Llegendes
Relieves fijados en un muro del Hotel-Museu Llegendes

Nota del editor

Quizá sorprendan las fotografías de época que muestran lugares, ambientes y personajes de hace cincuenta, setenta o más años, repartidas a lo largo del texto sin una relación aparente con los pasajes que acompañan. Creo que los lectores de aquí las reconocerán sin dificultad, aunque hay que decir que la mayoría de estas imágenes son «nuevas», en el sentido de que se han publicado muy poco o nunca. La dificultad puede llegar —o quizá no lo sea en absoluto— cuando lectores de fuera de nuestra tierra se encuentren con estas fotografías sin un pie que las explique. Nosotros sabemos qué muestran: una riada en Girona, Pitxot, los antiguos autobuses de la Sarfa (hoy Moventis), los de la Teisa de Banyoles…

Para quien no conozca la zona, en cambio, pueden resultar algo enigmáticas, sobre todo cuando no se corresponden directamente con el texto en el que aparecen. Y es que hemos adoptado un estilo daliniano. Nuestro propósito es sorprender al lector y despertar su curiosidad con la inserción inesperada de estas fotografías históricas. Con ellas evocamos también una época en la que vivimos tanto, incluidas dos guerras mundiales y la Guerra Civil española. Recordemos que el maestro Dalí nació en 1904; hoy, en 2026, se cumplen 122 años de su nacimiento. El dicho «una imagen vale más que mil palabras» cobra aquí todo su sentido: estas viejas fotografías conservan mundos y tiempos que no volverán, mientras hoy el progreso tecnológico avanza a un ritmo imparable.

Muchos de los que hemos colaborado en este libro somos, probablemente, de esos a quienes llaman «tocados por la tramontana», el viento característico del Alt Empordà, que ha dejado una huella duradera en nuestras vidas. Se lo debíamos al maestro Dalí: recopilar y escribir este libro, porque se lo prometimos hace muchos, muchísimos años. Salvador Dalí fue un hombre universal y generoso, y debemos hacer todo lo posible para que su espíritu no se pierda.

Busto de Salvador Dalí tras un ventanal del Hotel-Museu Llegendes, con su firma en metal
Busto de Salvador Dalí tras un ventanal del Hotel-Museu Llegendes, con su firma en metal

A menudo nos dicen que este libro es único en su género. Si es así, nuestra tarea debería ser no esperar demasiado para preparar otro volumen con el mismo espíritu, que cuente otros capítulos de su vida, por ejemplo sus años en Nueva York o en París. Todavía estamos a tiempo, porque las personas que vivieron aquellas experiencias con Gala y Dalí siguen entre nosotros y pueden compartir infinidad de historias inéditas que la historia no se puede permitir perder. Al contrario: tenemos la responsabilidad de transmitirlas a las generaciones futuras para que puedan disfrutarlas y preservar su memoria.

Carles Mallart Figueres
Carles Mallart Figueres

Estoy convencido de que al maestro Salvador Dalí le habría encantado leer nuestra obra. Creo que su memoria ha estado, en parte, secuestrada.

¡Viva el cambio!

Carles Mallart Figueres

Carles Mallart FigueresPresidente de la Fundació Privada Dalmatius Moner

Obra de Lluís Roura
Firma de Lluís RouraObra de Lluís Roura
Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

El Bigote

Aleix AdamVicepresidente de la Fundació Privada Dalmatius Moner

Al realizar la creación de este libro, supe que debía hablar de algo que trasciende la mera anécdota biográfica. Y es que (aunque parezca obvio) si hay un elemento que sintetiza la esencia de Salvador Dalí —su teatralidad, su ingenio, su obsesión por la imagen y su inquebrantable sentido del humor— ese es, sin duda, su bigote.

Aleix Adam
Aleix Adam

Permítanme que comience con una confesión: llevo años conviviendo con el bigote de Dalí. No metafóricamente, sino de forma muy real. En el Hotel-Museu Llegendes, en el corazón del Barri Vell de Girona, custodiamos un relicario que guarda pelos auténticos de Salvador Dalí, dueño del bigote más famoso de la historia de la humanidad, que el Dr. Narcís Bardalet preservó durante más de treinta y siete años. Es una responsabilidad que asumimos con la solemnidad que merece, pero también con la certeza de que al propio Dalí le habría divertido saber que su bigote sigue dando que hablar décadas después de su muerte.

Debo admitir que la interacción con el bigote ha traído en mí algo más allá de lo que las palabras pueden describir, quizá se me está contagiando su locura, quizá sólo es inspiración, pero noto que cada día que paso a tocar el relicario donde guardamos el bigote, me encuentro con ideas nuevas y frescas, muchas de las cuales se considerarían poco ortodoxas para los tiempos en los que vivimos.

Juraría que Dalí estaría encantado de vivir en los días en los que una red social, una estrategia de marketing se puede realizar en segundos y con un coste mínimo, que él podría automatizar la creación de arte usando agentes de inteligencia artificial educados estrictamente en las ideas de su propia cabeza. Imagina multiplicar la productividad del maestro con la tecnología actual: cine, pintura, esculturas… el potencial es exponencial (y quién sabe si a él le habría parecido incluso escaso).

Carles Mallart y Aleix Adam
Carles Mallart y Aleix Adam
Fachada del Hotel-Museu Llegendes, en Girona
Fachada del Hotel-Museu Llegendes, en Girona

Dalí hoy en día sería alguien que, encantado de la vida, se habría unido al equipo de IN2ART con nosotros, con el objetivo de centralizar todo lo relacionado con el arte y la opinión pública de las obras. Ahora les explico el porqué:

El equipo de In2Art durante el rodaje de un spot publicitario de In2Art
El equipo de In2Art durante el rodaje de un spot publicitario de In2ArtCódigo QR: Ver el spot en YouTubeVer el spot en YouTube

Imagínese por un momento que todo tipo de personas, desde el profesional, el estudiante, el vecino y hasta la abuela, pudieran realizar una opinión personal y honesta de cualquier obra sin ser minimizados o ignorados, que además esa opinión quede registrada para la posteridad como evidencia de haber contemplado la obra, y aún más allá, que la opinión trascienda para formar parte del valor económico de una obra, midiendo el interés y popularidad que ésta pueda crear entre la sociedad. Esto modificaría todo el mercado del arte que conocemos actualmente y Dalí estaría fascinado (por no decir excitadísimo) de encontrarse con algo tan transformador como sería modificar la naturaleza misma del mercado del arte, también en la expresión artística dejando accesibilidad a voces nunca escuchadas en el mundo de las críticas, serían más humanas, más auténticas, cambiaría precios de obras y podría analizarse con detalle el turismo del arte y sus efectos sociales en comunidades y espacios que adopten el arte no únicamente como lujo o belleza sino como medio de mejora cualitativa de sus vidas, esto es lo que actualmente estamos desarrollando en IN2ART, una plataforma para entregar herramientas para todos aquellos interesados en el arte que puedan aprender, votar, enseñar, comprar, y todo aquello que su imaginación les permita (siempre y cuando sea legal).

Como pueden ver, cada obra en este libro ha sido acompañada de un código QR para que usted, mi querido lector, pueda realizar una opinión propia y sin juicios ajenos sobre los conocimientos que tenga usted sobre arte: una simple y llana opinión personal. Imaginemos por un momento lo que Dalí sería si sus cuadros fuesen calificados democráticamente, pero con un toque cualitativo al voto para poder discernir los mercados, los perfiles y, sobre todo, el alcance que tendrían sus obras a través de internet. El potencial es gigante y las consecuencias parecerían surrealistas — sólo un genio como Dalí se sentiría encantado de vivir en un mundo con herramientas como las que tenemos hoy en día. Espero, mi querido lector, que pueda apoyar nuestro proyecto con su opinión en las obras que a usted le sean de su agrado dentro de IN2ART.

Lamentablemente Dalí no nació en nuestros días, pero creo que por ello tiene más mérito el logro de hacer de su bigote un icono de la manera en la que lo hizo. Porque el bigote de Dalí fue, ante todo, una declaración de intenciones. Ese mostacho erecto, enroscado hacia el cielo marcando las diez y diez, no era un capricho estético. Era la prolongación física de su genio, la materialización de su lema: «Cada mañana cuando me levanto, experimento otra vez un placer supremo: el de ser Salvador Dalí». Y parte de ese placer consistía en dedicar tres minutos diarios a esculpir su bigote con cera húngara Pinaud, la misma que utilizaba Marcel Proust, aunque Dalí se apresuraba a señalar que el escritor francés la usaba «de otro modo… más deprimente y melancólico», mientras que el suyo era «muy alegre, muy puntiagudo, muy agresivo».

Carles Mallart, micrófono en mano, y Aleix Adam entregan un reconocimiento al obispo de Girona Francesc Pardo (q. e. p. d.)
Carles Mallart, micrófono en mano, y Aleix Adam entregan un reconocimiento al obispo de Girona Francesc Pardo (q. e. p. d.)

Hoy en día es difícil encontrar alguien que no identifique el famosísimo bigote de Salvador Dalí. Muchos le conocen por su historia y sus obras, pero aún en las zonas más remotas del planeta, al pintor se le reconoce más que por sus cuadros por ese mostacho erecto que desafía la gravedad. Es curioso pensar que un elemento tan aparentemente menor haya logrado lo que pocas obras de arte consiguen: la familiaridad universal, el reconocimiento inmediato, la capacidad de sintetizar en una imagen toda una personalidad.

El siglo XX fue, sin duda, el siglo de los bigotes. Hubo un tiempo en que el vello facial no era solo una cuestión estética, sino un vehículo de propaganda, un arma política, un emblema capaz de movilizar masas. El cine, como gran fábrica de sueños y pesadillas, tuvo mucho que ver en ello. Las películas llevaron ideas a todo tipo de población, y con ellas los bigotes de sus protagonistas se grabaron en el imaginario colectivo.

Hubo un bigote —quizás el más infame de la historia— que simbolizó la barbarie y la locura totalitaria: el de Adolf Hitler. Un pequeño mostacho rectangular, casi un cepillo, que el Führer adoptó, según se dice, porque le permitía usar la máscara antigás de la Primera Guerra Mundial con mayor comodidad. La propaganda nazi, magistralmente orquestada, convirtió ese bigote en parte de la imaginería del poder, en un signo de autoridad incuestionable. Pero el destino, siempre irónico, quiso que ese mismo bigote encontrara su némesis en la gran pantalla.

Charles Chaplin, nacido con apenas cuatro días de diferencia respecto a Hitler en aquel mismo abril de 1889, cometió lo que el dictador consideraría «el error imperdonable de elegir mi bigote». En 1940, Chaplin estrenó El gran dictador, la primera gran producción de Hollywood que se burló abiertamente del nazismo. Interpretando a Adenoid Hynkel, su parodia del Führer, Chaplin vistió el mismo bigote, pero lo dotó de un significado completamente distinto: el de la ridiculez, la vanidad grotesca, la demencia del poder desatado. La película, que el propio Hitler vería dos veces en su sala privada de Obersalzberg —quizás fascinado, quizás inquietado por aquel espejo deformante— demostró que un bigote podía ser tanto símbolo del terror como de su antídoto: la risa liberadora.

Pero a pesar de la propaganda de guerra, a pesar del cine, a pesar de que Hitler y Chaplin compartieron bigote y época, fue Salvador Dalí quien logró algo que ni el dictador ni el cómico consiguieron: despojar al bigote de cualquier connotación política para convertirlo en un icono puramente artístico, en una firma visual universalmente reconocible. Dalí entendió, como bien señala el historiador de arte David Dibosa, que para triunfar como marca necesitaba «un logotipo fácilmente reconocible». Y su bigote cumplió esa función a la perfección. No representaba una ideología, sino una actitud ante la vida: la excentricidad, la provocación, la creatividad sin límites.

El obispo Francesc Pardo (q. e. p. d.), Carles Mallart, Aleix Adam y Fernando Lacaba en el Hotel-Museu Llegendes
El obispo Francesc Pardo (q. e. p. d.), Carles Mallart, Aleix Adam y Fernando Lacaba en el Hotel-Museu Llegendes

Esa capacidad para crear iconos no se detuvo en su propio rostro. En 1969, Enric Bernat, el creador de Chupa Chups, acudió a Dalí con un encargo: necesitaba un logotipo para su caramelo con palo, que ya comenzaba a expandirse internacionalmente. Cuenta la leyenda —confirmada por la propia web de la marca— que Dalí tardó apenas una hora en realizar el diseño, dibujándolo sobre una servilleta de papel. El artista no solo concibió la margarita amarilla con el nombre en rojo, sino que introdujo una innovación decisiva: colocó el logotipo en la parte superior del envoltorio, asegurando su máxima visibilidad. Sesenta años después, ese diseño sigue intacto, demostrando que Dalí no solo sabía pintar sueños, sino también crear símbolos comerciales capaces de atravesar décadas.

Así pues, cuando nos detenemos a contemplar el bigote de Dalí —ya sea en los autorretratos del pintor, en las fotografías de Philippe Halsman o, como veremos, en el relicario que custodia nuestra Fundación— estamos ante algo más que un rasgo físico. Estamos ante la victoria del arte sobre la propaganda, de la creatividad sobre la ideología, de la alegría surrealista sobre la gravedad totalitaria. Mientras el bigote de Hitler quedó sepultado bajo los escombros de su imperio, y el de Chaplin sobrevive en la memoria del cine, el de Dalí sigue aquí, intacto, desafiando el paso del tiempo como aquella mañana de 1989 en que su cuerpo fue enterrado. Porque Dalí, como su bigote, es para siempre.

Antes de la cera, sin embargo, hubo métodos más pintorescos. En una célebre entrevista con la BBC en 1955, Dalí confesó al presentador Malcolm Muggeridge que al principio utilizaba un producto «muy natural»: los dátiles. «Al final de la comida, no me limpiaba los dedos y me ponía un poco en mi bigote y así quedaba firme toda la tarde. Era muy eficiente». Este detalle, tan daliniano en su mezcla de lo mundano y lo extravagante, revela a un hombre que convertía cualquier elemento cotidiano en instrumento de su arte. Las moscas, por cierto, acudían fascinadas a posarse en esas puntas azucaradas, y Dalí lo celebraba como parte del espectáculo.

(Más de un amigo le aconsejaría usar cera, pero Dalí prefería lo orgánico… y el espectáculo añadido.)

Pero la historia del bigote de Dalí no es solo la crónica de un cuidado meticuloso. Es también una sucesión de anécdotas que reflejan la personalidad compleja del genio: su relación con el dinero, su superstición, su capacidad para la broma y, sobre todo, su talento para convertir cualquier situación en una performance.

Grupo de turistas con Aleix Adam, autor de la Petjada de Sant Narcís
Grupo de turistas con Aleix Adam, autor de la Petjada de Sant Narcís

El deseo de Yoko Ono: un hierbajo por 10.000 dólares

Corría la década de los setenta cuando Yoko Ono, la esposa de John Lennon, manifestó su deseo de adquirir un pelo del bigote de Salvador Dalí. Ignoramos qué uso pensaba darle la artista japonesa (quizá algún ritual, quizá simplemente el deseo de poseer un fragmento del icono surrealista), pero lo cierto es que Dalí, lejos de sentirse halagado, vio en la oferta una oportunidad perfecta para una de sus bromas y también para protegerse ante cualquier posible intento de brujería.

Amanda Lear, musa y amante del pintor durante aquellos años, desveló después los entresijos de la operación. Dalí, según sus propias palabras, «no podía resistirse cuando tenía ante sus narices un gran cheque». Pero había un problema: Dalí consideraba a Yoko Ono «una bruja» y temía que, de poseer un pelo auténtico, pudiera utilizarlo para algún tipo de hechizo.

La solución fue tan simple como genial. Dalí envió a Amanda Lear al jardín de su casa en Portlligat con una instrucción precisa: buscar una brizna de hierba seca que tuviera el aspecto suficiente para pasar por un pelo de bigote. La encontraron, la depositaron en un «lindo cofre» y la enviaron a Yoko Ono a cambio de 10.000 dólares que la japonesa pagó religiosamente.

«A Dalí le gustaba hacer dinero con la gente», recordaba Lear años después con una sonrisa. Y quizá tenía razón, pero esta anécdota revela algo más profundo: la conciencia que Dalí tenía del valor simbólico de su imagen. Él sabía que su bigote era mucho más que vello facial; era una marca, un logotipo, como han señalado los historiadores de arte. Y como toda marca, su valor residía en lo que representaba, no en su materialidad. Dalí vendió la idea de su bigote, y eso, desde una perspectiva puramente daliniana, era un negocio impecable.

El propio André Breton, el papa del surrealismo, había bautizado a Dalí con el anagrama «Avida Dollars» (ávido de dólares), y lo cierto es que el pintor catalán nunca se ofendió por ello. Al contrario, asumió el papel con ironía, consciente de que en la sociedad de consumo el arte también era mercancía y el artista, una marca. La venta a Yoko Ono no fue sino una demostración más de esta filosofía: Dalí había convertido su bigote en obra de arte, y las obras de arte, en el mundo moderno, se venden. Otra cosa es lo que se entregue al comprador.

Carles Mallart, Aleix Adam, Marc Mallart y el Dr. Narcís Bardalet, de izquierda a derecha, el día en que el doctor donó a la Fundació Privada Dalmatius Moner los pelos de Salvador Dalí, en el restaurante del Hotel Duran de Figueres
Carles Mallart, Aleix Adam, Marc Mallart y el Dr. Narcís Bardalet, de izquierda a derecha, el día en que el doctor donó a la Fundació Privada Dalmatius Moner los pelos de Salvador Dalí, en el restaurante del Hotel Duran de Figueres

El bigote y el forense: el milagro de la exhumación

Avancemos en el tiempo. Es 23 de enero de 1989. Salvador Dalí muere en Figueres a los ochenta y cuatro años, víctima de una insuficiencia cardíaca. Su cuerpo es entregado al Dr. Narcís Bardalet, médico forense y pediatra, famoso en Cataluña por sus anécdotas y libros, pero también por ser la persona encargada de embalsamar al genio.

Lo que ocurrió entonces merece ser contado. Dalí y Bardalet mantenían una relación de respeto mutuo, y en algún momento (quizá consciente de que su bigote merecía un destino especial) el pintor hizo entrega al médico de parte de su mostacho. No era un gesto baladí: Dalí sabía que su bigote era su seña de identidad más reconocible, y confiarlo a Bardalet era asegurar su pervivencia más allá de la muerte. Aquellos pelos, cuidadosamente preservados, acabarían años después en nuestra Fundación, convertidos en reliquia laica de un hombre que hizo de su vida una obra de arte.

Pero la historia con el forense no termina ahí. El 20 de julio de 2017, veintiocho años después del fallecimiento de Dalí, su cuerpo fue exhumado del Teatro-Museo de Figueres para obtener muestras de ADN en el marco de una demanda de paternidad presentada por una vidente que afirmaba ser su hija. El operativo fue casi militar: se colocaron toldos alrededor del museo para impedir que los drones grabaran la operación, y una polea hubo de levantar la lápida de una tonelada y media que cubría la tumba.

Allí estaba el Dr. Bardalet, el mismo que lo había embalsamado casi tres décadas antes, para asistir a la exhumación. Cuando retiraron el pañuelo de seda que cubría el rostro del pintor —«un pañuelo magnífico», precisaría después— lo que vieron dejó a todos mudos: el bigote de Dalí permanecía intacto, perfectamente colocado, marcando las diez y diez, «tal y como a él le gustaba».

«Fue un milagro», declaró Bardalet a la emisora RAC1. «Salvador Dalí es para siempre». La noticia dio la vuelta al mundo. The Guardian, la BBC, la NPR y decenas de medios internacionales se hicieron eco del prodigio: el bigote más famoso del planeta había desafiado al tiempo.

Aleix Adam y el Dr. Narcís Bardalet ante la Casa de Sant Narcís, junto a las moscas de Sant Narcís
Aleix Adam y el Dr. Narcís Bardalet ante la Casa de Sant Narcís, junto a las moscas de Sant Narcís

Científicamente, la explicación es menos poética pero igualmente asombrosa. La queratina, proteína que compone el cabello, resiste notablemente la descomposición gracias a sus fuertes enlaces químicos, especialmente los enlaces disulfuro, que repelen muchas de las enzimas que degradan otros tejidos. Además, la queratina es insoluble en agua. En condiciones adecuadas, el cabello puede conservarse durante cientos e incluso miles de años. Bardalet, que había realizado un trabajo de embalsamamiento excepcional, lo sabía: «El bigote seguirá ahí durante siglos», sentenció.

Pero más allá de la explicación científica, lo ocurrido aquella noche de julio tiene un significado simbólico notable. El bigote de Dalí, esa extensión capilar de su personalidad excéntrica, se había negado a desaparecer. Como sus cuadros, como sus escritos, como sus ocurrencias, el bigote había decidido permanecer. Era la confirmación, veintiocho años después, de que Dalí seguía siendo Dalí.

San Narciso y Dalí: la conexión gerundense

Para entender la importancia de Girona en el universo daliniano, debemos remontarnos a 1960. Aquel año, la Diputación de Girona concedió a Salvador Dalí la Medalla de Oro de la provincia, y el pintor, en un gesto que revelaba su vínculo con la tierra, realizó una obra titulada San Narciso.

San Narciso es el patrón de Girona, obispo de la ciudad en el siglo IV, y su leyenda está indisolublemente unida a las moscas. Cuenta la tradición que cuando las tropas francesas invadieron Girona en 1285, profanaron la tumba del santo y, como castigo, de su sepulcro emergió un enjambre de moscas que hostigó a los invasores hasta obligarles a huir. Desde entonces, las moscas son símbolo de la ciudad y del santo.

San Narciso en el retablo de su capilla de la catedral de Girona, obra del escultor Pau Costa (1718-1724)
San Narciso en el retablo de su capilla de la catedral de Girona, obra del escultor Pau Costa (1718-1724)

Dalí, fascinado siempre por los insectos —las hormigas, las moscas, los saltamontes pueblan su imaginario— no podía permanecer ajeno a esta leyenda. En los años cuarenta y cincuenta, cuando aún usaba dátiles para fijar su bigote, las moscas acudían a posarse en sus puntas, y Dalí lo celebraba como una conexión viviente con la tradición gerundense. El pintor se convirtió así, sin pretenderlo, en un eslabón más de la cadena legendaria de la ciudad: las moscas que habían defendido Girona en el siglo XIII encontraban en el bigote de Dalí, siete siglos después, un nuevo territorio donde posarse.

La Petjada de Sant Narcís, ante el Hotel-Museu Llegendes
La Petjada de Sant Narcís, ante el Hotel-Museu Llegendes
San Narciso y las moscas de Girona
Escultura «San Narciso y las moscas de Girona»

Esta conexión entre el santo, las moscas y el bigote es más honda de lo que parece. Dalí, que siempre reivindicó sus raíces ampurdanesas, encontró en la leyenda de San Narciso un precedente de ese universo mágico que él mismo cultivaba. El santo que protegía la ciudad con un ejército de moscas era, de algún modo, un antecedente del surrealismo: lo irracional, lo mágico, lo insólito irrumpiendo en la historia para torcer su curso.

Y es aquí donde nuestra historia se encuentra con la mía propia: recuperamos la memoria de la Santa Petjada, la huella que, según la tradición, dejó San Narciso al saltar desde una ventana para escapar de sus perseguidores, y la convertimos en escultura junto con Carles Mallart. Diseñé la estrategia, la obra, el objetivo y la forma de utilizar la leyenda para dar a conocer el relato histórico y parte íntegra de la identidad gerundense. Y efectivamente, en 2025, habiendo cumplido los 10 años de la creación de la estatua, puedo emitir las conclusiones: una obra artística puede cambiar la naturaleza no de un barrio sino de una ciudad, puede transformar por completo el tráfico peatonal de una zona y con una buena estrategia hasta de un país. Tenemos como ejemplos muchos casos en los que alguna religión menciona un lugar sagrado o un objeto de adoración para que dicho sitio se convierta en destino de peregrinación.

(Lo comprobamos con la Petjada de Sant Narcís: un pie de mármol y cientos de personas haciendo cola para fotografiarse tocando la escultura. El arte mueve más que las ideas, a veces, la zona recibió inversión, mejoró su seguridad y el flujo peatonal se modificó de unas calles a otras aumentando drásticamente los precios de los inmuebles circundantes).

El obispo Francesc Pardo (q. e. p. d.) bendice la Petjada de Sant Narcís el día de su inauguración, en mayo de 2015
El obispo Francesc Pardo (q. e. p. d.) bendice la Petjada de Sant Narcís el día de su inauguración, en mayo de 2015

En el caso de la estatua de la Petjada de Sant Narcís, hoy preside la entrada del barri del Pou Rodó y se ha convertido en un nuevo icono de la ciudad, estando junto a la Basílica de Sant Feliu y tan cerca de la Catedral milenaria. Los turistas se fotografían junto al pie gigante por cientos y según qué día miles, y al hacerlo, sin saberlo, conectan con una tradición que viene de muy atrás: la misma que vinculaba al santo con las moscas, y las moscas con el bigote de Dalí. Es emocionante pensar que, de algún modo, hemos contribuido a cerrar un círculo que el propio Dalí habría apreciado, haciendo equipo con otras personas que se atrevan a realizar cosas que otros tacharían de locuras. En el caso de la estatua de los deseos de la huella de Sant Narcís se juntó el loco con una idea, un amante del arte que creyó en él.

Anna Vedeneeva y Aleix Adam, recién casados, en la inauguración de la Petjada de Sant Narcís (mayo de 2015)
Anna Vedeneeva y Aleix Adam, recién casados, en la inauguración de la Petjada de Sant Narcís (mayo de 2015)

El proyecto «El Bigote»: un lugar sagrado para el relicario

Pero no nos detenemos ahí. La Fundación Privada Dalmatius Moner, que preside Carles Mallart y de la que tengo el honor de formar parte, tiene un sueño: crear en Girona un sitio de peregrinación turística donde se rinda tributo a Salvador Dalí, que albergue, como pieza central, el relicario con los restos auténticos de su bigote. Lo llamamos, simplemente, el proyecto «El Bigote».

La Casa de Sant Narcís, hoy Hotel-Museu Llegendes, donde, según la tradición, vivió el santo entre los años 304 y 307 d. C., con visitantes en la esquina del carrer de les Mosques y el carrer del Pou Rodó
La Casa de Sant Narcís, hoy Hotel-Museu Llegendes, donde, según la tradición, vivió el santo entre los años 304 y 307 d. C., con visitantes en la esquina del carrer de les Mosques y el carrer del Pou Rodó

La idea es ambiciosa. Queremos que el espacio de arte sea un espacio vivo, donde las nuevas generaciones puedan acercarse a la figura de Dalí desde perspectivas inéditas. Para ello, estamos trabajando con Gallery Legends en la creación de más de cien obras escultóricas en honor al pintor: bustos dalinianos, interpretaciones de sus motivos recurrentes, recreaciones de sus obsesiones. Todo ello ejecutado en materiales nobles: mármol de Carrara, el mismo que usaron Miguel Ángel y Bernini, y piedra numulítica extraída de la zona natal de Dalí, el Ampurdán. Esta piedra, cargada de fósiles circulares —los nummulites— conecta con la fascinación del pintor por los elementos geológicos y por el paso del tiempo.

El lugar elegido no podría ser más simbólico: el Barri Vell de Girona, en pleno corazón de la provincia natal de Dalí. Porque resulta paradójico que un artista de la relevancia de Dalí, catalán y español hasta la médula, tenga espacios de arte dedicados en París, Londres, San Petersburgo (Florida) o Tokio, pero carezca en Girona Capital de un espacio expositivo permanente. Por eso nosotros, los conspectores de la vida del genio, queremos hacerle un tributo con la muestra creativa de obras creadas por Gallery Legends y su relación con San Narciso, el Santo, Mártir, Obispo y Patrón de Girona. Es una deuda histórica que queremos saldar.

El proyecto «El Bigote» aspira a ser mucho más que un sitio turístico al uso. Queremos que sea un centro de interpretación de la figura daliniana, un espacio para la investigación, un lugar de encuentro para estudiosos y curiosos, y, por supuesto, un atractivo turístico de primer orden. Contamos ya con la colección de más de sesenta piezas escultóricas, y seguimos ampliándola. Buscamos patrocinadores que conecten con la idea, que comprendan el valor de Dalí como patrimonio de todos y que deseen formar parte de este homenaje. Quienes estén interesados pueden contactarnos a través del Hotel-Museu Llegendes, donde exponemos de forma discreta parte de la colección y donde guardamos, en un relicario que es en sí mismo una obra de arte, los restos del bigote.

Aleix Adam y Anna Mallart conversan con el obispo Francesc Pardo (q. e. p. d.) ante el Hotel-Museu Llegendes
Aleix Adam y Anna Mallart conversan con el obispo Francesc Pardo (q. e. p. d.) ante el Hotel-Museu Llegendes

La presencia de esos restos —los que nos confió el Dr. Bardalet— confiere al proyecto una autenticidad inigualable. No se trata solo de rendir homenaje a Dalí, sino de custodiar un fragmento físico de su persona. Es, si se me permite la expresión, un santuario con reliquia. Y Dalí, que tanto gustaba de jugar con la imaginería religiosa (recordemos su Cristo de San Juan de la Cruz o su Última cena), habría apreciado el paralelismo: su bigote expuesto como los cuerpos de los santos en las catedrales, convertido en objeto de veneración laica para peregrinos del arte, para aquellos que «de Dalí hablen, aunque sea bien».

Casas con galerías, hacia 1920
Casas con galerías, hacia 1920

El bigote como metáfora

A lo largo de estas páginas, hemos visto cómo el bigote de Dalí trasciende su condición de vello facial para convertirse en símbolo. Es la marca personal del artista, su firma visual, la extensión capilar de su personalidad. Pero también es muchas otras cosas.

Es el bigote que inspiró a Philippe Halsman para crear el libro «Dalí's Mustache» en 1954, con veintiocho fotografías en blanco y negro donde el pintor mostraba su mostacho en las situaciones más surrealistas posibles. La contraportada de aquel libro advertía, con razón: «¡Advertencia! ¡Este libro es absurdo!». Halsman explicaba así su obsesión: «En 1954, el bigote de Dalí creció milagrosamente. Cuando el pintor volvió a Nueva York, me quedé perplejo: las puntas del bigote estaban por encima de sus cejas. Vi cuál era mi deber y comencé a fotografiar el juego y la interacción de su bigote».

Es el bigote que Dalí usó como pincel improvisado en alguna ocasión, sumergiendo las puntas en pintura para trazar líneas imposibles sobre el lienzo. Es el bigote que coleccionaba imágenes de otros bigotes, decorando su casa de Portlligat con retratos de hombres bigotudos. Es el bigote que, en 2010, fue elegido el más famoso de todos los tiempos en una encuesta del Telegraph para el movimiento Movember, y que da nombre a una categoría propia en los campeonatos mundiales de barbas y bigotes.

Es el bigote que Yoko Ono creyó comprar por 10.000 dólares y resultó ser una brizna de hierba. Es el bigote que un forense preservó durante décadas y que, al exhumar el cuerpo, seguía intacto marcando las diez y diez. Es el bigote que hoy custodia nuestra Fundación en Girona, esperando encontrar su hogar definitivo. También hemos pensado que Barcelona podría ser un lugar excelente para un segundo punto de «El Bigote» una vez que el primero muestre su capacidad de maravillar al espectador con las leyendas de San Narciso y Salvador Dalí en muestra.

Al final, quizá lo más daliniano de todo sea esto: que un elemento tan aparentemente frívolo como un bigote pueda contener tanta historia. Porque Dalí nos enseñó que lo superficial puede ser profundo, que lo absurdo encierra su propia lógica, que el humor y la seriedad no están reñidos. Su bigote era «la parte más seria de mi personalidad», solía decir. Y al mismo tiempo, era la parte más lúdica, la que le permitía jugar con su imagen, vender un hierbajo a una artista pop, seducir a las moscas y desafiar a la muerte.

Conclusión: el deber de la memoria

Cuando Don Fernando Lacaba escribió en el prólogo que «la propia vida del genio Salvador Dalí es de las más fascinantes del siglo XX», no exageraba. Y esa fascinación alcanza también a quienes, como nosotros, hemos asumido la responsabilidad de preservar su legado.

El bigote de Dalí es mucho más que un objeto de colección. Es un testimonio de su tiempo, un fragmento de historia del arte, una reliquia laica para un santo del surrealismo. Es, también, un recordatorio de que los grandes artistas no solo crean obras: se crean a sí mismos. Dalí se inventó a Dalí, y su bigote fue parte esencial de esa invención.

Por eso hemos creado nuevos proyectos en los que trabajamos para que las nuevas generaciones puedan conocer esta historia. El espacio artístico que proyectamos en Girona no será solo un espacio expositivo, sino un lugar de encuentro con la creatividad sin límites, con la audacia de quien se atrevió a ser diferente, con la lección de que el arte puede y debe ser también diversión, provocación, juego.

Invito al lector que ha llegado hasta aquí a visitarnos en Girona, a conocer las exposiciones de Gallery Legends, a detenerse ante el relicario del bigote. Y le invito también a soñar con nosotros ese espacio de arte barcelonés que algún día, esperamos no lejano, abrirá sus puertas en el paseo de Gràcia para devolver a Dalí al corazón de Cataluña; por el momento intentaremos abrir en Girona y más adelante, si San Dalí lo permite, en Barcelona con el relicario de «EL BIGOTE» y las más de cien obras que Gallery Legends ha creado a través de sus artistas talentosos.

Porque Dalí, como su bigote, merece permanecer. Y nosotros, los que vinimos después, tenemos el deber y el privilegio de asegurar que así sea.

Que las moscas de San Narciso nos acompañen.

Aleix Adam

Aleix AdamVicepresidente de la Fundació Privada Dalmatius Moner

Obra de Lluís Roura
Obra de Lluís Roura

La ampurdanización del mundo

Dalí, el Empordà y la lección jurídica del soft power territorial

Jordi CarreraAbogado y analista internacional

«¿Dónde, sino en mi ciudad, debe perdurar lo más extravagante y sólido de mi obra? ¿Dónde, si no?»

— Salvador Dalí, sobre el Teatro-Museo de Figueres

Una mañana cualquiera de agosto, en la plaza Gala-Salvador Dalí de Figueres, un grupo de turistas japoneses hace cola bajo la tramontana. A su lado, una familia de São Paulo se fotografía con los huevos gigantes que coronan la fachada. Algo más allá, una pareja de Oslo consulta el mapa del Triángulo Daliniano. Todos han recorrido miles de kilómetros hasta una comarca de ciento cuarenta mil habitantes, bordeada por los Pirineos y el Mediterráneo, que hace setenta años era un rincón agrícola y pesquero de España. Hoy es un destino cultural global reconocido en Tokio, en Nueva York y en Hanói.

La pregunta que debería incomodar a todos los ministerios de Asuntos Exteriores del mundo es sencilla: ¿cómo ha sido posible? ¿Cómo logró una sola persona, en cincuenta años, lo que ninguna estrategia de Estado —ni el mejor nation branding, ni el más sofisticado programa de diplomacia cultural— consigue en siglos? ¿Cómo un pintor excéntrico, de bigote estirado y con una langosta ante el objetivo, derrotó sin proponérselo a todo un aparato estatal de proyección exterior?

La respuesta —la ampurdanización del mundo— es más que una anécdota biográfica. Es un caso de estudio que pone en entredicho las categorías clásicas del soft power y que encierra una lección geopolítica, sí, pero también —y sobre todo— una lección jurídica que los estrategas del siglo XXI harían bien en estudiar. Porque Dalí no solo creó una marca: diseñó la arquitectura legal para hacerla perdurar más allá de su cuerpo.

El soft power antes de que nadie lo bautizara

Joseph Nye acuñó la expresión soft power en 1990, en Bound to Lead. La tesis es conocida: en un mundo interdependiente, la capacidad de atraer cuenta tanto o más que la capacidad de coaccionar. Las naciones que consiguen que los demás quieran lo que ellas quieren —a través de la cultura, los valores y el relato— gastan mucho menos en ejércitos y logran más que las que solo se apoyan en el tanque o en el dólar.

Lo que Nye teorizaba en 1990, Dalí ya lo practicaba en 1940. Desde el momento en que pisó Manhattan con Gala y convirtió un escaparate de Bonwit Teller en un escándalo público, el figuerense entendió algo que ningún ministerio de cultura español ha comprendido nunca del todo: la atracción no se decreta, se encarna. Se construye con imágenes reconocibles hasta la obsesión —el bigote, los relojes blandos, los huevos, la langosta—, con un relato personal que nunca termina y con un territorio físico que hace de ancla. Tres elementos. Ni uno más.

Compárenlo con las operaciones contemporáneas de nation branding que hemos visto en los últimos treinta años. Cool Britannia duró un mandato laborista. Marca España produjo muchos PowerPoints y pocos efectos medibles. I Amsterdam, cuyas letras acabó retirando el propio ayuntamiento por exceso de turismo. Todos estos ejercicios compartían un vicio de origen: pretender fabricar desde arriba algo que solo funciona cuando brota desde abajo. La autenticidad no se simula; se vive o no se vive.

Dalí la vivió. Nació en Figueres, fue bautizado allí, expuso allí por primera vez y allí decidió ser enterrado. Entre la partida de nacimiento y la lápida bajo la cúpula, dejó una obra pictórica, literaria, cinematográfica y publicitaria colosal. Pero, sobre todo, dejó una geografía: el triángulo Figueres-Portlligat-Púbol. Ese triángulo es, quizá, su obra más infravalorada. Es su infraestructura.

La territorialización del mito: por qué Dalí no se marchó

Hay un detalle biográfico que merece más atención de la que recibe. Dalí podría haber vivido en París. De hecho, vivió allí. Podría haber vivido en Nueva York. De hecho, también. Podría haberse instalado en la Costa Azul, en Londres, en el valle del Hudson como Warhol o en Taos como O'Keeffe. Los artistas de su talla suelen anclarse en capitales mundiales —las ciudades donde se cotiza y se expone— y visitan solo de vez en cuando los pueblos donde nacieron.

Dalí hizo exactamente lo contrario. Utilizó las capitales, pero vivió en el Empordà. Se compró una barraca de pescadores en Portlligat en 1930 y volvió a ella obsesivamente durante más de cincuenta años. Regaló a Gala un castillo en Púbol —con el extravagante ceremonial de que él solo podía acudir con autorización escrita de ella— y murió en la torre Galatea, adosada a su propio museo, en Figueres. Ató el mito al suelo. Decidió que su proyección universal tuviera domicilio fiscal ampurdanés.

Lluís Roura
Lluís Roura

Esta decisión es geopolíticamente decisiva. Un mito sin territorio es trasladable, imitable, diluible. Hemingway es a la vez París, Cuba, Idaho y Pamplona y, por tanto, no pertenece en exclusiva a ninguno de esos lugares. Van Gogh, en cambio, es Arlés; García Márquez es Aracataca; Gaudí es Barcelona. Dalí es el Empordà con una densidad aún mayor, porque no es un solo punto, sino tres que vertebran una comarca entera. Al visitante que aterriza en Figueres no le basta con el Teatro-Museo: tiene que completar el recorrido hasta Portlligat y Púbol. Y, por el camino, pernocta en Cadaqués, come en Peralada, compra aceite en L'Escala y vino en Espolla. La comarca entera se convierte en la extensión física del mito.

Habría que añadir un cuarto vértice, menos frecuentado por los autocares pero esencial para quien quiera entender al Dalí íntimo: el castillo de Quermançó, en Vilajuïga, donde el pintor se detenía a menudo a contemplar lo que consideraba las mejores puestas de sol del mundo. Allí, encaramado a los restos de aquella fortaleza del siglo XI que parece surgida de un sueño romántico, Dalí concibió uno de sus proyectos más singulares y menos conocidos: el Órgano de la Tramontana, un instrumento monumental que debía sonar con el empuje del viento del norte y convertir el propio viento —ese personaje mítico del Empordà— en música. Es una idea puramente daliniana: hacer audible lo invisible, convertir en belleza lo que enloquece. El proyecto no llegó a materializarse del todo en vida del pintor, pero aún hoy mi buen amigo Josep Maria Martorell, custodio del castillo y ampurdanés amante de la cultura como pocos, le dedica sus mejores esfuerzos. El Órgano de la Tramontana es, quizá, la metáfora más acabada de todo lo que aquí se argumenta: un monumento territorial que solo puede existir en el Empordà, que suena con el viento local y que proyecta lo local hacia lo universal.

«Este lugar está situado exactamente en el centro de la estación de Perpiñán», decía Dalí con su humor paranoico, recordando a su maestro Francesc Pujols. La boutade escondía una verdad profunda: el centro del mundo no está donde reside el poder, sino donde un genio decide ponerlo. Y él lo puso aquí, entre la tramontana y el cabo de Creus.

La arquitectura jurídica: la pieza que los Estados olvidan

Aquí empieza la parte del relato que, como jurista, me parece la más apasionante y la más ignorada. Porque crear una marca es relativamente fácil; lo difícil es perpetuarla cuando su creador ya no puede defenderla. Y aquí Dalí demostró una intuición jurídica que muchos Estados deberían copiar.

Lluís Roura · «Figueres»
Lluís Roura · «Figueres»

La Fundación Gala-Salvador Dalí, constituida en 1983, es el engranaje institucional que lo hace posible. Tiene una particularidad singular: gestiona, pero no posee. Los derechos de propiedad intelectual sobre la obra del pintor son titularidad del Estado español —al que Dalí legó todo su patrimonio artístico en su testamento— y están cedidos en exclusiva a la Fundación. Este diseño dual es quirúrgicamente inteligente: blinda la continuidad pública del legado, pero lo libera de la rigidez administrativa. La gestión, la explotación comercial, la investigación, las exposiciones y la defensa de los derechos las ejecuta una entidad privada sin ánimo de lucro con agilidad de empresa; la titularidad, en cambio, descansa en el Estado, inmune a vicisitudes hereditarias y a litigios de paternidad.

Este segundo punto no es menor. Recuerden el episodio de 2017, cuando una vidente tarraconense llamada Pilar Abel obtuvo de un juzgado de primera instancia de Madrid la exhumación del cadáver de Dalí en una demanda de filiación. Salieron las imágenes del ataúd abierto, el bigote milagrosamente conservado, las muestras de cabello. La prueba de ADN resultó negativa. El mito resistió —incluso salió reforzado por su propio surrealismo póstumo—. Pero lo que realmente resistió no fue el bigote: fue la estructura jurídica. Aunque la demanda hubiera prosperado, la titularidad de los derechos no se habría movido ni un milímetro. El Estado español habría seguido siendo su titular y la Fundación habría seguido gestionándolos. El castillo de papel no era de papel.

A ello hay que sumar la gestión de los derechos de imagen del propio Dalí y de Gala —administrados directamente por la Fundación—, las licencias de reproducción de la obra canalizadas a través de VEGAP, la protección marcaria del nombre y de las imágenes icónicas, y una red de acuerdos internacionales con museos como el Salvador Dalí Museum de Saint Petersburg (Florida) o el Centre Pompidou. En términos prácticos: ningún fabricante de relojes blandos de plástico en Shenzhen puede inundar el mercado sin toparse con una estructura legal centralizada, multilingüe, activa y litigiosa cuando toca. Esta es la infraestructura invisible del soft power. Y es precisamente la pieza que los Estados desatienden cuando diseñan sus estrategias de marca país.

Piénsenlo: ¿cuántos países disponen de una oficina centralizada que gestione sistemáticamente los derechos de imagen de sus grandes creadores, litigue en todas las jurisdicciones relevantes, negocie exposiciones itinerantes y, al mismo tiempo, canalice los ingresos de su explotación hacia la conservación del patrimonio? Muy pocos. La Fundación Gala-Salvador Dalí es, desde este punto de vista, un caso de estudio de diseño institucional. Algo híbrido entre fundación privada, concesionaria pública y agente diplomático oficioso de una comarca. Y funciona porque la estructura jurídica es sólida, no porque la obra sea genial. La genialidad sin infraestructura legal caduca; la estructura jurídica sin genialidad no tiene nada que defender. Dalí consiguió reunir ambas cosas.

Entrada del Rhin-Bar
Entrada del Rhin-Bar

Lecciones para el siglo XXI: cuatro axiomas incómodos

De todo ello se desprenden al menos cuatro lecciones que un analista geopolítico —y un jurista— deberían tomarse en serio cuando piensan en poder blando, en marca territorial y en diplomacia cultural en el siglo XXI.

Primera: el soft power territorial se construye de abajo arriba, no al revés. Los Estados que creen que pueden fabricarlo con agencias de publicidad contratadas y campañas en el aeropuerto de Heathrow confunden el síntoma con la causa. Lo que atrae a los japoneses a Figueres no es un cartel del Gobierno: es Dalí. Y Dalí no es un producto estatal; es una excepción individual que el Estado —después— tuvo la sensatez de no asfixiar. La conclusión operativa es antipática pero clara: los países que quieren un poder blando auténtico deben proteger a sus excéntricos, no domesticarlos.

Segunda: la autenticidad derrota a la estrategia. El Empordà vende no porque se haya planificado que venda, sino porque Dalí lo vivió hasta las últimas consecuencias. Cada pan de tres cuernos de la fachada del Teatro-Museo, cada huevo sobre la cúpula, cada roca del cabo de Creus —que el pintor copió literalmente en La persistencia de la memoria— está cargado de biografía real. Ninguna agencia de branding sabe fabricar ese espesor. Los países que lo han intentado (pensemos en ciertos estados del Golfo que compran colecciones Guggenheim o sucursales del Louvre) pueden construir contenedores excelentes, pero no pueden fabricar lo único que cuenta a largo plazo: el relato vivido.

Lluís Roura
Lluís Roura

Tercera: lo local se revaloriza en la era digital. Contra la intuición común —que sostenía que la globalización allanaría las diferencias territoriales—, hemos visto lo contrario. Cuanto más global es la economía simbólica, más valor tiene el anclaje físico auténtico. La experiencia inmersiva e irrepetible —pisar Portlligat con la tramontana de cara, desayunar en la plaza de Cadaqués mientras un yate de lujo amarra en el puerto— no se puede clonar ni reproducir. Por eso, paradójicamente, una comarca periférica de España puede ganarle la partida a una metrópolis global. El territorio irreproducible es el nuevo activo escaso. Y, como todo activo escaso, su defensa jurídica es capital.

Cuarta: sin arquitectura legal no hay perpetuidad. Esta es la lección que los estrategas políticos olvidan sistemáticamente. Una marca territorial es un activo inmaterial; un activo inmaterial requiere protección jurídica continua; esa protección cuesta dinero y talento; y el dinero y el talento solo fluyen si existe una estructura institucional diseñada para canalizarlos. Dalí entendió que morir no era un problema artístico, sino un problema jurídico. Por eso hizo testamento a favor del Estado, diseñó la cesión exclusiva a la Fundación y murió tranquilo sabiendo que su legado dispondría de los mejores abogados de Europa, algo que, cuando uno tiene el capricho de ser leyenda póstuma, conviene prever.

El vaticinio: ¿quién imitará al Empordà?

Nuestro vaticinio es que, durante las próximas décadas, veremos proliferar intentos de ampurdanización en todo el mundo. Territorios periféricos, comarcas con un hijo ilustre, regiones que descubren tardíamente que tienen un tesoro simbólico enterrado en el archivo parroquial. Descubrirán —con sorpresa— que el patrón de Figueres es reproducible. Y descubrirán —con mayor sorpresa aún— que lo que no es reproducible es la combinación exacta que hace que funcione: genialidad biográfica + territorio físico anclado + arquitectura jurídica sólida. Si falta cualquier pieza, el edificio se derrumba.

Los países inteligentes —los que piensen en décadas y no en ciclos electorales— invertirán en la tercera pieza, que es la que los Estados descuidan a la hora de presupuestar. Porque los huevos de la fachada pueden volver a pintarse, la barraca de Portlligat puede restaurarse e incluso el bigote puede conservarse en formol. Lo que no se puede improvisar una vez muerto el creador es la estructura legal que impide que todo se desmorone en pleitos de herederos, reclamaciones de paternidad y falsificaciones.

Salt (Girona)
Salt (Girona)

Mientras las cancillerías del mundo diseñan estrategias de diplomacia cultural con presupuestos millonarios y resultados modestos, aquí, en una comarca de ciento cuarenta mil habitantes entre los Pirineos y el Mediterráneo, se sigue ejecutando —silenciosamente, cada día, desde hace más de medio siglo— la operación de poder blando más exitosa que jamás haya protagonizado un pintor. La verdadera lección de Dalí, por tanto, no es surrealista: es profundamente realista. Sabía, como pocos artistas del siglo XX, que las leyendas no se sostienen con el éter ni con la buena voluntad de los admiradores: se sostienen con contratos, escrituras, marcas registradas y fundaciones bien gobernadas.

Los turistas japoneses que esta tarde saldrán del Teatro-Museo con una réplica del reloj blando en la mochila no lo saben. Pero en cada euro que gastan hay, invisible, un entramado jurídico que un magistrado apreciaría y que un ministerio de cultura debería estudiar.

Permítanme, para terminar, una nota personal. En enero de 1989, siendo un joven juez de primera instancia e instrucción de Figueres recién ingresado en la carrera judicial, fui una de las primeras personas en ver a Salvador Dalí de cuerpo presente tras su fallecimiento. Recuerdo el silencio imponente de la torre Galatea, el peso institucional de aquel momento, la certeza de que lo que teníamos delante no era solo un cadáver: era el final —al menos físico— de una leyenda. Quién me iba a decir entonces que, treinta y siete años después, con más de la mitad de mi vida jurídica dedicada a la dimensión internacional, acabaría coincidiendo plenamente con aquella perspectiva daliniana de internacionalización del Empordà. Que lo que el pintor intuyó al transformar su comarca natal en centro simbólico del mundo era, en realidad, una anticipación de lo que el siglo XXI confirmaría: que el verdadero poder blando no está en las cancillerías, sino en las raíces. Y que las raíces, en el Empordà, tienen la terquedad de una tramontana que no pide permiso a nadie.

Fages de Climent, con la ironía ampurdanesa que tanto apreciaba Dalí, proclamó a Vilasacra capital del mundo. El pintor, más ambicioso, convirtió toda una comarca en capital simbólica de Occidente. Y lo hizo sin disparar un solo tiro. Que alguien me cite otro caso.

Jordi Carrera

Jordi CarreraAbogado y analista internacional

Obra de Lluís Roura
Firma de Lluís RouraObra de Lluís Roura

27 anécdotas sobre Salvador Dalí

Marc Mallart VallmajóCustodio del patrimonio cultural y sentimental

Salvador Dalí —nacido en Figueres— fue uno de los artistas más famosos y excéntricos del siglo XX, conocido por su papel clave en el movimiento surrealista. Su obra está profundamente marcada por su imaginación, sus sueños y su visión única de la realidad.

Dalí creó un estilo muy personal, caracterizado por obras muy célebres, como La persistencia de la memoria, en la que aparecen unos relojes blandos que se deshacen en medio de un paisaje inquietante.

Dalí no fue solo pintor, sino también escritor, escultor y cineasta. Era conocido por su personalidad extravagante, su icónico bigote y su gusto por provocar y llamar la atención.

Salvador Dalí y la Costa Brava

La Costa Brava no se entiende sin Dalí, y Dalí no se entiende sin la Costa Brava. El paisaje abrupto, las rocas retorcidas, la luz intensa y el mar del Empordà marcaron profundamente su obra y su vida.

Casa-Museo Salvador Dalí (Portlligat, Cadaqués)

En Portlligat, junto a Cadaqués, Dalí vivió y trabajó durante gran parte de su vida. Su casa, hoy museo, es un espacio laberíntico y muy personal, lleno de objetos curiosos, huevos gigantes en el tejado y rincones con vistas al mar que aparecen en muchos de sus cuadros. Compró esta propiedad sobre todo porque quería ser el primer español en ver salir el sol, y por tener las mejores vistas mar adentro…

La influencia de la Costa Brava en su obra

Las rocas del cabo de Creus aparecen constantemente en sus paisajes surrealistas. La luz mediterránea, intensa, da a sus cuadros una atmósfera casi onírica. El mar simboliza a menudo el infinito, el subconsciente y el deseo.

La obra más importante de Dalí

Dalí realizó miles de obras, pero diría que la más famosa es, seguramente, La persistencia de la memoria. Este cuadro es de 1931 y responde al característico estilo surrealista del pintor. Actualmente se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Gerona: puente de Isabel II y calle del Progreso (postal antigua)
Gerona: puente de Isabel II y calle del Progreso (postal antigua)

Es la pintura de los relojes blandos, un símbolo icónico del surrealismo. Representa un paisaje fantástico en el que el tiempo parece deshacerse, lo que sugiere que no es un fenómeno rígido, sino relativo y subjetivo.

Para esta obra, curiosamente, Dalí se inspiró en un queso camembert que se derretía. La figura central, deformada, podría ser un autorretrato abstracto. Es una obra pequeña, pero visualmente muy poderosa.

¿Qué representan los relojes blandos?

Dalí parte de la idea de que el tiempo no es rígido ni absoluto. Los relojes blandos sugieren que el tiempo puede deformarse, fluir y adaptarse, en lugar de ser una dimensión fija y mecánica.

El tiempo no lo vive igual todo el mundo. Cuando te aburres parece lento, y cuando disfrutas pasa volando. Estos relojes deformados reflejan esa experiencia personal del tiempo.

Como artista surrealista, Dalí quería representar el subconsciente. Los relojes blandos tienen una cualidad onírica, fantástica, como si estuvieran dentro de un sueño en el que las leyes normales dejan de funcionar.

Hay quien interpreta que los relojes que se derriten simbolizan también la fragilidad de la vida y el paso inevitable del tiempo hacia la muerte.

Pero hay otros elementos destacables en esta obra, como la extraña figura del centro. Esta forma blanda y casi orgánica se interpreta a menudo como un autorretrato distorsionado de Salvador Dalí. Tiene un aspecto somnoliento, con el ojo cerrado, como si estuviera soñando. Representa el inconsciente, el mundo interior y la fragilidad del ser.

Las hormigas sobre el reloj rígido simbolizan la descomposición y la muerte. Dalí sentía obsesión por estos insectos, y los asociaba con la corrupción y con el paso del tiempo, que todo lo destruye.

El paisaje tranquilo del fondo, inspirado en la costa de Cadaqués, contrasta con la extrañeza del primer plano. Esto puede simbolizar la tensión entre la realidad externa (estable) y el mundo interior (caótico).

El reloj rígido, a diferencia de los demás, está cubierto de hormigas, que representan el tiempo real o mecánico, que también acaba destruido. En conjunto, el cuadro es como una ventana al subconsciente: mezcla realidad, sueño y emociones para cuestionar cómo percibimos el tiempo y la propia realidad.

Frases y anécdotas con el más auténtico toque daliniano

  1. «Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí, aunque confieso que me gusta que hablen mal, porque eso significa que las cosas me van muy bien. De los mediocres no habla nadie y, cuando hablan, solo dicen maravillas. En resumen, que hablen de ti es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen».

  1. Sobre el arte y la locura, dijo: «La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco». «No te molestes en ser moderno: por desgracia, es lo único que, hagas lo que hagas, no puedes evitar ser». Sobre el dinero y el éxito: «Lo importante es que se hable de Dalí, aunque sea bien. Quien quiera interesar a las masas tiene que provocarlas».

  2. Cada mañana, al levantarme, experimento una alegría exquisita: la alegría de ser Salvador Dalí.

  3. Al llegar a Nueva York, se presentó con una barra de pan de dos metros bajo el brazo.

  4. «Mi bigote no es trágico, es cómico».

  5. Estuvo a punto de asfixiarse dando una conferencia, porque se había puesto una escafandra metálica de buzo y no le entraba aire.

  6. Una vez entró con un elefante en el hotel Ritz de París.

  7. Un día apareció en París dentro de un Rolls-Royce lleno de coliflores. Según decía, «todo llega a su fin con coliflores. La coliflor es el cerebro de las plantas». Dalí, que había leído sobre estructuras fractales matemáticas, consideraba que las curvas logarítmicas que forma esta planta eran un símbolo del infinito matemático.

  8. Una vez firmó las páginas de un libro con un pulpo. Le untaba los tentáculos con tinta y lo iba estampando sobre el papel.

  9. Un millonario caprichoso quiso que Dalí asistiera a una de sus fiestas. Dalí aceptó, con la condición de que le pagara 10.000 dólares por estar allí diez minutos. Cuando se disponía a marcharse, justo pasado ese tiempo, el millonario le preguntó por qué se iba ya. Y el genio ampurdanés le respondió: «Usted ha comprado diez minutos de Dalí».

  10. Enric Bernat, responsable de la marca de caramelos Chupa Chups, le encargó en 1969 que rediseñara el logotipo, porque no se veía bien en el envoltorio. Dalí lo hizo en una servilleta y colocó el nombre en la parte superior del caramelo. Fue un éxito de marketing.

  11. Una vez llenó de moscas su casa de Cadaqués, a propósito, porque le pareció que el ambiente estaba demasiado limpio, demasiado aséptico. «Las moscas son las hadas de la Costa Brava», dijo.

  12. En 1939, la tienda Bonwit Teller, de la Quinta Avenida de Nueva York, le encargó la decoración de un escaparate. Él colocó maniquíes, bañeras, cabezas de búfalo… Surrealismo total. Al cabo de dos días pasó por delante y vio que habían cambiado cosas. Entró hecho una furia, y le dijeron que las habían retirado porque asustaban a los clientes. Entonces se metió en el escaparate y empezó a romperlo todo. Una de las bañeras acabó rompiendo un cristal y cayó a la calle. Detuvieron a Dalí por vandalismo. Ante el juez, alegó: «Yo no he destruido el escaparate. El escaparate se suicidó al no poder soportar la mediocridad que le impusieron». Lo condenaron, pero la tienda retiró los cargos, porque durante aquel mes la publicidad fue tan brutal que ganaron muchísimo dinero.

  1. Dormía con una llave en la mano para robarle ideas al sueño. «El sueño es la mejor obra de arte; yo solo soy el plagiario».

  2. Compró el castillo de Púbol para Gala, y él no podía entrar sin permiso por escrito. «Gala es mi reina. Un rey no entra en la alcoba de la reina sin ser convocado».

  3. Durante un programa de la televisión francesa, Dalí practicó en directo una «autopsia» a un televisor. Con guantes de cirujano y un destornillador, lo desmontó por completo. Dijo que estaba operando «al monstruo que devora el tiempo de los hombres. Estoy extirpando la estupidez crónica del siglo XX. ¡Ahora ya pueden pensar por ustedes mismos!».

  4. Pagaba en los restaurantes con cheques en los que había hecho dibujos. Evidentemente, nadie cobraba el cheque, porque se consideraba que valía más enmarcado y colgado que el coste de la comida.

  5. «El dinero es el estiércol del diablo, pero un buen dibujo es abono para la inmortalidad».

  6. Se llevó un metro cúbico de aire de París a Nueva York. «La única tontería es no creer en la importancia del aire que respiró Picasso», explicó.

  7. En París, en la Exposición Internacional del Surrealismo de 1938, llevó un taxi dentro del cual caía agua y que tenía doscientos caracoles vivos en su interior. La obra, titulada Taxi pluvieux, quería representar el inconsciente, húmedo y oscuro.

  8. Publicó un libro de cocina —Les dîners de Gala— con recetas imposibles. Eran una locura: huevos al plato sin el plato; chuletas de ternera rellenas de caracoles; cordero asado con mermelada de rosas y castañas al whisky; tostadas de anguilas del amanecer…

  9. Diseñó un piano que funcionaría con gatos maullando, cada uno dentro de un compartimento asociado a una tecla. Por suerte, nunca llegó a construirlo.

  10. Se presentó a unas elecciones solo para perder. «La victoria es vulgar; solo ganan los mediocres. El genio debe ser rechazado. Ser rechazado por la Academia es el mayor honor que pueden concederme. Significa que sigo siendo peligroso. Ya tuve mi victoria: perder cuando perdí. Estoy practicando para cuando sea emperador del universo».

  1. Quiso disecar a Gala para tenerla siempre. «Cuando muera, quiero disecarla y meterla en una urna de cristal, en el salón de casa. Así podré desayunar con ella cada mañana. Los faraones lo hacían con sus esposas y nadie los considera locos». Y cuando ella murió, dijo: «Gala no ha muerto, solo se ha hecho invisible para que yo pueda pintarla mejor».

  2. Pintó un cuadro con una langosta y un teléfono, porque sí. «La langosta y el teléfono tienen algo en común. Ambos tienen miedo y pueden provocar histeria». Dijo que, si sonaba el teléfono y descolgabas la langosta, oirías en la oreja los secretos del fondo del mar. Cuando le preguntaron si la langosta estaba viva, respondió: «Solo si usted cree que los teléfonos están muertos».

  3. Una vez pidió al Ayuntamiento de Cadaqués que tiñeran de rojo el agua de la bahía de Portlligat. Naturalmente, le dijeron que no, que los peces morirían. Y respondió: «Los peces que mueran serán mártires del arte. Resucitarán en mis cuadros». Pasó días pintando cuadros con el mar de color rojo. «Si no me dejan cambiar la realidad, cambio la realidad de mis lienzos».

  4. Hizo esperar a quinientas personas durante tres horas para aparecer solo treinta segundos. «Les he regalado tres horas de expectación, que es más valiosa que la realidad. Yo no vendo cuadros, vendo tiempo».

Y, como estas anécdotas, encontrarás muchas más.

Me despido muy agradecido por la oportunidad que me ha dado este libro, que me ha hecho conocer aún mejor a este genio. He ido al Museo Dalí de Figueres para captar su esencia. Ya había estado, pero esta vez he percibido más detalles que en otras ocasiones. También he ido a Portlligat (Cadaqués). Ahora entiendo la sensación que debía de sentir Dalí al contemplar el paisaje, al sentir el aire, el olor del mar…

Espero que te hayan gustado estas líneas, que no dejan de ser un pedacito de este libro, y que lo disfrutes tanto como lo disfrutaré yo.

Me despido con una frase de Salvador Dalí con la que me siento muy identificado: «El tiempo es una de las pocas cosas importantes que nos quedan».

Marc Mallart Vallmajó

Marc Mallart VallmajóCustodio del patrimonio cultural y sentimental

Obra de Lluís Roura
Firma de Lluís RouraObra de Lluís Roura

«Calla y trabaja»

Recuperando a Salvador Dalí

Por Anna Vedeneeva

Fotografía: Maia Figueres

Joan Prat, el fisioterapeuta que ganó la confianza de Salvador Dalí en sus últimos años, rompe el mito y revela la intimidad del genio.

—Durante más de cuatro años fue el fisioterapeuta de Salvador Dalí. ¿Cómo llegó a convertirse en una de las personas de confianza del artista en los últimos años de su vida?

Todo empezó con una llamada inesperada. Era de noche, cerca de las diez. Al otro lado del teléfono estaba Marià Lorca, alcalde de Figueres. Me dijo que al día siguiente me esperaban en la Torre Galatea para hacerme cargo de la rehabilitación de Salvador Dalí. Intenté ganar tiempo, le respondí que necesitaba pensarlo, pero me cortó enseguida: «Joan, esto ya está pensado». Y tenía razón. Cuando llegué, ya estaba decidido.

Joan Prat
Joan Prat

Más tarde supe que había habido propuestas para traer equipos de fisioterapeutas de Francia, pero Marià Lorca defendió que la recuperación de Dalí debía estar en manos de profesionales de aquí, gente que conociera el entorno y entendiera la dimensión humana del paciente. Apostó por mí y le estaré siempre agradecido.

—¿Qué encontró cuando llegó a la Torre Galatea?

Un mundo muy cerrado. Dalí estaba físicamente muy deteriorado después del incendio sufrido en el castillo de Púbol en 1984. Además, arrastraba el golpe emocional de la muerte de Gala, ocurrida dos años antes. Había perdido a la persona más importante de su vida.

Y encontré también un entorno muy protector. Robert Descharnes, Antoni Pitxot, Arturo Caminada y el equipo médico vigilaban cuidadosamente quién entraba y quién salía. Nadie accedía fácilmente al círculo íntimo de Dalí, a pesar de que era el propio Dalí quien daba el visto bueno para recibir visitas, como he vivido personalmente.

—¿Fue difícil ganarse su confianza?

Muchísimo. Yo mismo llegué condicionado por todo lo que se decía de él. Había escuchado las mismas historias que todo el mundo: que estaba aislado, que era imposible tratar con él, que era excéntrico hasta extremos insoportables. Pero pronto descubrí que la realidad era mucho más compleja.

Las primeras semanas me sometió a una especie de examen permanente. Se resistía para realizar los ejercicios, con mucha fuerza, y me insultaba o gritaba. Me observaba, me provocaba y medía mis reacciones. Quería saber quién era yo realmente.

—¿Hubo algún momento decisivo?

Sí. Antoni Pitxot me dio un consejo que resultó fundamental. Me dijo: «No te dejes avasallar por Dalí. Haz un pacto con él. No es una persona de documentos, es un hombre de pactos». Intenté que me orientara y me dijo que esto lo había de valorar yo mismo. Aquella noche casi no dormí. No tenía ni idea de cómo plantearle el pacto.

Al día siguiente, al entrar en la habitación me insultó, y me vino a la cabeza cómo instaurar el pacto. Me planté delante del Maestro y le dije: «Señor Dalí, a partir de ahora haremos un pacto. Si usted me insulta, yo le insultaré; si me escupe, yo le escupiré; y si me pega, yo le pegaré». La respuesta fue inmediata: «No tindrás collons» (No tendrás cojones). Me acerqué a él muy cerca de su cara y le di un puñetazo muy suave en la barbilla. Me respondió de la misma manera, y me dijo: «¿Qué ha hecho usted?». «Cumplir el pacto, y así será siempre».

De esta experiencia apareció la frase lapidaria: «Calli i treballi» (Cállese y trabaje). Nos dimos la mano y realizamos el tratamiento con una atmósfera diferente. Curiosamente, aquel desafío marcó el inicio de una relación de respeto mutuo.

—Y apareció una frase que acabaría siendo legendaria entre ustedes: «Calli i treballi».

Exacto. Se convirtió, a menudo, en nuestro ritual. Cada vez que empezaba una sesión, Dalí me recibía, hacía lo posible para no moverse, y cuando lo convencía de la necesidad, cuando lo aceptaba, decía «Calli i treballi». La gente puede interpretarlo como una orden, pero para mí tenía otro significado. Era la forma que tenía de aceptar el tratamiento. Hay que entender que Dalí había pasado toda su vida imponiendo su voluntad, acostumbrado a controlar cada detalle de su existencia. Sin embargo, después de las quemaduras de Púbol era consciente de que dependía de los demás. Aquella frase era una mezcla de autoridad, resignación y complicidad.

Pommade Hongroise Pinaud, París: crema fijadora para bigote
Pommade Hongroise Pinaud, París: crema fijadora para bigote

—¿Es cierto que alguna vez llegó a tumbarse con él en la cama durante los tratamientos?

Sí, es completamente cierto. Había días muy difíciles. Recuerdo uno especialmente. Las enfermeras me advirtieron nada más llegar: «Hoy tiene un mal día. No creemos que puedas hacer nada». Al entrar me conminó a que marchara y lo dejara tranquilo. Me acerqué a él, me estiré en la cama, pasé mi brazo derecho por debajo de su cabeza, y con la mano izquierda tocando su mejilla le pregunté: «A veiam, Salvadoret, qué passa avui?» (¿Vamos, Salvadoret, qué pasa hoy?). Reconozco que fue un atrevimiento por mi parte, pero surtió efecto.

Estaba preocupado porque tenía previstas visitas y consideraba que la situación de la Torre Galatea era un caos por las obras. Su razón principal era que aquella tarde venía el profesor Tierno Galván. Aquellos momentos requerían más psicología que fisioterapia. Había que tranquilizarlo, escucharle y conseguir que aceptara trabajar.

Sus argumentos eran las obras, su estado y que Galván era socialista. Mi intervención fue convencerlo de que no se haría nada sin su consentimiento, pero que al «viejo profesor», como se le nombraba con cariño, era un placer recibirlo; que no tenía nada que ver con la política; que cuando estuve en Madrid, por temas académicos, me pidió que fuera a ver la plaza en la que el alcalde (Tierno Galván) le estaba haciendo un gran homenaje, llenándola de esculturas en su nombre, y que le traje unas cuantas fotografías. Además, creía que venía a despedirse de él. Fue fulminante, creo que le convencí y dijo rotundamente: «Calli i treballi».

Al día siguiente su saludo fue muy agradable: «Moltes gràcies Prat, ahir va ser molt interessant l'entrevista amb el Professor Tierno Galván, gràcies per estimular-me» (Muchas gracias Prat, ayer fue muy interesante la entrevista con el profesor Tierno Galván, gracias por estimularme).

—Muchas veces el tratamiento empezaba mucho antes de tocar un músculo. ¿Cómo era Dalí fuera de las cámaras?

Muy diferente de la imagen pública que conocemos. Era sensible, vulnerable e incluso infantil en algunos aspectos. También tenía sentido del humor y una inteligencia extraordinaria. Recuerdo que un día le pregunté directamente si se consideraba loco. Su respuesta fue inmediata: «A mí sólo me vuelven loco los ceros que aparecen en los talones». Era genial incluso cuando hablaba de dinero.

Joan Prat
Joan Prat

—Antoni Pitxot cuenta una faceta muy poco conocida suya: la de rapsoda. (Ríe).

Sí, aquello fue una historia preciosa. Antoni Pitxot le comentó que, además de fisioterapeuta, yo era capaz de recitar largos poemas de memoria. Unos días después, pidió si podía recitar completa la Marcha triunfal de Rubén Darío. Aquello le fascinó. A partir de entonces me pedía que la recitara a menudo. Había días en que una sesión de rehabilitación terminaba convirtiéndose en un recital poético. Imagine la escena: Dalí, la fisioterapia y Rubén Darío compartiendo habitación. Era absolutamente surrealista.

—También le impresionó un regalo que usted le trajo desde Viena.

Conocedor del viaje, me pidió que en Viena visitara el museo del Belvedere, donde se conservan las grandes obras del pintor Gustav Klimt. Visitamos el museo y adquirí varias láminas, postales y el libro muy amplio del museo. Cuando los recibió se emocionó muchísimo. Durante días no hablaba de otra cosa. Recuerdo una conversación muy reveladora. Me dijo: «Klimt es mucho mejor que Picasso». Le pregunté por qué. «Porque Picasso siempre tiene algo caricaturesco. Klimt es mucho más erótico». Aquella frase definía perfectamente su forma de entender el arte.

—¿Qué papel jugó Arturo Caminada en la vida de Dalí?

Fue una figura fundamental. Para mí, la gran pérdida de todo aquel entorno fue Arturo Caminada. Había empezado a trabajar con Dalí siendo muy joven. Era mucho más que un chófer. Era amigo, confidente, colaborador y depositario de innumerables secretos. Conocía aspectos del Maestro que probablemente nadie más conocía. Cuando enfermó y murió de cáncer, fue un golpe enorme para todos. Creo sinceramente que con él desapareció una parte importantísima de la memoria íntima de Dalí.

Al terminar el tratamiento, que muchas veces me ayudaba Arturo para hacerlo caminar, nos sentábamos delante o al lado suyo, y en esos momentos la relación era transparente. En momentos le pedía a Arturo que me acompañara a Portlligat, a Púbol, a ver las pinturas que no están expuestas, fotografías personales con Ava Gardner, Walt Disney, de la Ópera de Nueva York con el psiquiatra de París Jacques Lacan…

—Durante aquellos años circulaban muchas historias sobre un supuesto aislamiento del artista. ¿Qué había de cierto?

Muy poco. Lo que ocurría es que Dalí había decidido esconderse. No quería que el mundo viera su deterioro físico. Toda su vida había construido una imagen pública poderosa, magnética y casi teatral. Ver cómo el cuerpo ya no respondía como antes le resultaba insoportable. Por eso evitaba las apariciones públicas. Pero estaba perfectamente informado de todo lo que ocurría. Leía la prensa cada día, preguntaba por la actualidad, seguía la política y tenía una curiosidad enorme por lo que sucedía en Figueres.

—¿Seguía manteniendo sus costumbres ampurdanesas?

Absolutamente. Era profundamente ampurdanés. Los jueves eran sagrados porque era día de mercado en Figueres. Más de una vez rechazó visitas importantes simplemente porque era jueves. Incluso llegaron personas muy relevantes desde Nueva York y no quiso recibirlas porque era jueves y había mercado en Figueres. Para muchos aquello era una excentricidad. En realidad estaba potenciando Figueres y su catalanidad.

En otra ocasión, unos magnates de Nueva York le hicieron un encargo, y cuando le preguntaron cuándo estaría lista la obra, él respondió: «Cuando salga VIVA FIGUERES». Al cabo de un tiempo, que consideraron que ya estaría lista, se interesaron, y volvió a decir: «Cuando salga VIVA FIGUERES». Para él era una cuestión de identidad.

—Hay una anécdota relacionada con Pasqual Maragall que refleja hasta qué punto protegían su entorno.

Sí. En una ocasión estaba prevista la visita de Pasqual Maragall, cuando era alcalde de Barcelona. Aquella visita tenía una dimensión política que no beneficiaba en nada al estado de salud del Maestro ni a su imagen. Del mismo modo que con el profesor Tierno Galván lo estimulé para que lo recibiera, con Pasqual Maragall le dije que no lo recibiera. Él dijo: «También es socialista…». Después de varios comentarios, le mostré un tarjetón en el que se invitaba a participar en la campaña para las elecciones de un candidato a la alcaldía de Figueres, para desbancar a su amigo Marià Lorca. Rápidamente pronunció la frase que se hizo lapidaria: «CALLI I TREBALLI». Maragall llegó hasta la puerta de la habitación y no le permitió su entrada. Podéis imaginar qué cuadro más surrealista.

Hubo quien se molestó inicialmente, pero después Robert Descharnes me dijo algo que nunca olvidaré: «Usted no está cuidando solamente a Dalí. Está cuidando también la imagen de Dalí. Ahora sé que puedo confiar en usted».

—También habló con él sobre su lugar de enterramiento.

Sí. En Púbol existe una sepultura preparada junto a la de Gala. Supuestamente había una abertura simbólica entre ambas para que pudieran darse la mano. Con mi esposa depositamos sobre la tumba de Gala un ramo de rosas rojas con una senyera, bandera de Cataluña. Al día siguiente me dio las gracias, y aproveché para preguntar si quería estar al lado de su esposa. Entonces me respondió algo muy claro: «A mí no se me ha perdido nada en Púbol. Mi lugar está en Figueres, en el Museo Dalí». Aquellas palabras se me quedaron grabadas. Años después, Marià Lorca me confirmó que Dalí expresó la misma voluntad en sus últimos momentos.

—¿Por qué cree que decidió dejar su legado al Estado español?

Las personas más próximas a él siempre explicaron que existía una preocupación importante por cuestiones fiscales. Según se comentaba en el entorno, se temía que determinados problemas con Hacienda acabaran afectando a la integridad de la colección. La donación en vida se interpretó como una manera de proteger la obra. Aquella era la explicación que circulaba entre quienes estaban más cerca del Maestro.

—¿Cómo recuerda sus últimas horas?

Son recuerdos muy intensos. Estaba ingresado y sabíamos que el final se acercaba. Me coloqué a su lado y le cogí la mano. Le dije que estuviera tranquilo, que estaba rodeado de grandes profesionales y que todo acabaría bien. Si quería que le pusiera la música del Màxim y apretó mi mano. No hizo falta decir nada más.

Al salir del hospital, para ir a mi trabajo, antes de entrar, recibí la noticia de su muerte, y volví rápido para preparar su entrada en la Torre Galatea, evitando la gran acumulación de prensa y televisión de muchos países. Nos organizamos con un guardia municipal camuflado y, mientras él salía con una ambulancia, fui a Torre Galatea para preparar su entrada y evitar así a la prensa.

—¿Qué sintió en aquel momento?

Una tristeza inmensa. Sólo he llorado la muerte de tres hombres en toda mi vida: la de mi padre, la de un profesor al que admiraba profundamente y la de Salvador Dalí. Después de cuatro años y medio compartiendo tantas horas, tantas conversaciones y tantos silencios, ya no veía al genio universal. Veía al amigo. Quedé muy compungido y lloré.

Colaboré con los forenses en su embalsamamiento. Arturo Caminada, que estaba profundamente triste y llorando, me pidió que me hiciera cargo de su imagen: peinarlo, afeitarlo, arreglar su bigote tan personal y significativo, porque él no se sentía capaz. Me dio la crema húngara para su bigote y me la regaló como recuerdo.

—Después de todo lo vivido, ¿qué le gustaría que entendiera la gente sobre Salvador Dalí?

Que detrás del personaje había una persona extraordinaria. El mundo conoce al genio, al provocador y al artista. Yo conocí al hombre, con mucha inteligencia y conocimientos, con una sensibilidad que tenía escondida, y con mucho amor por Figueres. Dalí no era el personaje que veía el mundo: detrás había un hombre sensible, vulnerable y profundamente humano. Y puedo decir que era mucho mejor de lo que la mayoría imagina.

Quizá no le habría gustado que contara algunas de estas cosas. Él prefería proteger su misterio. Creo que era necesario contar estas historias porque son reales, vividas por mí.

«Adeu Mestre, per la teva amistat i carinyo, que ens vas donar» (Adiós Maestro, por tu amistad y cariño, que nos diste).

Girona, entrada de la avenida Ramon Folch
Girona, entrada de la avenida Ramon Folch
Barri Vell de Girona
Barri Vell de Girona
Anna Vedeneeva

Entrevista realizada por Anna VedeneevaFilóloga, Universidad Estatal de San Petersburgo y Universidad de Barcelona

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Conversación con Ramon Guardiola Recasens

Sobre los inicios del Teatro-Museo Dalí de Figueres y sus vivencias con el maestro

Por Carles Mallart i Figueres

Ramon Guardiola Recasens es hijo de Ramon Guardiola Rovira, exalcalde de Figueres y diputado en Cortes, que trabajó durante diez años con Salvador Dalí para hacer posible el actual Teatro-Museo Dalí de Figueres.

Ramon Guardiola Rovira, padre
Ramon Guardiola Rovira, padre

—Ramon, ¿cuándo crees que nació la idea de crear el Museo Dalí de Figueres?

Yo creo que el maestro Salvador Dalí ya llevaba esa idea en la cabeza desde hacía tiempo. Dalí quería profundamente a Figueres y le hacía mucha ilusión dejar allí un legado importante. Mi padre, Ramon Guardiola Rovira, que en aquellos años era alcalde de Figueres, compartía plenamente esa visión. Entre los dos surgió una gran complicidad personal e institucional que acabaría haciendo posible lo que hoy es el Teatro-Museo Dalí.

—Por lo tanto, tu padre tuvo un papel importante.

Desde luego. Mi padre comprendió muy pronto la trascendencia que podía tener Salvador Dalí para Figueres y para el Empordà. Todo empezó con motivo de la inauguración del Museo del Empordà. Mi padre le pidió a Dalí si podría dejar algunas obras para aquella inauguración, y Dalí le respondió con una frase que después resultaría casi profética: «Os dejaré tantos cuadros como hagan falta». Aquel momento fue, de algún modo, el inicio del futuro Museo Dalí.

—¿De qué años hablamos, aproximadamente?

Debió de ser hacia 1965 o 1966. El Teatro-Museo Dalí se inauguraría finalmente en 1975, tras una década de trabajo intenso, reuniones, gestiones y mucha perseverancia.

Ramon Guardiola Recasens, hijo
Ramon Guardiola Recasens, hijo

—El edificio, ¿de quién es propiedad?

El edificio del Teatro-Museo Dalí es propiedad del Ayuntamiento de Figueres; era el Teatro Municipal. Todo lo que hay dentro, incluidos los sótanos, es titularidad del Estado español, al que el maestro se lo cedió.

—¿Cómo recuerdas aquellos años?

Fueron años apasionantes, pero también muy difíciles. Hoy puede parecer que un proyecto como el Museo Dalí tenía que salir adelante de forma natural, pero no fue así. Hubo muchas dificultades económicas, administrativas y logísticas. Mi padre le dedicó una parte muy importante de su vida, con una ilusión extraordinaria y sin buscar nunca protagonismo personal.

—¿Dalí confiaba en tu padre?

Sí, mucho. Entre ellos había respeto, complicidad y una relación muy sincera. Dalí era una persona muy inteligente y captaba perfectamente quién actuaba con honestidad. Mi padre quería a la ciudad y creía profundamente en el proyecto. Dalí lo sabía.

—¿Cómo era el maestro en la distancia corta? ¿Cómo era su personalidad?

Dalí era cobarde por naturaleza, como algunos genios; una gran persona, pero cobarde. Uno no es cobarde con todo ni tampoco valiente con todo; tienes fortalezas y debilidades. Los artistas no suelen ser valientes, hablando en general. Era una persona mucho más sensible y cercana de lo que mucha gente imagina. El personaje público era espectacular, provocador y teatral, pero en privado podía ser afable, educado e incluso tímido en algunos aspectos. También tenía muchas inquietudes y una gran sensibilidad emocional.

Recuerdo que Dalí estaba en París, en Nueva York, y telefoneaba cada día por miedo a ETA. El día que había habido un atentado, podía llamar hasta cinco veces a casa. «Madre mía, Guardiola, ¿cómo lo ves, esto y aquello…? Oye, ¿podré venir este verano?». Siempre tenía miedo, y le decíamos: «Claro que podrás venir, faltaría más. Te pondremos dos guardias civiles, pero no sufras, hombre».

Su entorno ganaba más dinero teniendo al maestro en Nueva York que en Portlligat en verano. Por eso, antes del verano, siempre le metían miedo.

—Dicen que compró la finca de Portlligat porque quería ser el primer español en ver salir el sol…

Dalí también decía que en Portlligat había una luz especial para pintar sus cuadros. En el fondo, Dalí tenía una sensibilidad especial.

—Dalí tenía una vinculación muy fuerte con el Empordà.

Absolutamente. Portlligat, Cadaqués, Figueres… todo aquel paisaje formaba parte de su inspiración artística y vital. Siempre decía que la luz de Portlligat era única para pintar. También afirmaba que quería ser el primer español en ver salir el sol, y por eso le gustaba tanto el cabo de Creus.

—¿Qué opinas de Púbol?

Hay una frase de Dalí repetida muchas veces: «A mí no se me ha perdido nada en Púbol». Aunque Púbol era la casa de Gala, ella se entretenía con sus amantes, y cada vez que Dalí quería ir a Púbol tenía que pedirle permiso a Gala, y por escrito.

—Dalí, aunque pareciera «pesetero», ¿no lo era en absoluto?

Lo que pasa es que él era como era y disfrutaba siéndolo. Cuando murió, tenía 2,5 millones de pesetas (el equivalente a unos 15.000 euros de hoy) en el banco Hispano Americano de Figueres. Le gustaba el dinero, no le gustaba pagar, pero no era millonario como los que hay hoy en día. La que hacía los negocios era Gala, por supuesto.

—¿Cómo era Gala para ti?

Gala era para mí una persona enigmática, nada simpática (excepto el día de la boda, como me decías, Carles). Me imponía mucho respeto. Ella sí que sabía qué hacer con Dalí. Era una precursora del marketing; controlaba el tema económico.

—Tú tuviste la oportunidad de tratar personalmente a Dalí, ¿verdad?

Sí, y fue por castigo (ríe). A mi padre no le gustaba conducir, y yo lo llevaba a Portlligat cada tarde en verano. Para mí, aburridísimo. Acompañaba a mi padre porque no había aprobado el curso. Pasé muchas horas en casa de Dalí, muchas. Eras jovencito, querías estar con tus amigos, y tenía que aguantar aquel calvario. Con los años me he dado cuenta de que, gracias a ser mal estudiante, pude vivir unas experiencias impagables. Son parte de la historia.

—Sobre la preservación del legado de Dalí, ¿qué opinas?

Dalí decía: «Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien». El maestro quería que su nombre, sus fotos y su obra fueran conocidos en todas partes.

La tarea de preservar el legado de un genio como Dalí es muy compleja. Hay que proteger su obra, pero también hay que permitir que su figura y sus historias lleguen a la gente. Es un equilibrio difícil.

Creo que las instituciones que velan por el patrimonio de Dalí han hecho una labor importante en la conservación y la gestión de los museos. Desde el punto de vista de la gestión económica de los tres museos —Figueres, Portlligat y Púbol—, lo han hecho muy bien. Al mismo tiempo, es fundamental que no se pierdan las vivencias de las personas que lo conocieron. La gente que trató a Dalí se va haciendo mayor, y cada día quedan menos. Si no recogemos estas historias ahora, se perderán para siempre. Y eso sería una pérdida irreparable para todos.

—¿Tu padre era consciente de la importancia futura del Museo?

Desde luego. Siempre decía que el Museo Dalí transformaría Figueres y que las futuras generaciones serían aún más conscientes de su trascendencia. El tiempo ha acabado dándole la razón. El Museo se ha convertido en un motor cultural, turístico y económico de primer orden para la ciudad y para el país.

Mi padre, Ramon Guardiola Rovira, siempre decía que había gente que iba con luces cortas, otra con luces largas, y que había quien no tenía luces. Yo he pensado que mi padre era un hombre de luces largas. Con los años, me he dado más cuenta. Él siempre decía: «Ramon, ya verás la importancia que tendrá el Museo Dalí para Figueres». No se equivocó en absoluto. En el fondo era un visionario, como también lo era Salvador Dalí, que no tenía un pelo de tonto.

—¿Tu padre recibió suficiente reconocimiento?

Con los años, sí, y eso me satisface mucho. Durante mucho tiempo su trabajo quedó un poco en segundo plano, pero recientemente se ha reconocido mucho más su aportación. Y creo que es justo. Una obra tan importante como el Museo Dalí no es fruto de una sola persona: necesita visionarios, gente perseverante y personas capaces de creer en proyectos que parecen imposibles.

—¿Cómo recuerdas la inauguración del Museo Dalí?

La recuerdo perfectamente. Mi padre ya no era alcalde en aquel momento. Yo le dije que debía de ser un día difícil para él, después de haber luchado tanto por el proyecto. Pero me dio una lección que nunca he olvidado. Me dijo: «Precisamente este es el mejor final posible. El Museo no lo he hecho para mí. Lo he hecho por Figueres y por Salvador Dalí. Nunca lo he hecho por Ramon Guardiola Rovira». Aquella respuesta me impresionó profundamente. Era una persona humilde, de una gran entereza.

—¿Hubo algún momento de crisis durante la gestación del museo?

Quiero contarte una anécdota que me explicó mi padre. Hubo una época en que él estaba desanimado por la falta de ayuda y colaboración de algunos organismos. Llegó a anunciar en petit comité que se retiraba. Entonces, Lluís Duran y el capitán Moore se reunieron con él en Cala Teta, en el Hotel Duran, y le dijeron que no estaba solo, que ellos lo ayudarían. Fue un «chute de adrenalina». Aquel «no estás solo» lo animó mucho. Llegaron a un pacto de caballeros y el proyecto salió adelante. En la vida, un empujón a tiempo es fundamental.

—¿Crees que hoy todavía queda mucho por contar sobre Dalí?

Muchísimo. Las vivencias humanas, las anécdotas, la manera de ser del maestro… todo eso también forma parte del patrimonio cultural. Con el paso de los años desaparecen las personas que lo conocieron directamente, y es importante preservar esos recuerdos. Dalí no solo era un genio de la pintura; era una personalidad irrepetible, llena de intuición, sensibilidad e imaginación.

—¿Y sobre vuestro proyecto de homenaje, el libro El Bigote?

El objetivo es hacer un auténtico homenaje a una persona irrepetible, un genio, y que no se pierda ninguna de las miles de anécdotas y vivencias del maestro. Todavía estamos a tiempo de recuperar el tiempo perdido. Los homenajes no están prohibidos mientras actuemos de forma seria y documentada, para que las futuras generaciones puedan preservar y disfrutar este legado.

Carles Mallart Figueres
Carles Mallart Figueres

—En definitiva, ¿qué legado dirías que queda de aquella generación que impulsó el Museo?

Sobre todo, una lección de visión y de compromiso con la ciudad. Mi padre, Ramon Guardiola Rovira, y Salvador Dalí entendieron que Figueres podía tener una proyección universal a través de la cultura. Y eso, con los años, se ha demostrado plenamente cierto.

Conversaciones y recuerdos de Ramon Guardiola Recasens (hijo), recopilados por Carles Mallart i Figueres.

Carles Mallart i Figueres

Carles Mallart i Figueres

Escultura «Gala, 64 años · 1958»
Escultura «Gala, 64 años · 1958»

La boda de Gala y Dalí

Nadezhda LobanovaTurismo, Empresa y Ciencias Políticas · Universidad de San Petersburgo

Gala fue la musa de Dalí, la inspiración y el motor de su carrera artística. Siempre ayudó al artista a alcanzar sus objetivos. En 1929 empezó a salir con Dalí y, el 30 de enero de 1934, se casaron por lo civil en París; repitieron la boda, esta vez por la Iglesia, en 1958, en el santuario de la Mare de Déu dels Àngels, situado en Sant Martí Vell, un pueblo cercano a Girona. Gala y Dalí vivieron una vida llena de anécdotas y satisfacciones, en la que la pareja más famosa del mundo del arte no dejó a nadie indiferente.

No hace mucho, en abril de 2026, mientras comía en el restaurante Cal Degollat de Llagostera, coincidí con Ricard, el veterinario del Clínican de Cassà de la Selva. Intercambiamos unas palabras y me dijo: «Sé que estás preparando un libro de anécdotas de Salvador Dalí. Pues has de saber que mi suegra estuvo presente en su boda con Gala». Enseguida le dije que me gustaría contactar con ella. Me dio su teléfono y quedamos para más adelante.

La llamé y fui a verla. Vive a unos cinco kilómetros de Olot, en el término municipal de Santa Pau. Se llama Cati Delga y tiene actualmente 83 años. Muy amable, me puso en antecedentes y la entrevisté. «Carles —me dijo—, el 7 de agosto de 1958 yo tenía diecisiete años y trabajaba en el complejo del santuario dels Àngels. Aquella tarde, mosén Joan Juanola, que era el responsable del santuario, nos dijo a las seis chicas que trabajábamos allí: “Mañana habrá una boda muy, muy importante, pero es secreto de confesión. No se puede decir quiénes son los novios. Estaría bien que subierais a la montaña a recoger flores y retama para el acto, porque tenemos que dejar la iglesia bien limpia para la ocasión”».

«Intrigadas, aquella noche ninguna de nosotras durmió mucho: ¡una boda de personalidades, y todo llevado con tanto secreto! Al día siguiente, el día 8, nos revelaron el misterio: se casaban Salvador Dalí y Gala a las doce del mediodía, pero no querían que se supiera bajo ningún concepto. Eran tiempos sin móviles ni internet, pero los nervios se apoderaron de toda la casa. No nos lo podíamos creer.

Todos los accesos a la montaña estaban bloqueados por la Guardia Civil. Dalí tenía muy buenos contactos en Madrid y consiguió movilizarlo todo. Hacia las once y media vimos llegar el Cadillac negro del maestro, conducido por Gala. La pareja iba acompañada de dos sacerdotes amigos suyos que, como sabríamos más tarde, harían de testigos. Dalí y Gala iban vestidos de verano: ella, con un vestido beis de manga corta, muy fresco, ya que hacía un sol radiante sobre aquellas vistas impresionantes. Él llevaba un traje escogido para la ocasión. Gala tenía 63 años y era viuda. Él tenía 54 y era soltero.

Nos dijeron que, aquel día, Dalí tenía un dolor de muelas terrible. La ceremonia duró una hora, entre las doce y la una del mediodía. Las chicas que trabajábamos en el complejo nos situamos en el coro, que estaba al fondo de la iglesia y en un nivel elevado. Desde allí, sigilosamente, pudimos hacer algunas fotos a escondidas, aunque ellos ya sabían que estábamos allí arriba».

En realidad, no había sido Dalí quien había insistido en la boda. A él le daba igual. Pero los sacerdotes de la época, viendo que la pareja vivía junta en «pecado mortal», presionaron al límite para que se casaran por la Iglesia cuanto antes. Las autoridades políticas y eclesiásticas de Madrid tenían mucha influencia en una decisión como esta, y Dalí accedió a casarse cumpliendo las exigencias de la época. La situación era insoportable para la moral de aquel tiempo. No hubo invitados externos, solo los dos sacerdotes testigos. Una vez terminada la ceremonia, el matrimonio permitió que las chicas del coro, que habían sabido guardar el secreto, les hicieran fotografías. La pareja prometió volver al santuario, pero no consta que lo hicieran nunca más. Gala, despierta e inteligente, hizo su papel ante todos y exhibió una gran clase.

Cati Delga
Cati Delga
La muerte de Gala · 1982
Escultura «La muerte de Gala · 1982»

Dalí, en cambio, estaba de muy mal humor por el dolor de muelas y no quiso firmar ninguna de las muchas postales que le pedían. Cumplió con la ceremonia y nada más. Hay que destacar que Gala firmaba por ella y por su marido sin ningún escrúpulo. Ella estaba radiante, con una sonrisa de oreja a oreja. Un detalle curioso: Gala fue al lavabo y, un mes después, la estancia todavía desprendía una fragancia impresionante. La toalla que utilizó se guardó como una reliquia por su olor característico. Las chicas no salían de su asombro y comentaban, sorprendidas: «¡Ya podría haber más bodas de este tipo, que serían muy bien recibidas!».

Vallmajó · «Llum artificial»
Vallmajó · «Llum artificial»

Se sabe que la pareja celebró el convite con los sacerdotes en el restaurante La Barca de Girona, donde hasta hace un par de años se habían conservado los mismos muebles, cubiertos y platos del día del enlace. Ahora el local se ha transformado. Es muy moderno, pero ha perdido la esencia y la magia de aquella jornada.

Al día siguiente de la boda, la prensa acudió en masa al santuario buscando detalles y comprando absolutamente todas las fotografías que se habían hecho el día anterior. Aquellas cinco o seis chicas «hicieron su agosto», nunca mejor dicho: les pagaron muy bien las fotos y, gracias a ello, sus familias pudieron comprar neveras, lavadoras o máquinas de coser, cosas que hasta entonces les había sido imposible adquirir. La alegría llenó todo el lugar.

Certificado de la boda religiosa de Salvador Dalí y Gala, 1958
Certificado de la boda religiosa de Salvador Dalí y Gala, 1958
Inscripción del matrimonio de Gala y Salvador Dalí
Inscripción del matrimonio de Gala y Salvador Dalí
Goigs a la Mare de Déu dels Àngels
Goigs a la Mare de Déu dels Àngels

En el documento oficial anexo puede leerse la parte formal y los datos de esta boda.

* La edad real de Dalí el día de su boda religiosa en el santuario dels Àngels, el 8 de agosto de 1958, era de 54 años.

Nadezhda Lobanova

Recopilado por Nadezhda LobanovaTurismo, Empresa y Ciencias Políticas · Universidad de San Petersburgo

Gala en la pintura de Dalí: del cuerpo amado a la memoria

Dr. Secundino López-PousaDoctor en Medicina Interna y neurólogo

El recorrido por la representación de Gala en la pintura de Salvador Dalí permite observar una transformación que se extiende a lo largo de más de medio siglo. No se trata solo de la evolución estilística de un artista ni de una sucesión de retratos de una misma mujer. Las obras muestran cómo cambia con la edad la manera en que Dalí ama, contempla, imagina y necesita a Gala.

Desde que la conoció en 1929, cuando él tenía veinticinco años, hasta la muerte de ella en 1982, cuando Dalí tenía setenta y ocho, Gala ocupó un lugar central en su vida afectiva y en su actividad creadora. Su imagen nunca permaneció inmóvil. Fue mujer real, cuerpo deseado, musa, paisaje, Virgen, átomo, arquitectura, mirada, memoria y enigma.

Pintura del Dr. Secundino López-Pousa
Pintura del Dr. Secundino López-Pousa

Cada transformación corresponde a un momento de la relación, pero también a una etapa de la vida del pintor. El Dalí joven descubre y desea; el artista maduro idealiza, ordena y eleva; el Dalí anciano interioriza, recuerda y ofrece; por último, ante la proximidad de la pérdida, intenta conservar aquello que inevitablemente empieza a escaparse.

La evolución de Gala en su pintura puede dividirse en cuatro grandes periodos, entendidos como una herramienta expositiva y no como categorías biológicas rígidas.

Primer periodo: Gala entra en el universo de Dalí. De los 25 a los 44 años (1929-1948)

Dalí conoció a Gala en el verano de 1929, cuando tenía veinticinco años. A partir de aquel encuentro se abrió un periodo de descubrimiento afectivo, sexual y artístico en el que la mujer real fue entrando progresivamente en su sistema de imágenes.

En las primeras pinturas, realizadas cuando Dalí rondaba los treinta años, Gala aparece todavía como una presencia cercana y reconocible. El pintor observa su rostro, su cuerpo, sus posturas y su manera particular de ocupar el espacio.

En «Retrato de Gala», hacia 1933, cuando Dalí tenía unos veintinueve años, ella aparece integrada en un paisaje natural y representada con una actitud distendida. El amor se manifiesta aquí como atención: detenerse en gestos que otros podrían pasar por alto y reconocer en la persona amada una singularidad digna de ser contemplada.

Ese mismo año, en «Retrato de Gala con langosta», el rostro de Gala entra de lleno en el universo asociativo del pintor. Su perfil se relaciona con una langosta y con una pequeña avioneta. La mujer amada deja de ser solo una figura observada y se convierte en un estímulo capaz de activar conexiones inesperadas.

En «Retrato de Gala con dos chuletas de cordero», realizado hacia 1934, cuando Dalí tenía unos treinta años, el amor aparece ligado al deseo corporal, al apetito, a la materia y al humor. Gala no es solo musa o figura ideal; también es cuerpo, proximidad y presencia sensorial.

Un año después, en «El Ángelus de Gala», pintado hacia 1935, Dalí representa a Gala de frente y de espaldas. A los treinta y un años, el pintor parece necesitar varias perspectivas para abarcar a la persona amada. Además, vincula su figura con «El Ángelus» de Millet, una de las imágenes más persistentes de su pensamiento. Dos focos de enorme intensidad —Gala y el cuadro de Millet— se reúnen en una sola composición.

En «Pareja con las cabezas llenas de nubes», de 1936, cuando Dalí tenía unos treinta y dos años, él y Gala aparecen transformados en siluetas que contienen un paisaje. El cuerpo cede el paso al mundo interior. La pareja conserva sus propios contornos, pero comparte el mismo horizonte y el mismo cielo. El amor se expresa como la posibilidad de habitar un paisaje mental común.

En «Retrato de Gala con turbante», realizado en 1939, hacia los treinta y cinco años, Gala devuelve la mirada. Ya no es solo la mujer contemplada por Dalí, sino una figura con autoridad, vigilancia e individualidad. Su presencia puede interpretarse como una referencia afectiva, pero también como una conciencia autónoma que la imaginación del pintor no puede absorber por completo.

Durante los años cuarenta, cuando Dalí entra en su primera madurez, la representación de Gala adquiere una mayor complejidad. En «Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar», de 1944, el pintor tiene unos cuarenta años. Gala aparece dormida mientras a su alrededor se despliega una cadena de imágenes violentas y sucesivas. Un estímulo mínimo se transforma en un relato onírico. Ella es el centro silencioso en el que convergen deseo, vulnerabilidad, fantasía y amenaza.

En «Galarina», realizada entre 1944 y 1945, cuando Dalí tenía unos cuarenta o cuarenta y un años, la exuberancia surrealista se reduce. Gala aparece de frente, madura y segura. El pintor concentra su atención en el rostro, las manos y el cuerpo de la mujer con la que ya ha compartido muchos años. El amor se vuelve menos impulsivo y más ligado a la intimidad, la confianza y el reconocimiento.

En «Mi mujer, desnuda, contemplando su propio cuerpo convirtiéndose en escalera, tres vértebras de una columna, cielo y arquitectura», de 1945, Gala se transforma en estructura. Su espalda conduce a las vértebras; las vértebras, a la columna, y la columna, a la arquitectura. Dalí tiene entonces unos cuarenta y un años y empieza a representar a Gala no solo como estímulo para la imaginación, sino como principio de construcción y de sostén.

Por último, en «Triple aparición del rostro de Gala», hacia 1946, cuando Dalí tenía unos cuarenta y dos años, el rostro amado aparece tres veces, con distintos grados de definición. Gala se convierte en presencia, visión y memoria. El pintor parece intentar conservar su imagen mediante la repetición y reconstruirla cuando empieza a desvanecerse.

En estas diez obras principales, cada cuadro cumple una función distinta dentro de la evolución del afecto y de la dependencia de Salvador Dalí respecto de Gala: presencia real, activación asociativa, deseo corporal, desdoblamiento y recurrencia, paisaje mental compartido, orientación y autoridad, expansión onírica, concentración afectiva, estructura organizadora, memoria y permanencia.

Desde una lectura vinculada al pensamiento divergente, estas primeras obras muestran una atención que pasa con rapidez de una forma a otra y que reúne objetos lejanos a través de semejanzas visuales, emociones o recuerdos personales.

Gala aporta continuidad a estos desplazamientos. La imaginación se expande, pero vuelve a su rostro o a su cuerpo. Ella actúa como un foco emocional capaz de activar nuevas imágenes y, al mismo tiempo, de mantener una dirección.

Al final de este primer periodo, Gala ya no es solo una persona situada dentro del mundo pictórico de Dalí. Empieza a convertirse en una estructura a través de la cual ese mundo puede ordenarse.

Segundo periodo: Gala como principio de orden. De los 45 a los 59 años (1949-1963)

Durante su madurez, Dalí amplía de manera extraordinaria el territorio simbólico de Gala. Entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y nueve años la transforma en Leda, Virgen, materia atómica, figura cósmica, testigo de Cristo, santa y presencia histórica.

En este periodo, el pensamiento divergente sigue estableciendo asociaciones remotas: mito y física, religión y geometría, paisaje cotidiano y revelación sagrada, experiencia amorosa e historia universal.

Sin embargo, estas asociaciones adquieren una organización más rigurosa. La geometría, la proporción y la composición contienen la multiplicidad de imágenes. Dalí no se limita a generar conexiones: las selecciona, las estructura y las transforma en sistemas visuales complejos.

«Leda atómica», realizada entre 1947 y 1949, actúa como obra de transición. Cuando la termina, Dalí tiene unos cuarenta y cinco años. Gala aparece transformada en Leda y situada en un universo en el que los objetos flotan sin tocarse. El deseo corporal se sublima en equilibrio, proporción y estructura. Gala ocupa el centro en el que pueden encontrarse el mito, la ciencia y la experiencia personal.

En la versión grande de «La Madona de Portlligat», de 1950, Dalí tiene cuarenta y seis años. Gala se transforma en la Virgen y se sitúa en el paisaje compartido de Portlligat. La religión universal se convierte en una religión privada. El mar, las rocas y la luz mediterránea forman parte de una revelación íntimamente ligada a la vida de la pareja.

En «Galatea de las esferas», de 1952, cuando Dalí tiene unos cuarenta y ocho años, el rostro de Gala surge de múltiples partículas suspendidas. De cerca se perciben las partes; a cierta distancia aparece el conjunto. Gala representa la unidad que nace de la multiplicidad.

Ese mismo año, en «Assumpta Corpuscularia Lapislazulina», su rostro sigue siendo reconocible mientras el cuerpo se fragmenta y se transforma en materia luminosa. Gala se convierte en continuidad afectiva dentro de un universo que parece descomponerse.

Hacia 1954, cuando Dalí tiene cincuenta años, pinta «Galatea en formación». En ella, el rostro de Gala todavía se está construyendo. La mirada debe reunir fragmentos y completar ausencias. La identidad no es una forma inmóvil, sino algo que sigue siendo reconocible durante la transformación.

También hacia 1954 pinta «Corpus Hypercubus». Gala ya no aparece como divinidad central, sino como una figura humana que contempla la crucifixión suspendida ante una estructura matemática de cuatro dimensiones. Su función cambia: no es la estructura misma, sino el vínculo humano que permite acercarse al misterio.

En «El descubrimiento de América por Cristóbal Colón», de 1958, cuando Dalí tiene unos cincuenta y cuatro años, la imagen de Gala entra en la historia. Aparece elevada en un estandarte y asociada a la revelación, al viaje y a la promesa de una nueva realidad. El amor privado se convierte en emblema público.

En «El concilio ecuménico», hacia 1960, Dalí tiene unos cincuenta y seis años. Gala aparece como santa Elena, portadora de la cruz y del libro. Ya no solo es contemplada, sino que adquiere una función activa de mediadora y guía. Mientras Dalí se representa a sí mismo pintando, Gala parece formar parte de la visión que él intenta alcanzar.

Por esos mismos años, «Gala desnuda de espaldas» introduce un regreso a la intimidad. Después de transformarla en mito, Virgen, átomo y figura histórica, Dalí vuelve a reconocerla en la curva de su espalda, en su cabello y en su manera de ocupar el espacio.

Este segundo periodo muestra que la divergencia creativa de Dalí no desaparece con la edad, sino que se combina con una mayor capacidad de organización. La imaginación genera conexiones lejanas; la técnica, la geometría y la disciplina les dan forma.

Gala desempeña un papel esencial en este proceso. Representa la continuidad dentro de la transformación y permite reunir mundos que de otro modo permanecerían separados: materia y espíritu, ciencia y religión, intimidad e historia.

Sin embargo, esta elevación también encierra una tensión. Al transformar a Gala en Virgen, santa, átomo o principio cósmico, Dalí la honra y la inmortaliza, aunque corre el riesgo de ocultar a la mujer real bajo los símbolos que necesita construir.

Al final de este periodo, después de haberla convertido en todo, vuelve a mirarla como a alguien.

Tercer periodo: Gala como mirada y destinataria. De los 60 a los 75 años (1964-1979)

En su madurez tardía, Gala ya no ocupa siempre el centro visible de los cuadros. Su importancia no disminuye, sino que se interioriza.

Aunque este periodo abarca desde los sesenta hasta los setenta y cinco años de Dalí, las obras más significativas de esta selección se concentran sobre todo entre 1972 y 1978, cuando el pintor tiene entre sesenta y ocho y setenta y cuatro años.

Riada en la calle Argenteria, Girona
Riada en la calle Argenteria, Girona

Dalí desarrolla entonces un interés creciente por la estereoscopia, la percepción binocular, las imágenes dobles, los reflejos y las transformaciones que produce la distancia. La pintura exige que el espectador enfoque, se desplace, compare y reconstruya.

En «El sueño de Gala», hacia 1972, cuando Dalí tiene unos sesenta y ocho años, Gala aparece como una pequeña figura situada ante una enorme formación ambigua. Ya no necesita ocupar todo el espacio para ordenar la escena. Se convierte en el punto desde el que nace y se contempla un universo interior.

En «Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas», realizado entre 1972 y 1973, Dalí tiene unos sesenta y nueve años. La obra reúne al pintor, a Gala, el lienzo, espejos y perspectivas estereoscópicas. Dalí no representa solo a Gala, sino el esfuerzo por verla desde varios puntos de vista y conservar todas sus imágenes.

Entre 1975 y 1976, cuando ronda los setenta y dos años, vuelve a «Las meninas» de Velázquez. La figura de Gala puede sentirse ahora no como un retrato directo, sino como una posición de observación, una sombra o una memoria integrada en el propio acto de mirar.

En «Gala contemplando el Mediterráneo», de 1976, el cuerpo de Gala se transforma, a distancia, en el rostro de Abraham Lincoln. Dalí tiene unos setenta y dos años. La mujer amada deja de ser solo el objeto contemplado y se convierte en una estructura perceptiva que permite la aparición de otra imagen.

Dalí empieza a ver el mundo a través de Gala.

En el «Retrato de Gala» de la misma época, su figura queda contenida dentro de un marco interior. El cuadro no representa solo a Gala, sino también el intento de enmarcarla, fijarla y protegerla del paso del tiempo.

Hacia 1977, cuando Dalí tiene unos setenta y tres años, realiza «La mano de Dalí retirando un toisón de oro en forma de nube para mostrar a Gala la aurora desnuda». Gala no es necesariamente el centro visible: es la destinataria de la revelación. El amor se convierte en transmisión y ofrenda.

En 1978, a los setenta y cuatro años, pinta «Dalí levantando la piel del mar Mediterráneo para mostrar a Gala el nacimiento de Venus». El gesto amoroso cambia profundamente. Dalí ya no transforma a Gala en Venus: levanta el mundo para que ella pueda contemplar el nacimiento de la diosa.

Ese mismo año realiza «El Cristo de Gala». Gala no está representada, pero el título la convierte en destinataria íntima de la obra. El amor adquiere una dimensión espiritual: Dalí no pinta a Gala, sino una imagen destinada a ella.

Desde una perspectiva relacionada con el pensamiento divergente, estas obras muestran una atención capaz de alternar entre el fragmento y la totalidad, de mantener activas varias interpretaciones y de establecer conexiones entre ámbitos aparentemente lejanos, como el cuerpo, el paisaje, la memoria, la ciencia óptica, la mitología y la historia del arte.

La posible presencia de rasgos asociados al trastorno por déficit de atención e hiperactividad podría haber contribuido a una atención especialmente guiada por el interés, atraída por la novedad y sensible a los estímulos de gran valor emocional. Estas características podrían haber favorecido algunas de sus asociaciones, la intensidad con la que desarrolló ciertos temas y, quizá, su elevada capacidad productiva. Sin embargo, por sí solas no explican la creatividad de Dalí ni permiten un diagnóstico retrospectivo.

Tampoco el pensamiento divergente basta para comprender la complejidad de su obra. Las imágenes dobles, las composiciones estereoscópicas y las transformaciones ópticas exigían planificación, conocimientos técnicos, disciplina y una notable capacidad para seleccionar, ordenar y desarrollar los hallazgos visuales.

Dentro de este proceso, Gala sigue aportando un principio de continuidad. Ya no es solo la figura que Dalí contempla, sino que se convierte progresivamente en la estructura afectiva y perceptiva desde la que él contempla el mundo, y en la persona para quien desea seguir descubriéndolo, transformándolo y revelándolo a través de la pintura.

La relación deja de expresarse solo como «pinto a Gala porque la amo» y adopta otra forma: «transformo el mundo para mostrárselo».

Cuarto periodo: Gala como enigma y memoria. De los 75 a los 84 años (1979-1989)

La última etapa de la vida de Dalí estuvo marcada por el envejecimiento, la fragilidad física y la proximidad de la pérdida.

La obra principal de este periodo es «Los tres enigmas gloriosos de Gala», realizada hacia 1982, cuando Dalí tenía unos setenta y ocho años. Ese mismo año murió Gala.

La mujer amada ya no aparece a través de un rostro reconocible ni de una representación directa de su cuerpo. Su presencia queda contenida en tres formas que se repiten y disminuyen progresivamente de tamaño hasta acercarse al horizonte. Gala se convierte en huella, eco y memoria.

La repetición parece luchar contra la desaparición. La primera figura conserva volumen e intensidad; la segunda empieza a alejarse; la tercera queda casi absorbida por el paisaje. Cada forma confirma que la anterior todavía existe, aunque esté más lejos y menos definida.

Estas modificaciones pueden explicarse por una mayor conciencia personal del envejecimiento, influida también por la diferencia de edad con Gala y por el miedo a perderla. Ambos factores podrían haber transformado la manera en que Dalí la representaba e intentaba conservar su presencia a través de la pintura.

El título es especialmente significativo. Dalí no habla de retratos ni de recuerdos, sino de «enigmas». Después de haber pintado a Gala como mujer, musa, Virgen, átomo, santa y universo, parece reconocer que ninguna de esas imágenes podía contenerla por completo. La persona amada sigue siendo un enigma.

El amor final ya no consiste principalmente en poseer, idealizar o elevar. Consiste en recordar, reconstruir y aceptar que aquello que uno desea conservar se aleja inevitablemente.

La repetición de las tres formas también puede relacionarse con la persistencia de un foco afectivo. La atención de Dalí vuelve una vez más a Gala, incluso cuando su rostro ya no puede aparecer de manera directa.

El posible hiperfoco no consiste aquí en reproducir siempre la misma imagen. El tema regresa transformado por el tiempo, la memoria y la conciencia de la ausencia. Gala permanece, pero lo hace como presencia interior.

Una lectura desde la neurología y el pensamiento divergente

La obra de Dalí fue el resultado de su talento, su formación, su conocimiento de la tradición, su capacidad técnica, su trabajo y su voluntad de construir una identidad artística. Ningún concepto neuropsicológico puede explicar por sí solo la complejidad de su creación.

Sin embargo, ciertos procesos permiten plantear preguntas sobre su manera de trabajar.

El pensamiento divergente facilita la generación de múltiples respuestas, el establecimiento de asociaciones remotas y la contemplación de una misma realidad desde distintas perspectivas. En la pintura de Dalí se manifiesta en la unión de objetos lejanos, en la transformación de las formas, en las imágenes dobles y en la coexistencia de significados diferentes.

La atención guiada por el interés puede ayudar a entender por qué ciertos temas conservaron una intensidad extraordinaria durante décadas. Dalí volvió una y otra vez a Gala, a «El Ángelus» de Millet, a la religión, a la ciencia y al paisaje de Portlligat, pero cada regreso producía una nueva transformación.

El hiperfoco, utilizado aquí con prudencia, no significa necesariamente una concentración inmóvil. Puede consistir en volver con persistencia a un foco de enorme relevancia emocional y explorarlo desde múltiples direcciones. Gala fue, posiblemente, el foco más duradero de la obra de Dalí.

Sin embargo, generar asociaciones no basta para producir una obra artística. También es necesaria una capacidad convergente: seleccionar, ordenar, desarrollar y ejecutar las ideas.

La originalidad de Dalí nace de la relación entre ambas fuerzas. Su imaginación abre caminos; la técnica, la disciplina y la composición les dan forma.

Qué aporta Gala a la actividad creadora de Dalí

Si nos preguntamos qué aporta Gala a la actividad creadora del pintor, su función parece cambiar con la edad de Dalí y con la evolución de la relación.

En la juventud, activa la atención y la imaginación. Su presencia despierta asociaciones, deseo, miedo y curiosidad.

En la primera madurez, aporta continuidad. La atención de Dalí puede desplazarse entre numerosos estímulos, pero vuelve a ella.

Durante la etapa místico-nuclear, Gala se convierte en un principio de organización. Su rostro o su cuerpo permiten reunir ciencia, religión, geometría y experiencia personal.

En la madurez tardía, se transforma en una manera de mirar. Dalí reconstruye el mundo a través de perspectivas, reflejos e imágenes dobles relacionadas con ella.

Por último, Gala se convierte en memoria y destinataria. La pintura deja de ser solo una manera de representarla y pasa a ser una manera de conservarla o de ofrecerle una visión.

Estas funciones no deben interpretarse como conclusiones clínicas. Son hipótesis nacidas de la observación de las obras, de la biografía de la pareja y del conocimiento de ciertos procesos relacionados con la atención, la emoción y la memoria.

La mujer real y la imagen construida

Este recorrido también obliga a diferenciar entre Gala como persona y Gala como creación de Dalí. Los cuadros permiten conocer la manera en que el artista la contempló, la necesitó y la imaginó, pero no contienen toda la realidad de Gala.

Al transformarla en musa, Virgen, santa, átomo o mito, Dalí expresa admiración, deseo y dependencia. Sin embargo, también se apropia simbólicamente de su imagen y la adapta a sus necesidades emocionales y artísticas. La intensidad de una mirada puede revelar, pero también puede ocultar.

Dalí convierte a Gala en el centro de su universo, pero ese centro está construido a partir de sus deseos, sus miedos y su necesidad de protección, orden y permanencia.

Por eso, este estudio no pretende explicar quién fue Gala en su totalidad. Analiza la función que su imagen desempeñó en la pintura y en la actividad creadora de Dalí. Lo que contemplamos es, sobre todo, la manera daliniana de amar.

Conclusión

Dalí no se limitó a retratar a Gala. A través de ella pintó su deseo, sus miedos, sus sueños, su necesidad de protección, su interés por la ciencia, su búsqueda espiritual y su resistencia frente al paso del tiempo.

Gala fue modelo, pero también estímulo, referencia, estructura, mirada y memoria. Su presencia no detuvo la multiplicidad del pensamiento de Dalí: le proporcionó un eje en torno al cual podía ordenarse.

La estación de tren de Olot en 1912, en la línea de Olot a Sant Feliu de Guíxols
La estación de tren de Olot en 1912, en la línea de Olot a Sant Feliu de Guíxols

En la juventud, Gala entra en su universo. En la madurez, ayuda a estructurarlo. En los últimos años, se convierte en la mirada desde la que se contempla ese universo y en la persona a quien Dalí desea ofrecérselo.

Finalmente, cuando su presencia física se ve amenazada, se transforma en el enigma que la pintura intenta conservar.

El amor de Dalí por Gala no fue sencillo ni puede reducirse a una imagen ideal. Contenía deseo, dependencia, admiración, veneración, apropiación, miedo y necesidad de permanencia. Precisamente por esa complejidad, su huella recorre toda la obra. Dalí convirtió a Gala en pintura para contemplarla, comprenderla, elevarla y conservarla. Pero, al final, parece reconocer que ninguna imagen puede poseer por completo a la persona amada. Gala permanece en sus cuadros no porque el enigma se haya resuelto, sino porque nunca dejó de serlo.

Dr. Secundino López-PousaDoctor en Medicina Interna y neurólogo

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Las edades de Salvador Dalí

Dalí, 8 años · 1912

Dalí, 8 años 1912

En el verano de 1912, Dalí se trasladó con su familia a una nueva casa en Figueres, en la esquina de la calle Monturiol con la plaza de la Palmera. El piso ocupaba la última planta de un edificio de estilo modernista. En la azotea, que ofrecía una magnífica vista de la llanura del Alt Empordà, había un lavadero en desuso que Dalí convirtió en su primer taller de dibujo y pintura. El espacio era minúsculo, pero cumplía a la perfección su función.

Dalí se sentaba dentro de la pila de cemento y utilizaba la tabla de lavar como mesa de trabajo.

Los días de verano, cuando el calor era sofocante, abría el grifo y dejaba que el agua le llegara hasta la cintura.

Detalles: Dalí, 8 años · 1912
Detalles: Dalí, 8 años · 1912
Detalles: Dalí, 8 años · 1912
Dalí, 21 años · 1925

Dalí, 21 años 1925

Después de pasar las vacaciones de Semana Santa en Cadaqués con el poeta Federico García Lorca, Dalí participó en la primera exposición organizada por la Sociedad de Artistas Ibéricos, celebrada en el Palacio de Velázquez del parque del Retiro de Madrid. La muestra fue un éxito y poco después recibió una propuesta de Josep Dalmau para organizar una exposición individual en su galería de Barcelona. Dalí, que había aprobado sin dificultad el segundo curso en la Academia de San Fernando, aprovechó las vacaciones de verano para prepararla. La exposición en las Galerías Dalmau fue un éxito absoluto. Animado por sus triunfales exposiciones en Madrid y Barcelona, Dalí empezó a planear un viaje a París. Para un pintor de 21 años con una prometedora carrera por delante, aquel era el destino soñado.

Detalles: Dalí, 21 años · 1925
Detalles: Dalí, 21 años · 1925
Dalí, 25 años · 1929

Dalí, 25 años 1929

En 1929, Dalí colaboró con Buñuel en Un perro andaluz y, aprovechando su estancia en París, entró en los círculos de la alta sociedad gracias a Miró. Su obra fue tan bien recibida que el marchante Goemans le ofreció un contrato para preparar una exposición individual. Tras el gran éxito de la película, Dalí regresó a Figueres y se instaló en Cadaqués para preparar la exposición. En verano recibió la visita de Goemans, Magritte y otros artistas y, más tarde, la de Buñuel, Paul Éluard y la esposa de Éluard, Gala. Dalí se sintió atraído por ella de inmediato y adoptó un aspecto extravagante para conquistarla. Finalmente lo consiguió, pese a la fuerte oposición de su familia. Su padre, indignado, modificó el testamento en perjuicio de Dalí. Gala regresó a París a finales de septiembre y Dalí siguió trabajando mientras su fama crecía. La exposición fue un éxito y vendió todas las obras. En diciembre recibió una carta de su padre en la que le anunciaba su «destierro irrevocable», a lo que Dalí respondió cortándose el pelo y enterrándolo en la playa antes de partir hacia París, decidido a mirar solo hacia el futuro.

Detalles: Dalí, 25 años · 1929
Dalí, 30 años · 1934

Dalí, 30 años 1934

1934 fue un año excelente para Dalí. El 30 de enero se casó con Gala en París. Por aquella época empezó a distanciarse del grupo surrealista, cuyos miembros habían acordado no participar en el Salón de los Independientes. Dalí decidió tomar parte de todos modos, lo que provocó a Breton y a sus seguidores, que exigieron su expulsión por «actos contrarrevolucionarios». Dalí se defendió en una reunión especial, que transformó en una actuación humorística: alegando que tenía gripe, se presentó con un termómetro en la boca y varios jerséis de lana, que se fue quitando uno a uno mientras hablaba y se proclamaba un verdadero surrealista. Breton y sus partidarios, incapaces de contener la risa, abandonaron la idea de expulsarlo.

El 7 de noviembre, Dalí y Gala partieron hacia Nueva York, donde Julien Levy preparaba una nueva exposición individual que resultó todo un éxito. Le siguió otra exposición en el Wadsworth Atheneum de Hartford, que Dalí inauguró con una conferencia en la que resumió su visión artística: «La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco… Soy capaz de distinguir entre los sueños y el mundo real». Añadió que era natural que el público no entendiera sus cuadros, puesto que ni él mismo los entendía del todo.

A su regreso, su padre le propuso un encuentro para recomponer su relación. Dalí aceptó, y la cita terminó con una emotiva reconciliación entre padre e hijo.

Detalles: Dalí, 30 años · 1934
Detalles: Dalí, 30 años · 1934
Detalles: Dalí, 30 años · 1934
Dalí, 36 años · 1940

Dalí, 36 años 1940

El 14 de junio de 1940, el ejército alemán ocupó París. Antes de que las tropas nazis bloquearan el paso fronterizo de Hendaya, Dalí y Gala abandonaron Arcachon y llegaron a territorio español. Dalí se trasladó a Figueres para reunirse con su familia. «Encontré mi país cubierto de ruinas», diría el pintor. La vieja barraca de pescadores de Portlligat también había sufrido graves daños durante la guerra civil. En aquel momento, su prioridad absoluta era salir de Europa. Tras una breve escala en Madrid, Dalí se reunió de nuevo con Gala en Lisboa para embarcar en un buque rumbo a América. Llegaron a Nueva York y se alojaron en Hampton Manor, la mansión de su amiga y mecenas Caresse Crosby. Era el entorno perfecto para Dalí, que necesitaba aislarse de las distracciones para preparar nuevos cuadros para la próxima exposición en la Galería Levy. Allí siguió escribiendo su autobiografía, La vida secreta de Salvador Dalí, en la que contaría cómo llegó a erigirse en el «salvador» del arte moderno.

Dalí, 39 años · 1943

Dalí, 39 años 1943

El 14 de abril de 1943, la Galería Knoedler de Nueva York inauguró la nueva exposición individual de Dalí, que incluía numerosos retratos de miembros de la alta sociedad estadounidense. En otoño de ese mismo año, Dalí se refugió en New Hampshire, en la mansión de otro de sus mecenas, el marqués de Cuevas. Animado por las ventas de su autobiografía, el pintor se propuso escribir una novela ambientada en la turbulenta Europa de los años treinta, que se titularía Rostros ocultos. Parte de la trama giraba en torno al «clédalismo», un nuevo concepto filosófico inventado por Dalí. Este término, clave para entender la relación del pintor con Gala, lo utilizaba el artista para referirse a un amor intenso sin contacto físico. Para Dalí, el erotismo más refinado consistía en llevar al ser amado al límite de sus deseos, impidiendo al mismo tiempo que esos deseos se cumplieran.

Dalí, 42 años · 1946

Dalí, 42 años 1946

A principios de 1946, poco después del estreno de Recuerda (Spellbound), Dalí empezó a trabajar en otro proyecto cinematográfico: un cortometraje de Walt Disney titulado Destino, que nunca llegó a ver la luz por su elevado coste. Tras su paso por los estudios Disney, el artista puso su talento al servicio de las iniciativas más variadas para garantizar su popularidad.

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Dalí, 47 años · 1951

Dalí, 47 años 1951

En abril de 1951, Dalí publicó su «Manifiesto místico», en el que proclamaba la llegada de la era de la pintura mística, con el propio Dalí como su primer representante. El 3 de septiembre de 1951, el pintor acompañó a Gala a un suntuoso baile de máscaras organizado por el magnate Carlos de Beistegui en el Palazzo Labia de Venecia. Calificado como «el baile del siglo», el acontecimiento fue la primera gran fiesta de la alta sociedad tras la Segunda Guerra Mundial y reunió a más de mil invitados. Dalí y Gala asistieron disfrazados de gigantescos fantasmas venecianos. Los espectaculares trajes los diseñó la pareja, y su confección corrió a cargo del prestigioso modisto francés Christian Dior. El 11 de noviembre, Dalí participó en la primera Bienal Hispanoamericana de Arte, un acontecimiento promovido por el régimen franquista. El pintor pronunció la conferencia «Picasso y yo», en la que afirmó: «Picasso es español; yo también. Picasso es un genio; yo también. Picasso tiene unos 72 años; yo, unos 48. Picasso es conocido en todo el mundo; yo también. Picasso es comunista; yo tampoco», para subrayar su distancia ideológica respecto al autor del Guernica. En su discurso, Dalí defendió también abiertamente al general Franco, que, en palabras del pintor, había aportado «claridad, verdad y orden al país en uno de los momentos más anárquicos del mundo».

Dalí, 49 años · 1953

Dalí, 49 años 1953

Aunque nunca dejó de trabajar en nuevas piezas en su taller de Portlligat, Dalí siempre encontraba tiempo para dejarse inmortalizar en las imágenes fotográficas más variadas, que le ayudaban a mantener vivo al genio. Dalí seguía creando polémica allá donde iba. No había pasado ni un año desde que el pintor diera una serie de conferencias en varias ciudades de Estados Unidos para explicar en qué consistía su misticismo nuclear. Durante parte de la gira, al pintor lo acompañaron Reynolds y Eleanor Morse. Reynolds Morse describiría más tarde a Dalí como «un hombre de pocas ideas, pero que las explotaba exhaustivamente». El mecenas estadounidense aseguraba que, cuando el pintor iba a Nueva York, «bastaba con verlo una vez», puesto que siempre tenía un único tema de conversación.

Detalles: Dalí, 49 años · 1953
Detalles: Dalí, 49 años · 1953
Detalles: Dalí, 49 años · 1953
Dalí, 50 años · 1954

Dalí, 50 años 1954

A partir de 1954, muchos de los discursos y de las obras de Dalí giraron en torno a una nueva obsesión: el cuerno de rinoceronte. Según el pintor, este elemento contenía «las proporciones más divinas de la naturaleza, la huella de Dios», y estaba presente en uno de sus cuadros favoritos, La encajera de Vermeer. La fijación de Dalí por los cuernos de rinoceronte fue un episodio más en la búsqueda de la máxima notoriedad por parte del pintor. Con un gran dominio de la lógica mediática, el artista preparaba minuciosamente cada una de sus apariciones públicas. El pintor era capaz de encargar una barra de pan de doce metros de largo para promocionar una conferencia o de presentarse a una charla en un Rolls-Royce lleno de coliflores. Todo valía con tal de llamar la atención.

Detalles: Dalí, 50 años · 1954
Dalí, 51 años · 1955

Dalí, 51 años 1955

Dalí continuó su vida en Cadaqués. En su taller de Portlligat, nunca dejó de trabajar en su nuevo estilo de arte místico. Su obsesión por el tiempo ya se había reflejado en sus relojes blandos. En esta época se hizo retratar por Charles Hewitt con uno de los relojes de la barraca de Portlligat. Seguramente el artista sentía que ya había pasado más de la mitad de su vida, y debió de querer reflejarlo en estas escenas. El artista aprovechaba cualquier idea para mantener intacta su fama, consolidando su condición de estrella mediática de primer orden.

Detalles: Dalí, 51 años · 1955
Detalles: Dalí, 51 años · 1955
Detalles: Dalí, 51 años · 1955
Dalí, 52 años · 1956

Dalí, 52 años 1956

En 1956, aprovechando una travesía en barco de Nueva York a Le Havre, Dalí escribió Los cornudos del viejo arte moderno. En este texto, Dalí volvía a atacar la pintura moderna y denunciaba el servilismo de los críticos que la aplaudían incondicionalmente. Ni siquiera Miró, uno de sus antiguos protectores, se libró de sus críticas. Para Dalí, que se definía como «el genio moderno por excelencia», solo existía un lenguaje pictórico válido: el basado en la idea de «la discontinuidad de la materia». Es decir, su estilo místico-nuclear. Pocas semanas antes de que se publicara Los cornudos del viejo arte moderno, Dalí fue recibido por el general Franco en el Palacio de El Pardo, en las afueras de Madrid, donde residía el dictador. Dalí se había esforzado por ganarse el apoyo de Franco, ya que de él dependían su seguridad y su estabilidad. Al mismo tiempo, para el dictador era muy importante que se le asociara con el pintor. Con su prestigio y su fama, Dalí podía resultar muy útil para legitimar el régimen, continuamente cuestionado en la escena internacional por su carácter autoritario. Poco después, Dalí prestó su imagen a una asociación dedicada a promover el legado del arquitecto modernista Antoni Gaudí. Dalí organizó una gran conferencia en la que defendió con pasión a Gaudí, a quien describió como el creador de la «arquitectura blanda». Al final del discurso, entre aplausos continuos, Dalí dibujó la Sagrada Familia sobre un gran lienzo con una escoba mojada en alquitrán.

Dalí, 57 años · 1961

Dalí, 57 años 1961

En mayo de 1961, Dalí recibió la visita del alcalde de Figueres, Ramon Guardiola, que le pidió que donara algunas de sus obras al Museo del Empordà. Pero un artista tan brillante como Dalí, capaz de referirse a sí mismo como «el Divino», no podía conformarse con una simple sala monográfica. Su propuesta era mucho más ambiciosa: regalaría a Figueres un museo entero. El pintor quería instalar su museo en el antiguo Teatro Municipal. Dalí anunció la creación de su museo el 12 de agosto de 1961, coincidiendo con una jornada festiva en su honor organizada por el Ayuntamiento de Figueres. Tras el homenaje, Dalí viajó a Venecia para asistir al estreno, en el Teatro La Fenice, de la opereta La dama española y el caballero romano y del ballet Gala. Ambos espectáculos, creados en colaboración con el coreógrafo Maurice Béjart, contaban con escenografías del pintor catalán. Entre 1961 y 1970, Dalí y Gala ampliaron la casa de Portlligat con nuevos espacios, como un comedor de verano y una piscina de forma fálica.

Dalí, 65 años · 1969

Dalí, 65 años 1969

Desde hacía tiempo, la esposa de Dalí había expresado el deseo de tener su propia casa, una que le permitiera desconectar del entorno del pintor. Para complacer a su musa, en 1969 Dalí adquirió un castillo medieval situado en Púbol. La fortaleza estaba en muy mal estado, pero el constructor Emili Puignau la restauró rápidamente siguiendo las instrucciones de Dalí. En 1970, el castillo estaba listo para recibir a Gala, que pasó el verano comprando muebles para la nueva residencia, a la que el pintor solo podía acceder con invitación.

Detalles: Dalí, 65 años · 1969
Detalles: Dalí, 65 años · 1969
Detalles: Dalí, 65 años · 1969
Detalles: Dalí, 65 años · 1969
Dalí, 68 años · 1972

Dalí, 68 años 1972

En 1972 pudieron verse por primera vez las nuevas obras del pintor, en las que experimentaba con nuevas técnicas. En esta etapa, el artista empezó a explorar las posibilidades de la estereoscopia. El pintor se interesó también por la holografía, un invento reciente que aprovechaba los últimos avances de la tecnología láser para crear imágenes tridimensionales. Las primeras obras de Dalí con esta técnica se expusieron en una muestra celebrada en la Galería Knoedler de Nueva York. Dalí alternaba su investigación artística con la supervisión de las obras del Teatro-Museo de Figueres. El pintor se implicaba hasta en el más mínimo detalle. Dalí concebía el museo como una gran obra de arte, de modo que cada elemento del edificio debía integrarse plenamente en la visión global del proyecto.

Dalí, 70 años · 1974

Dalí, 70 años 1974

El 28 de septiembre tuvo lugar la inauguración oficial del Teatro-Museo Dalí, aunque todavía no estaba terminado. El acto, al que asistieron los miembros más destacados del Gobierno español, causó sensación en Figueres. Las calles se llenaron de vecinos y periodistas, y hubo un desfile de majorettes, músicos e incluso una cría de elefante. Dalí y Gala llegaron a bordo de su Cadillac. Primero se dirigieron al Ayuntamiento, donde el artista recibió la Medalla de Oro de la ciudad. Desde allí fueron a pie hasta el Teatro-Museo, donde más de un millar de invitados los esperaban con impaciencia.

Dalí, 72 años · 1976

Dalí, 72 años 1976

Tras la muerte de Franco, el pintor optó por no llamar demasiado la atención en su país. Evitaba las declaraciones polémicas y limitaba sus apariciones públicas. Toda precaución era poca. Había recibido amenazas anónimas en Portlligat y temía por su seguridad. El turbulento clima político de España no impidió que Dalí siguiera dedicando mucha energía a su recién inaugurado Teatro-Museo. Además de ampliar la colección artística del centro, el artista reforzó el simbolismo del edificio con nuevos elementos decorativos, como el Cadillac negro que preside el patio central.

Detalles: Dalí, 72 años · 1976
Detalles: Dalí, 72 años · 1976
Detalles: Dalí, 72 años · 1976
Dalí, 82 años · 1986

Dalí, 82 años 1986

Tras la muerte de Gala, la pena de Dalí se vio en parte aliviada por la constante atención que le dispensaban las autoridades españolas. En julio de 1982, el rey Juan Carlos I le concedió el título de marqués de Dalí de Púbol. En 1983, el mismo año en que el artista fue objeto de una exitosa exposición retrospectiva en Madrid y Barcelona, Dalí dejó de pintar. El autor surrealista ya no era capaz de plasmar sus ideas en el lienzo: le temblaban las manos y había perdido su legendaria precisión técnica. Aislado en Púbol desde la muerte de Gala, Dalí pasaba casi todo el día en la cama. Parecía que se preparaba para su final. Dalí estuvo a punto de morir el 31 de agosto de 1984 a causa de un incendio. Tras su convalecencia en el hospital, se trasladó a la Torre Galatea del Teatro-Museo de Figueres. Allí, con una salud cada vez más frágil, el pintor pasaría sus últimos años. La vida de Dalí se apagó definitivamente el 23 de enero de 1989, mientras escuchaba una de sus óperas favoritas, Tristán e Isolda. El artista tenía 84 años.

Obra de Lluís Roura
Obra de Lluís Roura

Desde Rusia con… ¿amor?

Anna VedeneevaFilóloga, emprendedora y miembro del patronato de la Fundació Privada Dalmatius Moner

¿Qué le viene a la cabeza cuando oye «Salvador Dalí»? A mí se me ocurren infinidad de cosas, desde su fascinante obra artística hasta su figura compleja y excéntrica. Pero aquí, en Cataluña, es motivo de orgullo nacional, y casi todo el mundo, de un modo u otro, se siente vinculado a su arte y a su historia.

En este libro ya hemos visto opiniones formadas y expresadas por personas de profesiones y maneras de pensar muy distintas; algunas lo conocieron personalmente, tuvieron trato con él y vieron facetas suyas que a nosotros se nos escapan. Cada una de ellas, en cierto sentido, sabe un poco más que los de fuera, gracias a la proximidad geográfica y, hasta cierto punto, espiritual con el artista catalán.

A mí, sin embargo, me interesa ofrecer una mirada desde fuera: la de una extranjera que pertenece a uno de los países con más admiradores de Dalí del mundo, Rusia. ¿A qué se debe tanta popularidad, al menos en mi país?

Para responder a esta pregunta, primero hay que separar la obra del artista de su persona. Son dos entidades distintas que provocan reacciones de naturaleza diferente, aunque a primera vista parezcan inseparables y formen un todo en el que una parece la continuación lógica de la otra (sin entrar en el viejo debate sobre qué fue primero, el huevo o la gallina).

Curiosamente, ya en 1944 George Orwell, en su ensayo «Beneficio de clero: algunas notas sobre Salvador Dalí», hizo una afirmación bastante audaz para su época: que el comportamiento social del artista y su arte debían juzgarse con criterios distintos. Escandalizado por las revelaciones del libro autobiográfico del pintor, lo describió en una frase célebre como «un buen dibujante y un ser humano repugnante». En cuanto a su valoración del surrealista como gran pintor, puede decirse con justicia que Orwell entendía de arte; de hecho, incluso aporta una lista de cuadros y artistas que pudieron influir en Dalí, lo que hace que el ensayo merezca mucho la pena.

Visto desde su recepción, el arte de Dalí fue en su momento como una bocanada de libertad para la intelectualidad creativa de la entonces Unión Soviética. Para ellos, sus cuadros eran algo completamente nuevo, que desplazaba el propio plano de la percepción artística. Mientras se le condenaba públicamente, en los círculos artísticos ganó una legión de admiradores y fue reconocido como un genio indiscutible. Entre el gran público, el carácter insólito y algo caricaturesco de su obra también encontró aprecio, aunque de otro tipo. Para un espectador cansado del realismo oficial, bastante monótono, las imágenes de Dalí resultaban intrigantes, desconcertantes y, al mismo tiempo, inolvidables. Su estilo permitía que la mirada saltara libremente de un detalle a otro sin saturar la percepción, en cierto modo como la claridad visual de la animación estadounidense. A la vez, se vivía como una huida de viejos estigmas y de corsés académicos: una ventana a otro mundo, más libre. Comentar sus símbolos excéntricos, a diferencia de lo que ocurría con muchas otras pinturas, estaba al alcance incluso de personas con muy poca formación. Así, Dalí se ganó el reconocimiento de todas las capas sociales. Eso, en cierta medida, hizo que se le sintiera como «uno de los nuestros» y despertó en la sociedad el deseo de poseer algo relacionado con él, ya fueran reproducciones u objetos con sus imágenes. Un ejemplo revelador es el perfume Salvador Dalí, que, al llegar al mercado ruso, se convirtió en un objeto codiciado en muchos hogares, expuesto con orgullo en la vitrina y reservado para las ocasiones especiales.

Lluís Roura
Lluís Roura

No es de extrañar que, tras la caída del Telón de Acero, se vendieran allí muchísimas litografías firmadas a precios desorbitados. Y no hablamos de coleccionistas, sino de gente corriente que de pronto tenía dinero y convertía de buena gana a Dalí en un símbolo de estatus. Y aunque su obra no siempre se haya considerado sinónimo de buen gusto ni de criterio artístico refinado, su nombre lo conoce absolutamente todo el mundo, desde los escolares hasta quienes viven en los márgenes de la sociedad; a veces, para bien o para mal, incluso eclipsa a los grandes maestros del Renacimiento.

Sin embargo, ni la accesibilidad ni la fuerza visual bastan por sí solas para explicar una popularidad tan duradera. Para entenderla, hay que fijarse en la personalidad del artista.

Es difícil separar a Dalí de su obra: es uno de esos casos en que los cuadros rara vez existen al margen de su creador. Es el fruto de una genial operación de autopromoción que, mientras construye una imagen, la convierte a la vez en una jaula. Y, sin embargo, fue precisamente esta estrategia la que le permitió escapar del destino de los artistas que solo son reconocidos después de su muerte.

Lluís Roura
Lluís Roura

En cuanto a los rusos, por un lado, siempre nos han gustado los excéntricos y los rebeldes: pensemos en nuestros poetas y artistas que, en el siglo XX, se jugaron no solo la reputación, sino su vida y la de sus seres queridos solo para ser escuchados. Al mismo tiempo, todo ruso busca un alma que sufre en un ser humano auténtico. Esa transparencia, esa locura, esa imagen de un genio perdido dentro de su propio personaje hacen de Dalí un blanco perfecto para la empatía. Nos dan ganas, por un lado, de sumergirnos en su obra y, por otro, de encontrarnos a nosotros mismos en ella. Seamos sinceros: ¿quién no ha intentado alguna vez proyectar sus propios conflictos en alguno de sus cuadros?…

También es curioso que, antes de la fascinación generalizada por el psicoanálisis, su nombre —junto con el de Freud— se convirtiera en símbolo del interés por el inconsciente. Mientras que a Freud se le conoce a menudo de forma indirecta, a través de interpretaciones de su obra, Dalí sencillamente te muestra el inconsciente, llama la atención sobre él con insistencia de un cuadro a otro e intenta interpretar la naturaleza humana y sus obsesiones.

Otra razón de este cariño especial hacia el maestro del surrealismo reside en su honestidad consigo mismo y en su autoproclamada «locura», que nosotros llamaríamos más bien humanidad en estado puro: no ocultar los propios pensamientos ni las propias desviaciones psicológicas, sino ser radicalmente abierto.

Pero aquí aparece una contradicción. Nuestro juicio tiene un límite, porque su pasión por la provocación y su empeño en mantener su imagen hasta el final acabaron encerrando incluso a un individuo aparentemente tan libre dentro de los límites de esa imagen. Cuando las palabras y los actos de alguien nunca traspasan los límites de un personaje construido, la creación corre el riesgo de convertirse en autorrepetición: en un arte que ya no existe por sí mismo, sino para demostrar coherencia y asegurarse el reconocimiento. Así, la pregunta sigue abierta: ¿debemos tomar todas sus obras al pie de la letra?, ¿podemos esperar de él una sinceridad completa consigo mismo y con los demás?

En este contexto, resulta especialmente revelador fijarse en su vida personal, sobre todo en su relación con Gala. Nuestra cultura conoce muy bien la imagen del hombre algo infantil al que una mujer quiere cuidar, criar, «traer al mundo». Esta dinámica, en la que la esposa asume un papel maternal, puede explicarse en parte por la pérdida de un enorme número de hombres durante las guerras y las represiones soviéticas, así como por patrones culturales forjados a lo largo de siglos. Por eso, la dinámica «madre-protegido» entre Dalí y Gala, una mujer rusa nacida en Kazán, nos resulta especialmente comprensible. Ella se hizo cargo de buen grado de aquel joven excéntrico que, por entonces, sentía terror de las mujeres. ¿Cómo pudo una mujer de mundo, sofisticada y de gusto refinado, elegir a un joven artista tan torpe y vestido de forma tan estrafalaria? Sin duda reconoció su talento y vio en él un potencial ilimitado que podía convertirse en algo aún más exitoso que su marido de entonces, el poeta Éluard. Pero la leyenda también habla del comienzo apasionado de su relación. Cuando el joven artista le preguntó, provocador: «¿Qué quieres que te haga?», Gala respondió: «Rómpeme». Fue un momento que sacudió a Dalí hasta lo más hondo y le ayudó a superar su miedo a la sexualidad femenina. Ella se convirtió en su diosa, elevada —literalmente— a la imagen de la Virgen María en «La Madona de Portlligat», un cuadro que, pese a todo, aprobó el papa Pío XII. Su simbiosis, sostenida por la voluntad de hierro y el instinto empresarial de Gala, condujo a un éxito extraordinario y lo convirtió en uno de los artistas más reconocibles del mundo.

Anna Vedeneeva
Anna Vedeneeva

Y aquí está la paradoja. Movidos por su obsesión común por Dalí, los turistas extranjeros llegan a España con ganas de ver su obra o sus huellas por todas partes, y a menudo se llevan una decepción. Porque aquí es difícil encontrar al Dalí que nuestra imaginación ha construido a partir de sus obras maestras más icónicas. Los museos y los lugares, aunque llenos de sentido, pueden parecer insuficientes. Mientras tanto, con solo contemplar los paisajes de Cadaqués y de Portlligat —que forman el fondo, o al menos aparecen sugeridos, en tantos de sus cuadros— uno empieza a comprender cómo se formó su percepción y qué le inspiraba. Pero aquí todavía está por crear una experiencia completa y viva, de esas por las que miles de admiradores cruzan el mundo.

Y quizá ahí resida la mayor lección de Dalí. Su vida fue puro teatro, en el que el espectador debe completar por sí mismo el sentido principal. La verdadera «experiencia Dalí» tiene que recrearse de nuevo dentro de cada uno de nosotros, como hacían los intelectuales soviéticos al hojear álbumes de reproducciones gastados, como hacemos hoy cuando buscamos en sus cuadros el reflejo de nuestros propios conflictos interiores y como seguirán haciendo millones de personas en el futuro. Porque un verdadero artista no deja un manual de instrucciones: deja un vacío que debe llenar el espectador. Y quizá por eso venimos aquí: no para encontrar a Dalí, sino para entender a quién hemos estado buscando en él desde el principio.

Anna Vedeneeva

Anna VedeneevaFilóloga, emprendedora y miembro del patronato de la Fundació Privada Dalmatius Moner

¿Por qué Dalí?

Dani VivernPeriodista y escritor

¿Por qué este libro, «El Bigote»? ¿Qué tienen Dalí y su obra para fascinar tanto? Como simple espectador y admirador, me atrevo a esbozar algunas explicaciones posibles. Evidentemente, no descubriré nada nuevo que merezca ser investigado. Pero quizá consiga que «paren la oreja» algunas personas que admiran el universo daliniano sin saber muy bien por qué.

Vallmajó
Vallmajó
Obra de Vallmajó
Dani Vivern
Dani Vivern

En primer lugar, está el personaje: un ampurdanés nacido bajo el signo de Tauro —sensibilidad artística, sentido del humor y tozudez— con una capacidad oceánica de originalidad y extravagancia, eso sí, siempre bajo control: el suyo, claro está. Eso ya nos da una primera pista de por qué nos fascina, sobre todo en una época —y especialmente en nuestro país— en la que las normas sociales eran mucho más estrictas que hoy. Dalí hacía las cosas a su manera, y sabía perfectamente con quién, dónde y por qué las hacía.

Se creó un personaje rompedor y llamativo que resultaba atractivo porque, en el fondo, a todos nos habría gustado saltarnos las normas, sobre todo en aquellos años en que se toleraban muy pocas tonterías e irreverencias. En ese sentido, sabía que era intocable, y podía permitírselo. Simbólicamente, encarnaba al rebelde que todos llevamos dentro. Por eso su relación con el público era simbiótica: Dalí actuaba como un espejo deformante de la sociedad —una idea que Valle-Inclán ya había explorado con su teoría del esperpento—, asumía el papel de bufón, y el público, a cambio, admiraba su genio transgresor y se reía con él.

La segunda faceta del hombre nos lleva directamente a su obra: un surrealismo unido a una técnica impecable, en la que el dominio de la luz, la perspectiva y el color viste un simbolismo desconcertante y, al mismo tiempo, hipnótico. Díganme: ¿quién no se ha quedado embelesado ante el «Cristo de Portlligat», «El sacramento de la última cena» o «Crucifixión (Corpus Hypercubus)»?

De joven me quedé completamente alucinado —como se diría hoy— la primera vez que vi aquel Cristo visto desde arriba, en un ángulo increíble, suspendido sobre el mundo. En cuanto al segundo cuadro, me asombró ver que el cáliz se había convertido, en la imaginación de Dalí, en un simple vaso de vidrio moderno. Estoy seguro de que los que tenemos cierta edad pensamos enseguida en una marca concreta… «¡Cuánta teología, cuánto misterio evangélico en un objeto tan cotidiano!», pensé. Y pasé mucho tiempo preguntándome por la estructura geométrica que forma el techo sobre la escena. Ahora sé que es un dodecaedro, un símbolo que —según los expertos— Platón asociaba a la perfección divina, a Dios mismo.

Podría pasarme horas hablando de la enorme influencia de la teoría de la relatividad y de la física nuclear en la obra del artista. Su concepto del tiempo que se estira a través del espacio —los relojes blandos— sería un ejemplo evidente. La asombrosa geometría del hipercubo sobre el que aparece crucificado Cristo es una representación que nos acerca a las geometrías no euclidianas de más de tres dimensiones. Y estos son solo los ejemplos más elementales.

Todo esto ya es bien sabido. Ya he dicho que no descubría nada nuevo. Lo que sí puedo decir es que tenemos en nuestra tierra a un genio colosal del que, a menudo, fuera saben más que nosotros mismos. Porque, conservadores y cortos de miras como solemos ser, poco más hemos hecho que reírnos de las ocurrencias, excentricidades y extravagancias de Dalí. No hemos querido ir mucho más allá.

Dani Vivern
Dani Vivern

Y, sin embargo, si rascamos solo un poco bajo la superficie, en su obra descubrimos a un entusiasta de la ciencia de su siglo, una ciencia que trastocó por completo nuestra concepción del universo como fenómeno estático. Descubrimos a un místico, conocedor de simbologías filosóficas y religiosas poco conocidas. Y descubrimos a un buscador de la verdad emparentado con los presocráticos, con Platón y con todos los sabios que buscaron una armonía oculta en el cosmos, en los sueños —el psicoanálisis y Freud son otra referencia innegable— y en nuestra minúscula existencia humana.

Y encontramos también al Dalí que expresa, mediante metáforas pictóricas e imágenes oníricas, todo lo que rechaza, todo lo que le parece falto de armonía. Si no, ¿por qué pintaría «Seis apariciones de Lenin sobre un piano»? Sí, el rostro de Lenin aparece en cada octava del teclado, pero es un ritmo falso, porque las teclas del piano están representadas como si se derritieran y se alejaran del orden tonal que se supone que deben tener. Dalí nos dice que no se fía de ese comunismo que surgió a la par que su juventud y que ya dejaba entrever intenciones turbias y un orden engañoso.

Naturalmente, sus miedos y angustias personales e íntimos también forman parte de su obra. ¿Por qué no habrían de hacerlo, si nuestra propia existencia no tiene sentido sin la dramática oscilación entre el bien y el mal?

Hay un cuadro, fascinante para mí, del que se habla muy poco. Su título original es «Le pharmacien d'Ampurdan ne cherchant absolument rien» (El farmacéutico del Ampurdán no buscando absolutamente nada), de 1936. En él se ve, a la izquierda del cuadro, una figura que camina cabizbaja por un paisaje árido que recuerda vagamente a ciertos rincones del Alt Empordà. Hay quien lo ha interpretado como una representación de la búsqueda absurda —y a la vez valiente— del sentido de la vida, o incluso como una premonición de la Guerra Civil española.

Fuera cual fuera el significado que el propio Dalí quisiera darle, para mí resume su anhelo de saber, de comprender, de ir más allá y hacia el más allá mismo. Y es por ese sentido de trascendencia, y por la manera genial en que supo comunicarlo, que Salvador Dalí nos llega tan hondo.

Fue un gran representante de una época salvaje y dinámica en la que el mundo cambió de arriba abajo. Lo vio venir y nos advirtió de que debemos estar preparados para ver más con la mente que con los ojos.

Si al menos le hiciéramos un poco de caso…

Girona, abril de 2026

Dani Vivern

Dani VivernPeriodista y escritor

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Las obsesiones de Dalí

Los cuernos de rinoceronte

Los cuernos de rinoceronte

A partir de 1954, muchos de los discursos de Dalí giraron en torno a una nueva obsesión: el cuerno de rinoceronte. Según el pintor, este elemento contenía «las proporciones más divinas de la naturaleza, la huella de Dios», y estaba presente en uno de sus cuadros favoritos, La encajera de Vermeer, que había visto por primera vez en casa de sus padres. Para demostrar la validez de esta asociación, en 1955 el artista pidió permiso al Museo del Louvre para pintar una copia de la obra de Vermeer. Para sorpresa del público, Dalí reprodujo la figura del cuadro a partir de una composición de cuernos. La fijación de Dalí por los cuernos de rinoceronte fue un episodio más en la carrera del pintor hacia la máxima notoriedad.

Detalles: Los cuernos de rinoceronte
Detalles: Los cuernos de rinoceronte
Detalles: Los cuernos de rinoceronte
Detalles: Los cuernos de rinoceronte
El reloj blando de Dalí

El reloj blando de Dalí

En 1931, Dalí creó la obra titulada La persistencia de la memoria, un paisaje de Portlligat al que añadió unos relojes blandos inspirados en la textura del queso camembert que había comido aquella mañana en el desayuno. Cuando Gala vio el cuadro terminado, dijo: «Nadie que vea esta obra podrá olvidarla jamás». En 1954 reinventó aquel lienzo, obsesionado con los avances de la ciencia, la guerra y la creación de la bomba atómica, y creó La desintegración de la persistencia de la memoria. Dalí siempre tuvo una obsesión especial por el paso del tiempo.

Detalles: El reloj blando de Dalí
Detalles: El reloj blando de Dalí
Los elefantes de Dalí

Los elefantes de Dalí

Mediante el método paranoico-crítico surrealista, creó algunos cuadros de elefantes deformados. Una vez más, demostró que detrás de cualquier sueño delirante existe una lógica extraña. El artista declaró en una ocasión: «Estoy pintando cuadros que me hacen morir de alegría, estoy creando con una naturalidad absoluta, sin la menor preocupación estética, estoy haciendo cosas que me inspiran una emoción profunda e intento pintarlas honradamente». En esta escultura está representada su obra Elefante del triunfo.

Detalles: Los elefantes de Dalí
Detalles: Los elefantes de Dalí
Detalles: Los elefantes de Dalí
Los caracoles de Dalí

Los caracoles de Dalí

El caracol ocupa un lugar importante en el universo de Dalí porque está estrechamente relacionado con Sigmund Freud, a quien Dalí consideraba su padre espiritual. Dalí vivía rodeado de influencias psicoanalíticas e incorporó a su arte las teorías del inconsciente. Deseaba intensamente conocer a Freud y, en una ocasión, dibujó un boceto de su cabeza dándole el aspecto de un caracol, en forma de espiral, para simbolizar un secreto morfológico. Cuando por fin conoció a su ídolo, en 1938, le impresionó especialmente una escena que presenció cerca de la casa de Freud: un caracol avanzaba sobre una bolsa de agua caliente que alguien había dejado en el sillín de una bicicleta.

Dalí estaba obsesionado con los caracoles. Eran un fetiche y una fuente de inspiración para su obra artística. Además de ser uno de sus platos favoritos, le encantaba la geometría natural de sus conchas y la idea de dualidad: exterior duro e interior blando, igual que los huevos y las langostas.

Dalí dio a la escultura un toque surrealista: paradójicamente, al caracol, símbolo universal del tiempo que pasa despacio, le puso alas, y aquí se le ve navegando veloz sobre las olas.

Un ángel se posa delicadamente sobre la concha del caracol y le concede el don del movimiento rápido. Este mensajero actúa como intermediario entre el mundo real y el mundo imaginario, y sostiene triunfante una muleta, otro importante símbolo daliniano.

La lentitud del caracol contrasta con el vuelo ligero del ángel. En efecto, hay una clara distinción entre el movimiento pausado del primero y la gracia ágil del segundo.

Detalles: Los caracoles de Dalí
Detalles: Los caracoles de Dalí
Detalles: Los caracoles de Dalí
Fama mundial

Fama mundial

Esta obra representa el telón de fondo del ballet Labyrinth, estrenado el 8 de octubre de 1941 por los Ballets Rusos de Montecarlo en el Metropolitan Opera House de Nueva York, con libreto, decorados y vestuario de Dalí, coreografía de Léonide Massine y música de Franz Schubert. Es la pieza clave de la colección «Las obsesiones de Dalí» porque sitúa su propia cabeza en una obra en la que pintó una entrada que invita al espectador a asomarse a su mundo imaginario, del que surge un árbol que representa la vida y su crecimiento personal. Con ella demuestra al mundo su obsesión por alcanzar la fama mundial.

Es una de las obras de mayor tamaño que llegó a crear y estaba pensada para el gran público de Nueva York, donde alcanzó la fama mundial y se convirtió en «el Divino». En 1974 la utilizó como obra principal de su propio museo.

Detalles: Fama mundial
Detalles: Fama mundial
Detalles: Fama mundial
Detalles: Fama mundial
El mundo de los sueños de Dalí

El mundo de los sueños de Dalí

«Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo es despertar».

Desde 1929, los cuadros de Dalí muestran personajes muy parecidos a la cabeza gigante que vemos en El sueño (Le Sommeil). Son pseudoautorretratos con los que Dalí quería recrear el mundo de los sueños, esa mina de oro que siempre explotó y con la que construyó una exitosa carrera internacional.

Esa cabeza prácticamente sin cuerpo tiene los ojos cerrados y gran parte de su peso descansa sobre muletas, otro motivo recurrente en su obra. Con ellas, quizá Dalí quiso mostrar un símbolo de lo frágiles e inestables que son los soportes que nos mantienen en lo que llamamos «realidad». Esta obra nos recuerda que es la hora de la vigilia, la hora del sueño, la hora de soñar… y, para el pintor, también la hora de la creación. Porque Dalí tenía un método de creación muy interesante, una técnica con la que podemos aprovechar creativamente nuestros sueños. El pintor decía que hay que dormir con una llave bastante pesada y aconsejaba sentarse en una silla dura, preferiblemente de estilo español, con la cabeza inclinada hacia atrás y el cuerpo apoyado en el respaldo.

Con las manos colgando, en el preciso momento de quedarse dormido, la llave caerá de los dedos sobre un plato de metal y ese ruido avisará de que ha llegado el momento de dejarse llevar por la creación. Medio dormido, medio despierto.

Detalles: El mundo de los sueños de Dalí
Detalles: El mundo de los sueños de Dalí
Detalles: El mundo de los sueños de Dalí
Detalles: El mundo de los sueños de Dalí
Salvador Dalí y los huevos del método paranoico-crítico

Salvador Dalí y los huevos del método paranoico-crítico

Escultura inspirada en Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo. Dalí declaró: «Gala y yo encarnamos el mito sublime de los dioses, nacidos de uno de los huevos divinos de Leda». Marcado por su entorno catalán, Dalí desarrolló durante toda su vida una obsesión por la comida y su imaginería, un fetiche recurrente en sus cuadros. En La vida secreta de Salvador Dalí cuenta que de niño merodeaba por la cocina, ansiando arrebatar carne cruda o setas, y que casi se ahogaba de deseo. Entre sus símbolos más queridos estaba el huevo, con su contraste entre cáscara dura e interior blando, sus asociaciones prenatales y su evocación del amor y la esperanza. Los objetos cotidianos permitían a Dalí distorsionar la realidad y dar forma a los sueños: la esencia del surrealismo.

En su autobiografía describe también la visión que inspiró el cuadro, y afirma tener recuerdos intrauterinos de «huevos fritos en el plato sin el plato», fantásticamente fosforescentes y plegados con minuciosidad. El huevo se convirtió para él en un icono artístico. Su obsesión era tan profunda que incorporó huevos a innumerables obras y a la vida cotidiana con Gala. «Hazme un huevo», pedía los días en que solo un huevo duro con galletas podía sostener su método paranoico-crítico. Como escribió: «Añadid la clara necesaria para cerrar todos los huevos invisibles e imaginarios que he llevado en la cabeza toda la tarde, huevos como la perfección euclidiana que Piero della Francesca colocó sobre la cabeza de la Virgen».

Detalles: Salvador Dalí y los huevos del método paranoico-crítico
Detalles: Salvador Dalí y los huevos del método paranoico-crítico
Detalles: Salvador Dalí y los huevos del método paranoico-crítico
El tarot de Salvador Dalí

El tarot de Salvador Dalí

En los años setenta, el productor Albert Broccoli encargó a Dalí una baraja de tarot para incluirla en el atrezo de la película que preparaba: Vive y deja morir, de James Bond, protagonizada por Roger Moore y Jane Seymour.

No llegaron a un acuerdo y la baraja nunca apareció en la película, pero Dalí siguió adelante con el proyecto por su cuenta y la baraja se publicó en 1984.

No era su primer contacto con el arte adivinatorio, ya que Gala echaba las cartas, incluso durante la dictadura franquista, cuando esta práctica estaba prohibida.

Las cartas iban acompañadas de un libro complementario con instrucciones para interpretarlas y una descripción de su proceso de creación. Como podemos ver, el universo de Dalí está presente en ellas: máscaras, hormigas, relojes, rosas, mariposas, él mismo representado como el mago o su esposa en el papel de la emperatriz.

La obra de Dalí está estrechamente ligada al subconsciente, a los sueños, a todo lo irracional y que escapa al control humano, de modo que el reto de crear estas cartas no podía estar más en consonancia con su arte. El tarot de Dalí es la primera baraja conocida diseñada por un artista.

En los años setenta, el tarot vivió un auge de popularidad, sobre todo en los ambientes hippies, donde se utilizaba tanto para adivinar el futuro como método de interpretación de los sueños. Dalí se permitió dar a las cartas unas dimensiones más grandes y alargadas de lo habitual.

Actualmente, la editorial Taschen reedita el tarot de Dalí para coleccionistas y amantes del misticismo.

Detalles: El tarot de Salvador Dalí
Detalles: El tarot de Salvador Dalí
Detalles: El tarot de Salvador Dalí
Detalles: El tarot de Salvador Dalí
Detalles: El tarot de Salvador Dalí
Cocina surrealista

Cocina surrealista

La comida y el surrealismo, sus amantes perfectos: el sexo y las langostas, el collage y el canibalismo, el encuentro de un cisne y un cepillo de dientes en una pastelería. Las opulentas cenas que organizaban Salvador Dalí y Gala, su esposa y musa, eran legendarias. Por suerte para nosotros, Dalí publicó en 1973 un libro de cocina, Les dîners de Gala, que revela algunos de los ingredientes sensuales, imaginativos y exóticos que confluían en aquellos célebres encuentros.

El libro agrupa 136 recetas en 12 capítulos, ilustrados expresamente por Dalí y ordenados según los distintos platos, además de una sección dedicada a los afrodisíacos. Las ilustraciones y las recetas van acompañadas de las extravagantes reflexiones de Dalí sobre los temas que se trataban en las cenas: «La mandíbula es nuestra mejor herramienta para aferrarnos al conocimiento filosófico».

Detalles: Cocina surrealista
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La siesta creativa

La siesta creativa

Dalí tenía una obsesión particular por utilizar los sueños para crear sus obras más surrealistas. Creía que la siesta debía durar lo justo para captar la esencia más pura de los sueños y recordarlos al despertar. Había ideado diferentes métodos para despertarse en el momento preciso de entrar en el sueño profundo. Era una obsesión que compartía con Thomas Edison y Albert Einstein.

En más de una ocasión, Dalí explicó un método que tenía para potenciar su creatividad y madurar sus ideas. Él mismo lo bautizó como «la siesta de la cuchara». Básicamente, el pintor dormía con una cuchara en la mano y, justo debajo, un plato. Cuando se dormía, la cuchara se le escurría de la mano y caía sobre el plato, y el ruido lo despertaba.

En esta obra escultórica reflejamos un momento parecido. La horca sostiene la cabeza de Dalí mientras duerme la siesta. Dos relojes marcan el tiempo estimado de veinte minutos. Sobre la cabeza lleva un erizo de mar para atraer sueños relacionados con su querido mar. En la boca sostiene una cuchara con un huevo, que caerá al suelo junto con la cuchara cuando Dalí entre en el sueño profundo, porque su mandíbula se relajará y soltará la cuchara y el huevo.

Detalles: La siesta creativa
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En busca de la felicidad surrealista

En busca de la felicidad surrealista

Dalí fue un pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor español, considerado uno de los máximos representantes del surrealismo. Es conocido por sus imágenes surrealistas, impactantes y oníricas, en ausencia de todo control ejercido por la razón, que dan paso al libre ejercicio del pensamiento. Era capaz de ver las cosas de un modo en que los demás no podían. Esa capacidad lo hizo famoso. La religión, su esposa Gala, la historia y la ciencia ocuparon gran parte de los temas de sus obras. Dalí intentaba plasmar objetos y situaciones inspirados en su mundo onírico. Elefantes y caballos de patas largas y frágiles protagonizaron varias de sus obras.

Dalí dio la vuelta a ese concepto y los convirtió en seres frágiles con patas de araña que soportan el peso de los animales.

Esta escultura describe literalmente una de las tentaciones en las que suele caer el hombre corriente: la felicidad, representada por el caballo, que le hace cosquillas a Dalí en la oreja con la cola. Él se estremece divertido y se dobla mientras su bigote se pone rígido.

Detalles: En busca de la felicidad surrealista
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La metamorfosis plástico-surrealista del autorretrato de Salvador Dalí

La metamorfosis plástico-surrealista del autorretrato de Salvador Dalí

Tan grande era su necesidad de plasmar sus ideas y sus sueños surrealistas que, en su obsesión por deformar y deshacer las imágenes, no pudo resistirse a pintar un autorretrato fundido con su arte de las deformaciones plásticas. Esta escultura muestra su autoplastificación en un autorretrato surrealista de dos cabezas de Dalí que se funden. Por su plasticidad, necesitan muletas que las sostengan para mantener la compostura, que sin duda perderían si pudieran verse cara a cara. Dalí nunca dejará de sorprender al espectador, pues uno de sus mayores aciertos fue saber entrar en la mente de las personas, captar su atención y quedarse para siempre en su subconsciente.

Detalles: La metamorfosis plástico-surrealista del autorretrato de Salvador Dalí
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Explosión obsesiva de sueños de Gala

Explosión obsesiva de sueños de Gala

Dalí era un experto en el arte de teatralizar su propio personaje artístico, un arte que iba de la mano de sus excéntricas obras maestras. Su subconsciente era una explosión continua de imágenes surrealistas que salían de su cabeza y que pintaba con un estilo inconfundible.

Esta obra escultórica es un homenaje a su óleo Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar. En ella se representa a Dalí gritando al despertar de su sueño, rodeado de los animales y la granada que ha imaginado, mientras su cabeza se abre suavemente como una flor de la que nace Gala, una imagen —grabada en su subconsciente— de la persona más importante de su vida.

Detalles: Explosión obsesiva de sueños de Gala
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Un futuro cercano

Un futuro cercano

La tentación de san Antonio es una obra de Dalí en la que, como en muchos otros cuadros, sus personajes están representados por animales, cuya morfología el pintor exagera para subrayar la ficción de la escena.

En la parte posterior de la escultura se rinde homenaje al elefante de patas largas que carga un obelisco a la espalda, y que representa el futuro cercano del que Dalí no podía escapar: su propia muerte.

Entre las finas patas del elefante, que soportan con dificultad el peso de los años con una flacidez ya notable, descansa un reloj de arena que muestra el tiempo ya consumido y deja intuir el poco tiempo terrenal que inevitablemente le queda.

En la parte delantera de la escultura vemos a Dalí a una edad muy avanzada y con la mirada perdida hacia el cielo, que él pintó tantas veces. Parece añorar los años vividos que ya nunca volverán y que solo permanecerán en la memoria colectiva. Un huevo sin abrir representa la esperanza de la reencarnación, que lo mantiene con una mente creativa y esperanzada. Dalí sueña con poder volver una vez más a este mundo lleno de vida.

En las obras surrealistas es muy habitual relacionar distintos momentos dentro de una misma creación, apuntando a una temporalidad que no existe, mezclándolos muchas veces hasta no formar ninguna.

Detalles: Un futuro cercano
Detalles: Un futuro cercano
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«Destino», el cortometraje de Disney con Salvador Dalí

«Destino», el cortometraje de Disney con Salvador Dalí

Destino es un cortometraje de culto. Sus creadores fueron Salvador Dalí y Walt Disney, que hablaron de él hasta sus últimos días. La forma en que nació es tan surrealista como lo eran los dos artistas. Se cuenta que, en una fiesta organizada por Jack Warner en Hollywood en 1945, ambos se conocieron con un saludo y unas cuantas copas compartidas. Dalí, con su estilo enigmático, hacía reír a los invitados con sus ocurrencias y su excentricidad.

Se conocieron y, entre copas y conversaciones incomprensibles, nació un cortometraje surrealista con toques infantiles.

El cortometraje era un proyecto prometedor, grandioso y, sobre todo, único. Imagínense cómo eran sus mentes… Sí, llenas de ideas y con mil conceptos desbordando sus hemisferios cerebrales.

El encuentro entre el catalán y el estadounidense resultó fabuloso. Sin embargo, desde el principio surgieron diferencias creativas, lo que no impidió que el proyecto siguiera adelante. ¡Qué gran combinación iba a presenciar el mundo!

Pero no todo fue tan bonito como habían imaginado. Disney atravesaba una situación económica bastante crítica, y el proyecto se detuvo sin previo aviso.

Destino estaba casi terminado, pero se guardó en una lata y se archivó. Pasaron los años, y tanto Disney como Dalí fallecieron, dejando una huella única en el imaginario colectivo, un legado que sigue rompiendo fronteras.

No fue hasta 2003 cuando el sobrino de Walt Disney lo desarrolló y lo estrenó tal como los viejos amigos habrían querido.

Detalles: «Destino», el cortometraje de Disney con Salvador Dalí
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«Destino 2», el cortometraje de Disney con Salvador Dalí

«Destino 2», el cortometraje de Disney con Salvador Dalí

Tras el éxito de la primera escultura, inspirada en uno de los escenarios ilustrados de Destino, Gallery Legends decidió ir un paso más allá y completar la escena original. En ella, una segunda tortuga con cabeza humana se encuentra con la primera y, de su fusión, surge una bailarina que prolonga por unos instantes la atmósfera onírica de la película.

Se dice que esta segunda cabeza representa la versión femenina del gran maestro. Entre sus detalles más singulares destaca la barretina, el gorro tradicional catalán que la cubre, un guiño a la tierra natal del artista. Por su grosor y su longitud, es la segunda tortuga la que la sostiene, aportando equilibrio y carácter a la composición. Se forma así un conjunto escultórico de tres tortugas y dos cabezas que evoca la dualidad creativa del genio Dalí.

La obra rinde también homenaje a uno de los elementos más icónicos del universo daliniano: las muletas que sostienen los cuerpos blandos, tan presentes en sus pinturas, y que reaparecen aquí como símbolo del delicado equilibrio entre el sueño y la materia.

Detalles: «Destino 2», el cortometraje de Disney con Salvador Dalí
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La sexualidad femenina oculta

La sexualidad femenina oculta

Dalí sentía cierta aversión por la sexualidad femenina. Quizá la única excepción en ese sentido, y aun así de forma esporádica, fue la llegada de Gala. Existe una carta de Dalí fechada en 1920 en la que confiesa: «Yo también he creído en el amor… pero para mí ha sido muy cruel… Siempre me he enamorado de un imposible… Me he enamorado del arte…, estoy enamorado de una mujer más bella que el arte, pero también más imposible».

En sus obras, Dalí buscaba crear paradojas que dejaran al espectador tan desconcertado que no pudiera entenderlas mediante la razón.

Salvador Dalí decía que el cuerpo humano, puramente platónico en tiempos de los griegos, está hoy lleno de compartimentos secretos que solo el psicoanálisis es capaz de abrir, y que esto procede de una explicación freudiana que habla de la sexualidad femenina oculta. Dalí tomó esta metáfora empleada por Freud y la aplicó literalmente en sus obras: estos compartimentos representan secretos —sobre todo los relacionados con la sexualidad— y su representación subraya que algunos están abiertos, otros entreabiertos y otros completamente cerrados; estos últimos son los que guardamos con mayor recelo.

Esta obra escultórica, tallada en piedra numulítica de Girona, es un homenaje a la obra pictórica de Salvador Dalí titulada Escritorio antropomórfico.

Detalles: La sexualidad femenina oculta
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Ambivert Mundi Dalí

Ambivert Mundi Dalí

Dalí era una persona completamente ambivalente. Era capaz de camuflar su carácter personal introvertido y su naturaleza reservada, caracterizados por una inclinación hacia el mundo interior, y combinarlos con una fuerte explosión del carácter extrovertido y fantástico que llegamos a conocer a través de sus obras y de su mundo surrealista. Esta flexibilidad, tan característica de su carácter imprevisible, le permitió construir la figura tan especial que todos conocemos. Podemos decir, pues, que el maestro Salvador Dalí nació de un genio capaz de desdoblarse de forma automática y conveniente en el instante que considerara más oportuno, según sus propios intereses personales y profesionales, como un poder y un impacto mayores que su propio genio artístico.

En esta escultura simbólica de mármoles de diferentes colores, un Dalí caricaturizado nace de un huevo rodeado de su paleta, sus pinceles y su toque.

Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Detalles: Ambivert Mundi Dalí
Dalí atómico

Dalí atómico

La detonación de las primeras bombas atómicas en 1945 conmocionó profundamente a Salvador Dalí y lo empujó del surrealismo puro hacia el «misticismo nuclear». El acontecimiento coincidió con su trabajo en un retrato clásico de Gala, de inspiración renacentista, y marcó el final de una etapa artística y el comienzo de otra. Fascinado por la ciencia y por la estructura del ADN, Dalí buscó impregnar su arte de indeterminación y desmaterialización.

Su «pintura corpuscular» surgió de sus reflexiones sobre la física atómica y su significado metafísico. En 1952 pronunció conferencias en Estados Unidos sobre una nueva cosmogonía que integraba la metafísica y los principios científicos modernos. Estas ideas se materializaron en su «misticismo nuclear»: imágenes estalladas, fragmentadas en innumerables partículas, con la muerte como tema recurrente.

La escultura de Gallery Legends rinde homenaje a Dalí representándolo con una expresión mística e intensa, sosteniendo unas esferas en perfecto equilibrio que simbolizan la materia en constante desmaterialización y revelan la espiritualidad de todas las sustancias como camino hacia la belleza absoluta. Como advertencia de una catástrofe nuclear, partes de su brazo derecho y de su espalda aparecen descompuestas, con una oreja y un ojo incrustados: símbolos de una vigilancia perpetua y recordatorios de la devastación física causada por las bombas atómicas.

Detalles: Dalí atómico
Detalles: Dalí atómico
Detalles: Dalí atómico
Detalles: Dalí atómico
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San Narciso y las moscas de Girona

San Narciso y las moscas de Girona

Salvador Dalí amaba la ciudad de Girona y a su santo patrón y, desde la infancia, le fascinaban los insectos, sobre todo las moscas milagrosas que defienden a san Narciso y a la ciudad. Las moscas se convirtieron en un tema recurrente: Dalí se untaba el bigote con aceite de anchoas y se ponía miel en los labios para atraer a sus queridas moscas, y a veces dejaba que las «distinguidas» moscas de Portlligat —«perfumadas con hojas de olivo y vestidas por Balenciaga»— le entraran en la boca para bailar en su paladar. Las llamaba las musas del Mediterráneo, e incluso las vinculaba a la inspiración griega.

En varias obras, el santo aparece literalmente rodeado de moscas —a veces ejemplares reales que Dalí pegaba al lienzo—; en otras, el santo camina hacia la basílica entre enjambres o aparece adornado con piedras preciosas. Una figura esculpida del siglo XVII en la catedral de Girona, sorprendentemente parecida a Dalí, pudo inspirar su elegante bigote, lugar de reposo predilecto de las moscas de Portlligat. Devoto de la Iglesia y de sus misterios, Dalí realizó litografías, dibujos, grabados, pinturas, joyas y esculturas relacionadas con el santo y con la ciudad.

En esta pieza de Gallery Legends, Dalí aparece retratado como si fuera el patrón de Girona: con hábito e incrustaciones de gemas, porta un báculo rematado por una mosca (y otras dos en la mitra), mientras de su cuerpo brotan milagrosamente moscas en un escenario completamente surrealista; las piedras de colores evocan los tonos de su paleta pictórica.

Detalles: San Narciso y las moscas de Girona
Detalles: San Narciso y las moscas de Girona
Detalles: San Narciso y las moscas de Girona
Detalles: San Narciso y las moscas de Girona
Detalles: San Narciso y las moscas de Girona
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Dalí y la guerra

Dalí y la guerra

Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la guerra civil) es uno de los cuadros más agresivos de toda la historia. Dalí parecía saber que la posibilidad de una guerra era inminente y, seis meses antes del estallido de la guerra civil española, pintó un monstruo amorfo de carne que se estrangula a sí mismo, haciéndose daño.

La figura está formada por una pierna y una extremidad de la que surge otra. Estas dos partes intentan desgarrarse mutuamente. Debajo del monstruo amorfo yace un pie con un gran dedo. Arriba, una cabeza inclinada hacia lo alto, de carácter sombrío y aterrador.

Salvador Dalí huyó a París para escapar de la guerra, pero su casa fue destruida, su amigo fue ejecutado y su hermana fue torturada. Todos estos acontecimientos afectaron mucho a Dalí. Por eso, sin duda, tenía una relación muy personal con la guerra.

Dalí pintó Construcción blanda con judías hervidas antes de que empezara el conflicto. Predijo la guerra a través de la violencia que veía empezar.

Esta escultura de Gallery Legends es un homenaje que expresa la naturaleza autodestructiva de una guerra civil, representada por el monstruo que el maestro Salvador Dalí imaginó y que lo obsesionó.

Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
Detalles: Dalí y la guerra
El arte de Salvador Dalí en el cine y su obsesión por los ojos

El arte de Salvador Dalí en el cine y su obsesión por los ojos

«No sabría decir qué clase de lugar era. Parecía una casa de juego. No tenía paredes, solo cortinas con ojos pintados, y un hombre con unas tijeras enormes las cortaba por la mitad». Así describía Gregory Peck, tumbado en un diván, el sueño que es la clave para desentrañar la trama que Hitchcock plantea en la célebre película Recuerda (1945). En ella, el cineasta y Salvador Dalí dieron forma a las imágenes surrealistas que aparecen en el sueño del protagonista. Paredes cubiertas de ojos, hombres sin rostro y paisajes imposibles componen un cuadro del pintor en movimiento.

Salvador Dalí fue sin duda uno de los artistas que más colaboraron con el cine, tanto como pintor como coguionista, junto al director surrealista Buñuel, en la célebre Un perro andaluz (1929). Sin embargo, una de sus mayores aportaciones quedó en el cortometraje Destino (1945), que realizó junto a Walt Disney.

Salvador Dalí se dedicó también al diseño de joyas, algunas de las cuales son ojos que el artista cubre de oro, rubíes, zafiros y diamantes.

En esta obra escultórica de Gallery Legends se rinde homenaje a esta faceta «óptica» del artista.

Detalles: El arte de Salvador Dalí en el cine y su obsesión por los ojos
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Detalles: El arte de Salvador Dalí en el cine y su obsesión por los ojos
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La metamorfosis de Dalí

La metamorfosis de Dalí

La obra Metamorfosis de Narciso tiene una profunda relación con el psicoanálisis. Cuando la creó, el artista acababa de conocer a Freud.

Es una obra reflexiva, rigurosa y cerebral, en la que el narcisismo y la relación entre lo visible y lo invisible tienen un gran peso.

El manuscrito original que acompaña a esta obra se encuadernó en pergamino e incluye dos dibujos a lápiz, estudios para el cuadro, un pequeño boceto y borradores del poema. Se publicó con la voluntad, siempre manifestada por el maestro, de que sus obras se complementaran con poemas.

Dalí la consideraba el primer poema y la primera obra de arte obtenidos íntegramente según la aplicación integral del método paranoico-crítico, y añade que debemos mirar e interpretar el cuadro con el poema en la mano. En el prefacio del poema, Dalí nos da instrucciones para ver e interpretar el cuadro, remitiéndonos a la mitología y la literatura, al autorretrato, a la imagen doble, al método paranoico-crítico, a la putrefacción, al paraíso intrauterino, al amor entendido en términos surrealistas, al amor heterosexual y homosexual y, por supuesto, a Gala.

Con este homenaje a la obra Metamorfosis de Narciso, Gallery Legends nos muestra esta escultura en la que el propio Dalí sufre el castigo de la diosa Némesis y se transforma en una flor.

Detalles: La metamorfosis de Dalí
Detalles: La metamorfosis de Dalí
Detalles: La metamorfosis de Dalí
Detalles: La metamorfosis de Dalí
Detalles: La metamorfosis de Dalí
Detalles: La metamorfosis de Dalí
El divino creador

El divino creador

Salvador Dalí creó un gran número de esculturas surrealistas. La mayoría reproducen las mismas imágenes que aparecen en sus lienzos. Casi todas las esculturas las creó junto a la piscina de su casa de Portlligat, por las tardes, donde pasaba varias horas modelándolas. Después de cenar, volvía al taller a pintar.

La escultura Visión de un ángel está dedicada a la unidad entre el hombre y Dios. La imagen del Creador está representada en esta escultura mística por el pulgar derecho de Dios, del que proceden todas las cosas, representadas por las ramas de un tronco de árbol. El pulgar es un símbolo de la voluntad divina, y recuerda también a una torre. El hombre que está a su derecha, creado por Dios, se le parece, con una forma humana que recuerda a un árbol cuyas ramas llegan al cielo y cuyas raíces están firmemente unidas a la tierra.

A la izquierda hay un ángel, que representa la mente meditativa, con el ala apoyada en una muleta, otro símbolo típico de la obra de Dalí.

En esta escultura de Gallery Legends se rinde homenaje al maestro Salvador Dalí, representando su propio rostro en la punta del dedo de Dios, como si el divino creador impregnara de creatividad la mente surrealista del gran artista. Así, podemos decir que Salvador Dalí fue tocado por la mano de Dios.

Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador
Detalles: El divino creador

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Certificados del maestro Salvador Dalí

Partida de nacimiento de Salvador Dalí

Inscripción del matrimonio de Gala y Salvador Dalí

Inscripción del matrimonio de Gala y Salvador Dalí
Inscripción del matrimonio de Gala y Salvador Dalí

Parte médico sobre la enfermedad de Salvador Dalí

Hospital de Figueres · Centro Hospitalario del Alt Empordà. Parte médico.

El Sr. SALVADOR DALÍ I DOMÈNECH ha ingresado hoy, 18 de enero de 1989, para la valoración de su insuficiencia cardiaca y la realización de exploraciones analíticas y radiológicas. Su estado actual es estable y, si no se producen novedades, no se emitirá un nuevo parte hasta pasado mañana.

El equipo médico: Dr. Carles Ponsati i Ferrer, Dr. Marc Cuxart i Pérez, Dr. Francesc Pujol i Inglés, Dra. Carme Sala i Rovira, Dr. Miquel Sala i Gómez y Dr. Ramon Sans i Lorman.

Parte médico de seguimiento de la enfermedad de Salvador Dalí

Figueres, 21 de enero de 1989 (11.00 h). Parte médico.

No se han producido cambios apreciables en el estado clínico del Sr. Salvador Dalí desde el último parte, emitido ayer a las 20.00 h. Por lo tanto, el pronóstico sigue siendo muy grave. Si no hay novedades significativas, el próximo parte se emitirá hoy, sábado, a las 20.00 h.

Firmado: el equipo médico del Servicio de Medicina Interna del Hospital de Figueres. Dr. Carles Ponsati i Ferrer, Dr. Marc Cuxart i Pérez, Dr. Francesc Pujol i Inglés, Dra. Carme Sala i Rovira, Dr. Miquel Sala i Gómez y Dr. Ramon Sans i Lorman.

Comunicado de la muerte de Salvador Dalí

Parte médico. Hoy, 23 de enero de 1989, a las 10.15 h, ha fallecido el Sr. SALVADOR DALÍ I DOMÈNECH.

La causa de la muerte ha sido una insuficiencia cardiaca asociada a una neumonía, que ha evolucionado de forma irreversible hacia una insuficiencia respiratoria grave con parada cardiorrespiratoria.

Firmado: el equipo médico del Servicio de Medicina Interna del Hospital de Figueres. Dr. Carles Ponsati i Ferrer, Dr. Marc Cuxart i Pérez, Dr. Francesc Pujol i Inglés, Dra. Carme Sala i Rovira, Dr. Miquel Sala i Gómez y Dr. Ramon Sans i Lorman. Médico forense del Juzgado de Figueres: Dr. Narcís Bardalet i Viñals.

Certificado médico de defunción de Salvador Dalí

Hoja del procedimiento de embalsamamiento de Salvador Dalí

23 de enero de 1989. Procedí a embalsamar a Salvador Dalí en la Torre Galatea a partir de las 24.00 h. Presentes: el juez Carreras Domènech, la Dra. Anna Hospital, el Dr. Rogelio Lacaci, el Dr. José María Calcerrada y los funerarios Xavier Vicens y Jaume Sastre. Se inyectaron líquidos conservantes. Se decidió mantener el marcapasos. Se le colocó sobre el rostro un pañuelo de seda blanco, proporcionado por su chófer, Artur Caminada.

En el fémur izquierdo se introdujo un vial de penicilina con un mensaje: «Narcís Bardalet Viñals y Rogelio Lacaci Díaz. 24 de enero de 1989».

El bigote se peinó hacia arriba, tal como era su deseo.

Terminado a las 3.15 h.

Acta de embalsamamiento de Salvador Dalí

Acta de embalsamamiento del cuerpo de Salvador Dalí i Domènech. Figueres, 24 de enero de 1989. Los doctores Narcís Bardalet i Viñals y Rogelio Lacaci i Díaz, en nombre de la familia y con la autorización de las autoridades sanitarias, procedieron al embalsamamiento.

Se inyectó al cuerpo una solución de formaldehído al 20 %, alcohol etílico al 30 %, agua destilada al 45 % y urotropina al 5 %. Se taponaron las cavidades y se lavó el cuerpo con un preparado aromático. El cuerpo se colocó en un féretro de zinc (de 0,45 mm de grosor), soldado herméticamente, y este, a su vez, en un féretro exterior de madera.

Carta de agradecimiento del alcalde de Figueres al Dr. Narcís Bardalet por su extraordinaria labor con Salvador Dalí tras su fallecimiento

27 de enero de 1989. Querido amigo Bardalet:

En mi calidad de alcalde de Figueres y miembro de la Fundación Gala-Salvador Dalí, quiero expresarle mi agradecimiento por el trabajo que ha llevado a cabo con éxito con motivo del fallecimiento del Hijo Predilecto de nuestra ciudad, el maestro Dalí.

Reciba un fuerte abrazo, Marià Lorca i Bard.

Marià Lorca, exalcalde de Figueres
Marià Lorca, exalcalde de Figueres

Carta de agradecimiento de la Fundación Gala-Salvador Dalí al Dr. Narcís Bardalet y a su equipo con motivo de la reinhumación de Salvador Dalí

Figueres, 19 de marzo de 2018. Querido Narcís: quiero agradecerles, a usted y a su equipo médico, su participación en la reinhumación de Salvador Dalí.

Con un cordial saludo, Lluís Peñuelas i Reixach, secretario general.

Obra de Lluís Roura
Firma de Lluís RouraObra de Lluís Roura

Gala en la vida de Dalí

Entrevista al Dr. Secundino López Pousa, el médico que atendió a Salvador Dalí durante su estancia en Púbol, especialista en Medicina Interna y Neurología, que a partir de su experiencia clínica y sus conocimientos explora las claves de la neurodivergencia como hipótesis de trabajo.

Por Carles Mallart Figueres

—Para empezar, ¿qué significa decir que Dalí tenía una «mente neurodivergente»? ¿Nos lo puede explicar?

Significa que su manera de percibir, pensar y sentir el mundo no seguía los patrones habituales. Desde muy pequeño, Dalí mostró ciertos «excesos» que hoy entenderíamos como rasgos de un perfil neurocognitivo atípico: hipersensibilidad sensorial, pensamiento asociativo acelerado y dificultad para regular las emociones y la conducta. Podía pasarse horas absorto en el detalle más pequeño —la luz sobre un insecto, la rugosidad de una piedra—, pero al mismo tiempo se distraía con facilidad en entornos poco estimulantes y a la vez saturados de estímulos, como la escuela. Esta alternancia entre hiperfoco y dispersión se parece mucho al TDAH de tipo combinado.

El Dr. Secundino López Pousa con Carles Mallart, durante la entrevista
El Dr. Secundino López Pousa con Carles Mallart, durante la entrevista

—¿Entonces hoy se podría diagnosticar a Dalí?

No se trata de diagnosticarlo de forma retrospectiva, sino de entender, con categorías actuales, un conjunto de características que ya configuraban en su infancia una estructura psicológica singular. La hipersensibilidad visual que él mismo describía anticipa lo que hoy conocemos como hiperestesia sensorial, frecuente en perfiles neurodivergentes vinculados a una gran creatividad. Su mente funcionaba como un torbellino: ideas encadenadas, estímulos amplificados, asociaciones que se multiplicaban sin pausa. Eso alimentaba su creatividad, pero también le provocaba ansiedad, irritabilidad y dificultad para tolerar el aburrimiento.

—¿Y qué ocurrió con su creatividad a medida que se hacía mayor?

Durante la adolescencia y la juventud, estas características se intensificaron. Alternaba periodos de intensa aceleración creativa con momentos de vacío o de confusión interior. Su impulsividad no era solo conductual, sino también estética y cognitiva: cambiaba de intereses con rapidez, empezaba proyectos y algunos quedaban inacabados; se obsesionaba apasionadamente con algo y lo abandonaba cuando dejaba de estimularle. Este patrón se parece mucho al modelo de hiperactividad cognitiva asociado al TDAH no diagnosticado.

—¿Y el método paranoico-crítico? ¿Tiene relación con todo esto?

Totalmente. El método paranoico-crítico fue la formalización estética de unos rasgos neurocognitivos que ya existían: pensamiento acelerado, atención inestable, sobreestimulación sensorial y una predisposición a los estados liminales de conciencia. Dalí convirtió su neurodivergencia en una técnica. Pero ese mismo estilo cognitivo llevaba consigo una fragilidad estructural: oscilaba entre la euforia creativa y momentos de angustia paralizante. Sus biógrafos describen a un joven temeroso e inseguro, que se sentía crónicamente incapaz de estar a la altura de sus propias expectativas.

—Y aquí es donde aparece Gala, ¿verdad?

Exacto. Porque estas oscilaciones emocionales son terreno abonado tanto para el genio como para la dependencia. Dalí necesitaba una estructura externa capaz de ordenar su mundo interior. Y Gala cumplió esa función.

—Sin embargo, la historiografía tradicional redujo a Gala a musa o a amante exigente…

Y es un error. Los estudios recientes han desmontado esa visión simplista. Gala no fue solo una musa: fue coautora conceptual, gestora, editora, estratega, administradora de su vida y arquitecta intelectual del universo daliniano. Revisaba textos y manifiestos, seleccionaba temas, supervisaba catálogos, tomaba decisiones sobre exposiciones y precios, y hacía de mediadora con marchantes y coleccionistas. Su firma aparece junto a la de Dalí en materiales conceptuales y administrativos. Su papel era operativo y ejecutivo, no simbólico.

—Desde un punto de vista psicológico, ¿cómo se explica esta dinámica?

Las personas con perfiles neurodivergentes, sobre todo los compatibles con el TDAH adulto, a menudo necesitan la ayuda de figuras cercanas que sostengan sus funciones ejecutivas: personas que ordenen el caos cotidiano, establezcan prioridades, filtren estímulos, regulen la impulsividad y aporten estabilidad emocional. Gala cumplió ese papel durante décadas. Para Dalí, se convirtió en la estructura externa que organizaba su vida interior. Lo que él no podía mantener por sí mismo de forma constante —la rutina, la disciplina, el equilibrio emocional— se lo aportaba ella desde fuera. Se convirtió en su andamiaje cognitivo, en su apoyo ejecutivo y en su estructura de contención.

—La neuropsicología tiene un nombre para esto, ¿no?

Sí: «función ejecutiva delegada». El sujeto creativo delega en una figura cercana la gestión de una vida que no puede sostener solo. La teoría del apego añade además otro concepto clave: Gala se convirtió en la «base segura» de Dalí. La figura que ofrece apoyo sin invadir, valida la identidad del otro, regula la ansiedad y permite explorar sin miedo. Dalí podía adentrarse en los territorios más extravagantes de su imaginación porque Gala le sostenía el suelo bajo los pies.

—¿Se refleja esto en su obra?

Totalmente. En obras como «Leda atómica», «La Madona de Portlligat» o «Galatea de las esferas», Gala no es un simple motivo romántico, sino un principio organizador de su imaginación: un eje de estabilidad metafísica, un símbolo del orden frente al caos, un punto de anclaje. Dalí no se limitó a pintarla: la concibió como estructura. Su relación funcionaba como un sistema diádico en el que Dalí aportaba la energía creativa y Gala, la estructura, la continuidad y la forma.

—Pero, con el tiempo, ese sistema se rompió, ¿verdad?

Sí. A finales de los años sesenta y durante toda la década de los setenta, Dalí empezó a mostrar síntomas que entonces se entendían mal: ansiedad, depresión, temblores, trastornos del sueño, episodios de agitación, inestabilidad emocional. Hoy reconocemos esos signos como compatibles con una demencia por cuerpos de Lewy o con un parkinsonismo con fluctuaciones cognitivas. No eran excentricidades ni la locura de un genio que envejece: eran síntomas de una enfermedad neurodegenerativa.

—¿Cómo afectó eso a su relación con Gala?

El estilo neurocognitivo que había alimentado su creatividad —hiperactividad mental, impulsividad, pensamiento asociativo acelerado— dependía de un sistema dopaminérgico muy sensible. A medida que avanzaba la neurodegeneración, ese sistema dejó de funcionar bien. Lo que antes había sido un torbellino creativo se convirtió en una tormenta desordenada. Gala pasó de ser base segura y gestora a ser enfermera, supervisora de la medicación, protectora y guardiana de su coherencia social y emocional. Dalí dependía de ella más que nunca.

—Y entonces llegó la muerte de Gala…

1982. Para cualquiera, perder a la principal figura de apego es devastador. Para alguien que sufre una enfermedad neurodegenerativa, se convierte en un factor de estrés que acelera el deterioro y precipita el colapso funcional. Dalí perdió a su compañera afectiva, a su reguladora emocional, su apoyo ejecutivo, su mediadora con el mundo, su eje simbólico. Lo que se rompió no fue solo un vínculo amoroso: fue el sistema psíquico que le había permitido existir como artista y como ser humano.

—¿Se derrumbó por completo?

Por completo. Tras la muerte de Gala, Dalí pareció apagarse. Ya no lloraba, no hablaba, no se expresaba. Algunos lo interpretaron como indiferencia; otros, como egoísmo. Pero la psicología actual entiende lo contrario. Las enfermedades neurodegenerativas aplanan la expresión emocional, reducen la mímica facial y empobrecen el lenguaje emocional. Dalí seguía sintiendo profundamente, pero ya no podía expresar lo que sentía. El dolor quedó atrapado en un cerebro que ya no sabía traducir el sufrimiento en gestos ni en palabras.

—¿Y el famoso «ojo de buey» de Púbol?

Retirado en el castillo de Púbol, Dalí miraba cada día, una y otra vez, la cripta de Gala a través de una abertura circular en el suelo. Lejos de ser una excentricidad, ese gesto se convirtió en un ritual de regulación emocional, una manera silenciosa de mantener un vínculo que su cerebro ya no podía procesar de ningún otro modo. La teoría de los vínculos continuos explica cómo las personas en duelo conservan un contacto simbólico con el difunto a través de actos, objetos o lugares. En el caso de Dalí, ese ritual sustituyó a la capacidad verbal. La arquitectura se convirtió en psicología; el espacio, en duelo; el silencio, en apego.

—¿Y la decisión de enterrarlo en Figueres, lejos de Gala?

Fue coherente con lo que el propio Dalí había repetido muchas veces: «A mí no se me ha perdido nada en Púbol». Su lugar estaba en Figueres, la ciudad donde nació, bajo la cúpula de su Teatro-Museo. Aun así, para un hombre que había construido su existencia en torno a los símbolos, descansar lejos de Gala cerró definitivamente el relato compartido de la pareja: Púbol quedó como el castillo de ella, y Figueres, como la obra de él.

—¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto?

Para entender a Dalí, debemos abandonar la caricatura del genio excéntrico. Su mente —hiperactiva, hipersensible, neurodivergente— siempre necesitó una estructura externa para sostenerse. Encarnaba un estilo neurocognitivo que hoy reconoceríamos como un TDAH no tratado: impulsividad estética, un pensamiento asociativo deslumbrante, oscilación entre la dispersión y la hiperconcentración. Estos rasgos no restan grandeza a su figura: explican tanto su intensidad como su vulnerabilidad.

—¿Y Gala?

Gala fue la figura que transformó su caos en arte. Su base segura, su apoyo ejecutivo, su colaboradora conceptual. Sin ella, el sistema Dalí nunca habría adquirido su forma definitiva. Cuando la enfermedad neurodegenerativa destruyó sus capacidades simbólicas, el equilibrio que Gala había mantenido durante medio siglo empezó a derrumbarse. Su muerte intensificó ese derrumbe. Perderla significó perder la estructura que ordenaba su mundo interior.

—Y, por último, ¿su legado?

A Dalí no se le puede entender sin Gala, y a Gala no se la puede entender sin reconocer cómo sostuvo la neurodivergencia de Dalí. El genio de Dalí fue posible gracias a su diferencia, pero esa diferencia exigía un apoyo constante, un apoyo que la historia minimizó y que hoy, por fin, podemos reconocer con rigor. Su obra sobrevive como testimonio de una mente extraordinaria. Pero su vida íntima nos recuerda algo aún más profundo: incluso los genios necesitan a alguien que los sostenga. El arte nace de la mente, sí, pero también de los vínculos que la protegen. Cuando murió Gala, Dalí no solo perdió a su compañera: perdió el eje que le permitía habitar el mundo. Por eso su última obra no fue un cuadro, sino un duelo. Y por eso, al final de su vida, lo que se desvaneció no fue su talento, sino el sistema que lo hacía posible.

Obra de Lluís Roura
Firma de Lluís RouraObra de Lluís Roura

El órgano que sueña el viento

Josep Maria MartorellCustodio del castillo de Quermançó, con motivo del libro sobre Dalí

«Mi paraíso místico empieza en las llanuras del Empordà, rodeadas por las montañas de L'Albera, y alcanza su plenitud en la bahía de Cadaqués».

— Salvador Dalí
Castillo de Quermançó: el eco surrealista del viento y la leyenda

Castillo de Quermançó: el eco surrealista del viento y la leyenda

Un viaje a través de la historia, el mito y el sueño de un genio en el corazón del Empordà.

Un sueño de Dalí: el primer órgano surrealista del mundo

Un sueño de Dalí: el primer órgano surrealista del mundo

Salvador Dalí se obsesionó con Quermançó, el lugar con «las mejores puestas de sol del mundo». Su visión no era solo una residencia para su musa, Gala, sino un escenario para sus delirios creativos.

El órgano de la tramontana
Un instrumento monumental que usaría la fuerza del viento para convertirlo en sonidos y melodías que se expandirían por todo el Empordà.
El rinoceronte
Su plan también incluía colocar un rinoceronte blanco en los bajos de la fortaleza, un gesto puramente surrealista.
Cita clave
Dalí lo consideraba un lugar para «conexiones espirituales con su hermano homónimo».

Hay noches en Quermançó en que el viento no sopla: canta. Desde los muros de este castillo de piedra de diez siglos, cuando la tramontana llega con toda su fuerza desde el otro lado de las montañas, uno siente que el aire quiere decir algo. Que trae un mensaje de lejos. Que lucha por sonar.

Soy el custodio de Quermançó desde hace muchos años. Pero, en realidad, siempre he sentido que es Quermançó quien me ha custodiado a mí, y con él, un sueño que no es solo mío. Un sueño que, como todas las cosas verdaderamente grandes, pertenece a todos.

El castillo que se le escapó al genio

El castillo que se le escapó al genio

En los años sesenta, Dalí intentó con fervor adquirir las ruinas. El fracaso de la negociación convirtió su visión en una leyenda más del Empordà.

La oferta
Propuso pagar la mitad con dinero y la otra mitad con sus propios cuadros.
El rechazo
Los propietarios de la época no aceptaron el trato, una decisión que, según se cuenta, lamentaron profundamente más tarde.
El legado
El proyecto cayó en el olvido, pero la idea de un órgano eólico en Quermançó quedó grabada en el imaginario colectivo de la región.
El centinela inexpugnable del Empordà

El centinela inexpugnable del Empordà

Situado a 2 km de Vilajuïga, sobre un risco inaccesible, el castillo de Quermançó ha vigilado durante siglos el paso crucial entre los Pirineos y el Mediterráneo.

Origen
Siglo X.
Función
Fortaleza de control estratégico.
Estatus
Bien de Interés Cultural (1988).
Historia militar
Reconstruido por las tropas napoleónicas en 1808 y volado por ellas en su retirada, en 1814.

La visión de Dalí

Salvador Dalí no vivió simplemente en el Empordà. Lo respiró, lo sufrió, dejó que lo moldeara, igual que la tramontana ha moldeado durante milenios las rocas del cabo de Creus en formas imposibles. La tramontana, reconocía, era la responsable de su «locura completa». No lo decía como una queja: lo decía como quien declara un linaje.

A finales de los años setenta, Dalí concibió una de sus ideas más audaces: un órgano catedralicio, instalado aquí, en Quermançó, accionado no por manos humanas, sino por la propia tramontana. Quinientos tubos. Un gran embudo para canalizar el viento. Un acumulador eólico para que, en los días de calma, el órgano pudiera seguir sonando: el aliento de la tramontana almacenado como un recuerdo, como una promesa viva. Las limitaciones técnicas de la época lo hicieron imposible. El sueño se quedó en sueño. Pero los sueños de Dalí no se rinden.

La tramontana: el viento que esculpe el paisaje y el carácter

La tramontana: el viento que esculpe el paisaje y el carácter

La tramontana no es solo viento: es el alma del Empordà. Una fuerza fría y poderosa del norte que define la vida, el arte y la locura de la región.

Origen
Del latín «transmontanum», «más allá de las montañas». Nace en el Macizo Central francés y en los Pirineos.
Potencia
Puede alcanzar velocidades de hasta 200 km/h.
Efecto
Crea cielos despejados de un azul intenso y una atmósfera nítida.
Impacto cultural
Se dice que su persistencia afecta a la psique humana, una creencia arraigada en el folclore local.
«Tocado por la tramontana»: la fuente de la genialidad y la locura

«Tocado por la tramontana»: la fuente de la genialidad y la locura

La expresión local «estar tocat per la tramuntana» se usa para describir a alguien excéntrico o genial.

Salvador Dalí, a quien a menudo se le aplicaba este dicho, consideraba el viento parte de su propio genio y de su imaginación.

Para Dalí, domar la tramontana y convertir su poder caótico en música no era solo un proyecto artístico, sino una declaración de principios: la fusión del hombre, la naturaleza y el surrealismo.

Albert Blancafort: el maestro que abrazó el sueño

Los sueños solitarios se desvanecen. Los sueños compartidos crecen. Y este órgano ha tenido la fortuna de encontrar un compañero excepcional: el maestro organero Albert Blancafort i Engelfried. Heredero de una estirpe de músicos y artesanos —su abuelo, el compositor Manuel Blancafort; su padre, Gabriel, reconocido organero—, Albert lleva el sonido en la sangre. Sus manos han dado voz a la Sagrada Família, a la basílica de Montserrat, al Palau Güell. Manos que conocen el peso exacto del sonido.

Cuando Albert puso los ojos en Quermançó, puso también su técnica y su corazón. Hizo el estudio de viabilidad. Diseñó la maqueta. Ideó el sistema de canalización y el acumulador eólico. Y cuando la financiación se retrasó y los permisos se complicaron, no se marchó. Ya ha creado el registro «Tramuntànic»: siete tubos de cinco metros cada uno, cada uno con su propia sirena y su nota, instalados en la terraza del castillo. El sonido del surrealismo ya se ha oído. Tímidamente. Pero se ha oído.

Tres sueños, digo siempre. El de Dalí. El mío. Y el de Albert Blancafort. Tres sueños que el viento lleva juntos desde hace décadas, esperando que alguien los deje sonar del todo.

Donde habitan los mitos: un velo de leyendas

Donde habitan los mitos: un velo de leyendas

Un lugar tan antiguo y azotado por el viento es un imán natural para las historias. Quermançó está envuelto en un tapiz de folclore.

La cabra de oro
Un rey moro esconde un tesoro —una cabra de oro macizo— en los pasadizos secretos del castillo, donde queda atrapado para siempre.
La condesa de Molins
La historia de Teresa de Molins, una noble del siglo XVIII convertida en bandolera que, tras ser traicionada, voló el castillo con su banda dentro.
La dama de Quermançó
Una fábula moral sobre una condesa que pierde su fortuna por su glotonería y exclama al final: «Si hubiese sabido que el pan con nueces era tan exquisito, aún sería la condesa de Quermançó».
El eco esotérico: el Grial, brujas y rituales secretos

El eco esotérico: el Grial, brujas y rituales secretos

Más allá del folclore, Quermançó resuena con leyendas de un carácter más profundo y misterioso.

El Santo Grial
Algunas interpretaciones identifican Quermançó con el castillo del mago Klingsor, antagonista de los caballeros del Grial. El investigador Otto Rahn lo visitó en los años treinta en su búsqueda del cáliz.
Brujas y rituales
La tradición cuenta que, en la noche de San Juan, las brujas bajan a lavar su ropa al arroyo cercano. Otros relatos hablan de un ritual de iniciación en un lago subterráneo bajo el castillo.
Pasadizos secretos
Las leyendas insisten en la existencia de túneles que conectan el castillo con el monasterio de Sant Pere de Rodes y con la costa.

La llamada

Me dirijo a la tramontana como quien se dirige a un viejo amigo cuya paciencia es a la vez ilimitada y urgente. Tú ya has hecho tu parte. Siempre la has hecho, desde que se puso la primera piedra sobre otra en este cerro de Vilajuïga. Llevas mil años soplando aquí, esperando que alguien entienda que tu fuerza no es destrucción, sino voz. Ahora nos toca a nosotros poner las manos y la voluntad, y construir el instrumento que hará sonar lo que hace demasiado tiempo que intentas decirnos.

Pero sería injusto dejarlo todo en manos del viento. Lo que necesitamos es que todos nos unamos: instituciones, ayuntamientos, artesanos, soñadores; todos los que han sentido soplar el viento sobre esta llanura y han intuido que faltaba algo. Lo necesita Figueres, donde nació Dalí. Lo necesita la memoria colectiva de un país que recibió una de las mayores visiones artísticas del siglo XX y que tiene el deber de dejarla oír.

El sueño renace: la visión se hace proyecto

El sueño renace: la visión se hace proyecto

Décadas después de que Dalí lo concibiera, su sueño es rescatado. Un empresario y un maestro organero se unen para dar voz al viento.

Josep Maria Martorell
Empresario ampurdanés que adquirió el castillo en 2002 con la intención explícita de llevar a cabo el proyecto visionario de Dalí.
Albert Blancafort
Reconocido maestro organero de Orgueners Blancafort, encargado de diseñar y construir el instrumento.
Colaboración científica
El proyecto se fundamenta en una investigación acústica con la Universidad La Salle, dirigida por la ingeniera Ivana Rosell y financiada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología.
La ingeniería del surrealismo: cómo sonará el viento

La ingeniería del surrealismo: cómo sonará el viento

El órgano de la tramontana no es un solo instrumento, sino un conjunto de elementos escultóricos y sonoros que crean un «clima sonoro» único.

Instrumentos eólicos
El diseño se basa en hacer sonar varios timbres (arpas, flautas, trompas) utilizando únicamente la acción oscilante del viento.
El registro «Tramuntànic»
La pieza central: una escultura sonora de siete tubos de cinco metros, cada uno con una sirena de barco para emitir una nota distinta. Creará una «sinfonía daliniana» al atardecer.
Sonoridad deseada
El objetivo es crear el primer órgano surrealista, con un sonido consecuente: «un tanto alocado, delirante».

Imagino ese primer día. Una tarde de invierno, la tramontana soplando con toda su fuerza. Y entre las piedras de Quermançó, de pronto, música. No una música compuesta. Una música nacida de un pacto entre la necesidad y la belleza. El sonido recorrerá la llanura, llegará a Figueres, llegará a Cadaqués y se perderá en el Mediterráneo. Y Salvador Dalí, desde algún lugar imposible, reconocerá su propia locura y se permitirá una sonrisa.

Ese día, Quermançó dejará de ser una ruina. Se convertirá en lo que siempre estuvo destinado a ser: el instrumento del viento.

La visión hoy y la sinfonía del futuro

La visión hoy y la sinfonía del futuro

El proyecto ya es una realidad tangible. El castillo está abierto a las visitas y ofrece un primer vistazo a un sueño en construcción.

Estado actual
Una instalación provisional itinerante permite a los visitantes experimentar una primera impresión del sonido y de la escultura. El castillo está abierto al público para visitas, que permiten explorar su historia y el proyecto.
Planes futuros
Eventos musicales previstos en espacios importantes alrededor del castillo para 2025. El objetivo final es la instalación completa de los cerca de quinientos tubos y la creación de una «expresión artística inédita: el sonido del surrealismo».
¿Un cuarto vértice para el Triángulo Daliniano?

¿Un cuarto vértice para el Triángulo Daliniano?

El Teatro-Museo de Figueres, la Casa-Museo de Portlligat y el Castillo de Púbol forman el universo de Dalí. El proyecto del órgano de la tramontana aspira a convertir Quermançó en un nuevo vértice, un lugar donde la historia, la naturaleza y el arte surrealista no solo se contemplan, sino que se escuchan.

Una obra de arte viva, que transmuta su esencia histórica en arte y en música, impulsada por el mismo viento que inspiró al genio.

Josep Maria MartorellCustodio del castillo de Quermançó

Narcís Bardalet puso fuera de juego a toda la banda de pillos que rodeaba a Dalí

Lluís Duran (in memoriam)Empresario. Hotel Restaurante Duran de Figueres

Narcís Bardalet es un hombre extraordinario, un gran admirador de Dalí, que hizo todo lo que pudo, con una paciencia increíble, para defender a la ciudad de Figueres a través de la Fundación Gala-Salvador Dalí.

Conozco a Salvador Dalí desde joven, y es bien sabido que pasó media vida en nuestra ciudad, en el Hotel Duran de Figueres. Como él, muchísimas personalidades se han alojado en el hotel a lo largo de los años. Algunas con buenas intenciones; otras, mejor no mencionarlas, porque un hotelero debe ser discreto.

Lluís Duran
Lluís Duran

Sé que el maestro Dalí tenía mucha confianza en Bardalet, que lo había atendido muchas veces. Aunque Bardalet no era su médico personal, Dalí le escuchaba y le hacía mucho caso. Bardalet, además de haberlo visitado muchas veces a lo largo de su vida, fue a verlo también todos aquellos días en que el maestro agonizaba, hasta que finalmente murió. Narcís, sacando tiempo de donde no lo había, lo visitaba por la mañana, por la tarde y por la noche, y siguió todo su declive, desde que empezó a apagarse hasta su muerte.

El Dr. Narcís Bardalet donando a la fundación los pelos de Salvador Dalí en el restaurante del Hotel Duran
El Dr. Narcís Bardalet donando a la fundación los pelos de Salvador Dalí en el restaurante del Hotel Duran

Es bien sabido que embalsamó a Dalí, junto con Rogeli Lacaci, de forma magistral, y que tenemos el cuerpo de Dalí preservado para más de ochocientos años, según he leído. Hace poco, el cuerpo de Dalí se vio sometido a una exhumación forzosa, y allí estuvo también Narcís Bardalet, con su profesionalidad y su experiencia. Personalmente, le estoy muy agradecido por lo que ha hecho a lo largo de casi cuarenta años de carrera, tanto por Dalí —como he explicado— como por muchos vecinos de Figueres, gracias a su doble especialidad médica de pediatra y médico forense.

Considero al Dr. Narcís Bardalet un auténtico señor, honrado a carta cabal y amigo de sus amigos.

Lluís Duran (in memoriam)

Lluís Duran (in memoriam)Empresario. Hotel Restaurante Duran de Figueres

Obra de Lluís Roura
Obra de Lluís Roura

La experiencia del Dr. Narcís Bardalet con Salvador Dalí

Tura Soler PagèsPeriodista

Los primeros recuerdos: el Dalí que impactaba en la Figueres de posguerra

Narcís Bardalet tuvo su primer contacto visual con Salvador Dalí cuando apenas era un niño de diez años, interno en el colegio La Salle de Els Fossos en Figueres. En aquellos tiempos de posguerra, la España gris y uniforme hacía que cualquier diferencia resultara chocante. «Realmente, ver a un personaje como Dalí impactaba. En aquellos tiempos, cuando tampoco se veían chinos, árabes ni negros por las calles, ver a un hombre con una cabellera tan larga como la que lucía Dalí era extraordinario», recuerda Bardalet.

El Dr. Narcís Bardalet en la Sala Dalí del Hotel-Museu Llegendes
El Dr. Narcís Bardalet en la Sala Dalí del Hotel-Museu Llegendes

La primera vez que lo vio fue en el bar Astoria, punto neurálgico de la Rambla figuerense. Dalí, rodeado de su pequeña corte de admiradores y curiosos, lucía un abrigo estrafalario, como de piel de pantera, acompañado de su inseparable bastón. Para un niño que apenas comenzaba a descubrir el mundo, aquella figura casi mitológica despertaba una mezcla de asombro y curiosidad. En la ciudad ya circulaban leyendas sobre el pintor: que había hecho una entrada triunfal montado en un elefante, que un día apareció con un cachorro de tigre.

El joven Bardalet no imaginaba entonces que aquel personaje excéntrico, al que observaba desde la distancia mientras tomaba vermut con sus compañeros de internado, acabaría convirtiéndose en el caso más emblemático de su carrera profesional.

El encuentro decisivo: una visita domiciliaria de hora y media

El salto de la admiración infantil al contacto profesional se produjo años después, cuando Bardalet ya ejercía como médico en el ambulatorio de Figueres, compaginando urgencias con la especialidad de pediatría en el Hospital Trueta de Girona. Una llamada de Rosa Maria Guardiola, hija de Ramon Guardiola —alcalde de Figueres, amigo íntimo de Dalí y fundador del Museo Dalí— cambió su relación con el pintor para siempre.

El señor Guardiola necesitaba un médico. Dalí se encontraba en su casa, no se sentía bien y tenía previsto viajar al extranjero el lunes siguiente. Su médico habitual no estaba localizable. Bardalet cogió su minúsculo maletín y acudió a casa de los Guardiola. Lo que iba a ser una consulta rutinaria se convirtió en una experiencia inolvidable de hora y media de duración.

«Fue una visita muy larga. Le hice muchas preguntas. Yo conocía al personaje Dalí, pero no conocía a la persona. Observé que era un hombre muy preocupado por su salud, algo hipocondríaco», explica Bardalet. Dalí, a su vez, también preguntaba: quería saber la especialidad de aquel joven médico, y Bardalet le explicó que era forense y pediatra. En un momento dado, tuvo que interrumpir la deriva de la conversación: «Señor Dalí, he venido para hablar de lo que le pasa a usted».

Dalí presentaba fiebre y dolor de estómago. Ante la imposibilidad de realizar pruebas complementarias, Bardalet desplegó su mejor arsenal clínico: preguntas precisas sobre vómitos, diarreas, características de la orina, presencia de sangre en heces. El diagnóstico apuntaba a una infección. Pero el joven médico no quedó tranquilo: Dalí rondaba los sesenta años y existía la posibilidad de una apendicitis. Acordaron que al día siguiente volverían a contactar.

Preguntas incómodas y confidencias inesperadas

En aquella primera consulta, Bardalet, consciente de que estaba ante un paciente especialmente relevante, no dejó cabo suelto. Incluyó preguntas sobre la vida sexual del pintor. Dalí respondió de forma clarividente, abrumadora, contundente y sincera. Al salir, preocupado por si había podido molestar al genio, preguntó a Ramon Guardiola si Dalí se habría enfadado. La respuesta fue categórica: «No pase cuidado, a Dalí le da igual, y lo que le ha contado es rigurosamente cierto. Te ha explicado la verdad».

Aquellas confidencias, unidas a lo que Bardalet pudo observar en sucesivas ocasiones, incluyendo el momento en que vio a Dalí desnudo, ya muerto, le llevaron a una conclusión firme: Dalí nunca tuvo hijos. Una convicción que mantendría durante décadas y que le llevaría a manifestarse sin dudas cuando, años después, surgió la demanda de paternidad de Pilar Abel. «Por eso yo no dudé nunca al afirmar que Pilar Abel no era hija de Dalí», sentencia en sus memorias.

El incendio de Púbol y la cordura del genio

La segunda ocasión en que Bardalet visitó a Dalí en vida fue por orden judicial. Se había producido un incendio en el castillo de Púbol y el pintor había sufrido quemaduras importantes que requirieron injertos. Como forense, Bardalet debía evaluar las secuelas físicas, pero el juez también quería un informe sobre su estado mental. Circulaban rumores sobre la supuesta locura de Dalí.

El Dr. Narcís Bardalet, Aleix Adam, Anna Mallart, el exalcalde de Figueres Marià Lorca y Carles Mallart, de izquierda a derecha, en la presentación del libro «Lo que me han enseñado los muertos»
El Dr. Narcís Bardalet, Aleix Adam, Anna Mallart, el exalcalde de Figueres Marià Lorca y Carles Mallart, de izquierda a derecha, en la presentación del libro «Lo que me han enseñado los muertos»

La evaluación fue concluyente: «En aquel momento, Dalí ya tenía una imagen decrépita y la gente decía que estaba loco. Pero estaba bien. Normal. En cualquier caso, estaba loco quien decía que Dalí estaba loco». El forense lo tenía claro: todas las excentricidades de Dalí formaban parte de su personaje, de su estrategia para hacerse notar. Desde negarse a hablar de Michelangelo ante un tribunal evaluador porque sabía más que los presentes, hasta responder lo que le venía en gana. Pero tras esa fachada, existía una mente lúcida y perfectamente consciente.

La noche que lo cambió todo: el encargo de embalsamar a Dalí

Diez días antes de la muerte de Dalí, Bardalet recibió una llamada en su consulta. Eran las ocho de la tarde. Era el jefe de la Guardia Urbana: el alcalde Marià Lorca necesitaba hablar urgentemente con él.

En el hospital, le esperaban Lorca y el pintor Antoni Pitxot, director del Museo Dalí. Querían saber si, cuando Dalí falleciera, sería posible embalsamarlo. Su intención era instalar una capilla ardiente y exponer al difunto en Torre Galatea. Bardalet explicó los requisitos legales: el embalsamamiento no puede tramitarse hasta después de la muerte, pues se necesita la hora y fecha del fallecimiento. Pero aceptó el encargo.

Lorca planteaba una cuestión crucial: ¿querían un embalsamamiento para salir del paso o una momificación para siempre, como la de Lenin? Optaron por la primera opción, sin extracción de vísceras, suficiente para la exposición pública.

Días después, cuando la muerte de Dalí se aproximaba, Bardalet fue convocado de nuevo. Ahora estaba también presente Miquel Domènech, el poderoso abogado de la Fundación Gala Dalí. Domènech informó al juez de guardia de algo inquietante: una revista francesa había ofrecido diez millones de pesetas por una fotografía de Dalí muerto y desnudo, y ya había alguien dispuesto a tomarla. El juez autorizó que la Policía Municipal impidiera la entrada al sospechoso, y dio plena confianza a Bardalet para decidir quién accedía al lugar del embalsamamiento.

La noche del embalsamamiento y el intento de intrusión

El 23 de enero de 1989, Dalí falleció. Hubo una disociación de unos veinte minutos entre la parada respiratoria y el cese del latido cardíaco, que se mantuvo gracias al marcapasos. El cadáver fue trasladado a Torre Galatea por una puerta trasera, lejos de las cámaras.

A las doce de la noche comenzó el trabajo. En la sala estaban el magistrado Jordi Carreras Domènech, su esposa, la doctora Anna Hospital, los forenses Rogelio Lacaci y José María Calcerrada, y los funerarios Xavier Vicens y Jaume Sastre. Desnudaron el cuerpo y lo colocaron sobre la mesa de autopsias.

Apenas habían comenzado cuando llamaron desde la entrada. La policía informaba de que abajo estaba Robert Descharnes, antiguo secretario de Dalí, acompañado de un médico que pretendía embalsamar al pintor. La situación se estaba volviendo tensa. Bardalet bajó, se encontró con el hombre que, según las informaciones, tenía el encargo de fotografiar a Dalí desnudo, y le espetó en francés: «C'est pas possible, monsieur. C'est moi qui l'embaume. Allez, allez à manger de la soupe!». Subió de nuevo y continuaron el trabajo.

Inyectaron líquidos conservantes que aumentaron el peso del cuerpo en cinco kilos. Decidieron mantener el marcapasos: Dalí había vivido 83 años gracias a él, y el aparato debía permanecer en su cuerpo. Además, al no tener familia, no sabrían a quién entregarlo.

El bigote y el mensaje para la eternidad

Uno de los momentos más delicados fue el tratamiento del bigote, el símbolo daliniano por excelencia. Lo peinaron con esmero, manteniendo las puntas hacia arriba. Aplicaron un producto aromático que Dalí importaba de Hungría y lo maquillaron.

Pero lo más singular fue el gesto que Bardalet y Lacaci reservaron para la posteridad: insertaron en el fémur izquierdo de Dalí una minúscula botella de penicilina, vaciada de su contenido, que contenía un papelito con la inscripción: «Narcís Bardalet Viñals y Rogelio Lacaci Díaz. 24 de enero de 1989». Una firma para la eternidad, pensada para perdurar tanto como el cuerpo del genio.

Carles Mallart y el Dr. Narcís Bardalet firman la donación de los pelos de Salvador Dalí a la Fundació Privada Dalmatius Moner, en el restaurante del Hotel Duran de Figueres
Carles Mallart y el Dr. Narcís Bardalet firman la donación de los pelos de Salvador Dalí a la Fundació Privada Dalmatius Moner, en el restaurante del Hotel Duran de Figueres

Las primeras personas que vieron a Dalí embalsamado, antes incluso de la apertura oficial al público, fueron tres prostitutas que regresaban de madrugada tras trabajar en la carretera de La Jonquera. Pasaron por Torre Galatea, pidieron verlo, y el señor Guardiola les permitió subir. Un episodio que el propio Bardalet recuerda con una mezcla de sorpresa y naturalidad, como parte del surrealismo que siempre acompañó al pintor.

El pañuelo de seda y las lágrimas del chófer

Antes de cerrar el féretro, se presentó Artur Caminada, el chófer de Dalí. Sacó un pañuelo de seda blanco, lo colocó sobre el rostro del artista y se abrazó al ataúd, llorando como un niño pequeño. Caminada recordaba que Dalí no quería que nadie lo viera después de muerto. Veintiocho años después, cuando exhumaron el cuerpo, Bardalet comprobaría que el pañuelo seguía allí, intacto sobre la cara del genio, aunque su blanco original se había tornado color crema.

El féretro se cerró a las cuatro menos cuarto de la tarde, precintado, y Dalí fue enterrado bajo la cúpula geodésica del Museo de Figueres, el lugar que el propio alcalde Lorca supo elegir con acierto. «Dalí está enterrado en el lugar ideal, bajo la cúpula geodésica del Museo Dalí. Me dijeron que una vez preguntaron a Dalí cómo tenía que ser la cúpula, y él quiso que fuera transparente para que entrara la luz y así él se pudiera ver desde el cielo».

2017: la exhumación y el reencuentro con el maestro

En 2017, una noticia sacudió el mundo del arte: una mujer llamada Pilar Abel reclamaba ser hija de Salvador Dalí, y un juzgado de Madrid ordenaba la exhumación del pintor para obtener muestras de ADN. Bardalet, que siempre había mantenido que Dalí no tuvo hijos, asistió al procedimiento.

La noche del 20 de julio de 2017, Torre Galatea se blindó. Se requisaron todos los teléfonos móviles y se instaló una carpa para impedir que ningún dron obtuviera imágenes. Al levantar la losa y retirar el pañuelo de seda, apareció el rostro. El cuerpo se había momificado de forma natural. «El cadáver estaba absolutamente duro, como si fuera madera», explicó Bardalet. Los ojos, como es normal en procesos de momificación, habían desaparecido, quedando solo los párpados.

Con profunda pena, Bardalet presenció cómo aserraban las piernas de Dalí para extraer los huesos largos necesarios para las pruebas. A Dalí, que era muy hipocondríaco, no le hubiera gustado que destruyeran su cuerpo. Las pruebas de ADN confirmaron lo que Bardalet sabía desde hacía décadas: Dalí no era el padre de Pilar Abel.

El regreso de las piernas y el último baño

Meses después, cuando los restos óseos fueron devueltos, Bardalet participó en la reimplantación. Le acompañaban Laia Noguer, el traumatólogo Miquel Llobet, el abogado Miquel Domènech y el exalcalde Marià Lorca. Reimplantaron las piernas con silicona de uso aeronáutico, aplicaron crema para disimular las cicatrices y, como gesto final, Bardalet bañó el cuerpo con un producto especial para la conservación de momias. «Así hice los honores al maestro Dalí. Hasta la eternidad».

La confidencia definitiva

En cuanto a la confidencia que Dalí le hizo en vida sobre su intimidad, Bardalet la ha guardado celosamente durante décadas, acogiéndose al secreto médico. Miette, la musa y mujer de confianza del pintor, lo confirmó sin ambages: «Dalí, de sexo, nada. Él estaba por otros temas». El honor del difunto queda así preservado, y la historia del arte, con uno de sus episodios más singulares, cerrado para siempre.

Tura Soler Pagès

Tura Soler PagèsPeriodista

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Relieves de la vida de Salvador Dalí

Dalí, 6 años, en la escuela · 1910

Dalí, 6 años, en la escuela 1910

Dalí nació el 11 de mayo de 1904 en Figueres. Era hijo del matrimonio formado por el notario Salvador Dalí Cusí y Felipa Domènech Farrés.

En 1910, después de haber asistido a la Escuela Pública de Niños de Figueres, que dirigía el maestro Esteban Trayter, su padre decidió matricularlo en el colegio que acababa de abrir la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

La orientación religiosa del centro, conocido popularmente como «Els Fossos», no supuso ningún problema para el padre de Dalí. Quería que su hijo dominara el francés, una lengua que él había aprendido de niño, y el colegio se distinguía precisamente por impartir todas las clases en este idioma.

El paso de Dalí por la nueva escuela se saldó con resultados muy discretos. El artista era un alumno dócil, pero mostraba poco interés por seguir las lecciones de los maestros.

Dalí recordaba que le habían prohibido sentarse junto a las ventanas del aula, porque se pasaba horas contemplando los cipreses que se veían desde allí, ajeno a todo lo que ocurría en clase y absorto en sus fantasías.

El proceso de talla

El proceso de talla
El proceso de talla
El proceso de talla
El proceso de talla
El proceso de talla
El proceso de talla
Detalles: Dalí, 6 años, en la escuela · 1910
Detalles: Dalí, 6 años, en la escuela · 1910
Detalles: Dalí, 6 años, en la escuela · 1910
Detalles: Dalí, 6 años, en la escuela · 1910
Dalí escribiendo su autobiografía · 1941

Dalí escribiendo su autobiografía 1941

En el verano de 1940, Dalí y Gala se despidieron de Lisboa y embarcaron en el Excambion rumbo a Estados Unidos. Diez días después llegaron a Nueva York, donde los periodistas esperaban impacientes al pintor para preguntarle por sus proyectos. Experto en declaraciones impactantes, Dalí no defraudó a su público.

El artista afirmó que el surrealismo había muerto y anunció su regreso al clasicismo. También reveló que estaba escribiendo su autobiografía, «Vida secreta de Salvador Dalí», en la que contaría cómo había llegado a convertirse en el «salvador» del arte moderno.

Tras una temporada en Nueva York, Dalí y Gala vivieron durante un año en Hampton Manor, en Virginia, invitados por su amiga Caresse Crosby. Allí Dalí encontró el aislamiento que necesitaba para pintar y escribir su autobiografía. Pese a alguna excentricidad ocasional —como meter una vaca en la biblioteca o colocar pianos en el jardín—, seguía una estricta rutina diaria: pintaba, jugaba al ajedrez y escribía por la noche, mientras Gala y Crosby le ayudaban a corregir el texto.

En 1942, The Dial Press publicó su autobiografía, que se convirtió de inmediato en un éxito de ventas. Sin embargo, el libro ofrecía una versión muy distorsionada e idealizada de su vida: omitía los episodios dolorosos e inventaba pasajes de su juventud para construir la imagen de un genio destinado a la gloria, siempre acompañado de Gala. La obra era también un homenaje a Estados Unidos, la «tierra prometida» que lo había acogido en tiempos inciertos.

El proceso de talla

El proceso de talla
El proceso de talla
Detalles: Dalí escribiendo su autobiografía · 1941
Detalles: Dalí escribiendo su autobiografía · 1941
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Dalí pinta un rinoceronte vivo · 1955

Dalí pinta un rinoceronte vivo 1955

Tras la Guerra Civil, Dalí regresó de Estados Unidos y se encontró un país sumido en una profunda depresión económica. En aquella situación precaria, Dalí debía ser prudente. En las primeras entrevistas que concedió a la prensa al llegar a España dejó claro que quería empezar una nueva etapa en su vida. Según Dalí, sus provocadores desafíos a la moral eran cosa del pasado. El surrealismo ya no le interesaba, y ahora se había propuesto centrarse en la pintura religiosa para crear un nuevo estilo que combinara el misticismo católico con alusiones al Renacimiento italiano y a la teoría atómica. El artista quería participar en la misión evangelizadora que, a su juicio, debía liderar su país.

A partir de entonces, muchos de los discursos y obras de Dalí giraron en torno a una nueva obsesión: el cuerno de rinoceronte. Según el pintor, este elemento contenía «las proporciones más divinas de la naturaleza, el trazo de Dios», y estaba presente en uno de sus cuadros preferidos, «La encajera» de Vermeer, que había visto por primera vez en casa de sus padres. Para demostrar la validez de esta asociación, el artista pidió permiso al Museo del Louvre para pintar una copia de la obra de Vermeer. Ante la sorpresa del público, Dalí reprodujo la figura del cuadro a partir de una composición de cuernos. Insistiendo en su idea, decidió hacer una nueva copia de «La encajera» en el zoo de Vincennes, en las afueras de París, ante un rinoceronte llamado Francis, al que azuzaron para que embistiera una reproducción a gran escala de la obra original. Un equipo de rodaje filmó la escena para un documental titulado «La historia prodigiosa de la encajera y el rinoceronte», que nunca llegó a terminarse.

La fijación de Dalí por los cuernos de rinoceronte fue un episodio más en la carrera del pintor hacia la máxima notoriedad. Demostrando un gran dominio de la lógica mediática, el artista preparaba minuciosamente cada una de sus apariciones públicas. Era capaz de encargar un pan de doce metros de largo para anunciar una conferencia o de presentarse a una charla en la Universidad de la Sorbona en un Rolls-Royce lleno de coliflores. Todo valía con tal de llamar la atención.

El proceso de talla

El proceso de talla
El proceso de talla
Detalles: Dalí pinta un rinoceronte vivo · 1955
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Viaje a Nueva York de Salvador Dalí y Gala · 1936

Viaje a Nueva York de Salvador Dalí y Gala 1936

Dalí y Gala estaban en Londres cuando recibieron la noticia de que había estallado una guerra civil en España. De vuelta en París, Dalí supo que su amigo Federico García Lorca había sido asesinado por partidarios del golpe de Estado. Profundamente afectado, decidió dejar Francia y viajar por Italia. En octubre ya estaba de nuevo en París, donde la revista Minotaure publicó «Construcción blanda con judías hervidas», una obra que plasmaba con fuerza el clima de angustia y tensión que precedió al conflicto en su tierra.

Mientras la guerra se recrudecía, Dalí se entregó al trabajo con una energía frenética, preparando su segundo viaje a Nueva York. Presentó una nueva exposición individual en la Julien Levy Gallery y confirmó su participación en la ambiciosa muestra del MoMA sobre dadá y surrealismo, que incluía trece de sus cuadros, entre ellos la ya icónica «La persistencia de la memoria». Aquel acontecimiento consolidó su reputación en Estados Unidos, donde Dalí pasó a ser considerado el máximo representante del surrealismo.

El 7 de diciembre de 1936, Dalí y Gala llegaron a Nueva York a bordo del S.S. Normandie. Dos días después, la exposición del MoMA abrió sus puertas ante un público entusiasta. Aprovechando la fascinación de la ciudad por el surrealismo, Dalí diseñó un llamativo escaparate para los grandes almacenes Bonwit Teller: nubes de papel maché, un maniquí coronado de rosas rojas y una mesita de noche sobre la que descansaba un teléfono-langosta. El escaparate causó sensación y atrajo a multitudes que se agolpaban contra el cristal; muchos descubrían el surrealismo por primera vez.

Pocos días después, el 14 de diciembre, el artista apareció en la portada de la revista Time, fotografiado por Man Ray, justo antes de la inauguración de su exposición en la Julien Levy Gallery. La publicación le dedicó grandes elogios y afirmó que el éxito del surrealismo en América se debía en buena parte a Dalí. El artículo marcó un punto de inflexión en su carrera: de la noche a la mañana se convirtió en una figura pública, reconocida por la calle y celebrada como una nueva estrella del arte moderno.

Detalles: Viaje a Nueva York de Salvador Dalí y Gala · 1936
Detalles: Viaje a Nueva York de Salvador Dalí y Gala · 1936
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Detalles: Viaje a Nueva York de Salvador Dalí y Gala · 1936
Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925

Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925

Dalí sentía un gran aprecio por su hermana Ana María, que fue, a lo largo de su vida, la persona a quien más retrató en sus cuadros. Pintada en 1925 con un estilo noucentista, «Figura en una ventana» es uno de los retratos que el maestro del surrealismo hizo de su hermana.

Ese mismo año, Dalí recibió una propuesta de Josep Dalmau para organizar una exposición individual en su galería de Barcelona. Consciente de que era una oportunidad única para impulsar su carrera, el pintor no dudó en aceptar. La muestra debía celebrarse en noviembre, de modo que Dalí, que había aprobado sin dificultad el segundo curso en la Academia de San Fernando, tuvo que aprovechar las vacaciones de verano para prepararla. Ni siquiera su amigo Lorca, con quien mantenía una correspondencia frecuente, logró convencerlo de tomarse un descanso en Granada.

Compuesta por veintidós obras, seis de ellas retratos de Ana María, la exposición en las Galeries Dalmau fue un éxito absoluto. Los periódicos publicaron críticas elogiosas y los cuadros se vendieron rápidamente, en parte gracias a la influencia de la familia de Dalí, bien relacionada con la intelectualidad catalana. El pintor podía ser optimista: todo jugaba a su favor.

Detalles: Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925
Detalles: Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925
Detalles: Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925
Detalles: Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925
Detalles: Figura en una ventana, cuadro de Dalí de 1925
Salvador Dalí haciendo acrobacias en su casa de Portlligat

Salvador Dalí haciendo acrobacias en su casa de Portlligat

En 1970, Dalí ya vivía en la casa que había construido en Portlligat. Allí trabajaba y organizaba fiestas a menudo. Esta imagen se captó cuando Dalí quiso lanzar una silla e inmortalizar el momento en una fotografía en la que la silla apareciera flotando en el aire, con una de sus obras al fondo: el huevo más alto de la casa.

A Dalí le encantaba demostrar al mundo que él era el surrealismo y que todo lo que lo rodeaba debía estar a la misma altura. Fueron muchas las anécdotas y vivencias que amigos y celebridades pudieron compartir con él en este espacio único de la costa ampurdanesa.

La casa de Portlligat se convirtió en el epicentro de la vida social de Dalí, que alcanzó su apogeo entre 1972 y 1974.

Detalles: Salvador Dalí haciendo acrobacias en su casa de Portlligat
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La muerte de Gala · 1982

La muerte de Gala 1982

En febrero de 1982, Gala resbaló en la bañera y se fracturó el fémur. Nunca llegó a recuperarse y murió el 10 de junio en Portlligat, a los 87 años. Los colaboradores de Dalí trasladaron de inmediato su cuerpo a la cripta del castillo de Púbol para cumplir el deseo de Gala de ser enterrada allí. Se hizo en secreto: la ley prohibía trasladar un cadáver sin autorización. El funeral se celebró al día siguiente y Dalí no asistió a la ceremonia. Prefirió quedarse en la habitación de la difunta, conversando con su fiel amigo Pitxot.

La desaparición de Gala sumió a Dalí en una profunda depresión. Había perdido a su amante, su musa y su representante artística de los últimos cincuenta y dos años. Su presencia había sido decisiva en algunos de los episodios más destacados de la vida y la trayectoria profesional del artista, como su irrupción en la escena surrealista o su triunfo en Estados Unidos. Gala era imprescindible para Dalí.

Detalles: La muerte de Gala · 1982
Detalles: La muerte de Gala · 1982
Detalles: La muerte de Gala · 1982
Detalles: La muerte de Gala · 1982
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Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» · 1946

Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» 1946

Salvador Dalí y Walt Disney se conocieron en una fiesta donde nació una nueva y maravillosa amistad. Dos mentes creativas en el mismo lugar, y alguna copa de más, los llevaron a la idea de crear algo juntos.

La mente de Dalí no se detenía, y empezó a imaginar una historia que compartió con Disney. Dalí tenía fama de autoritario y de no aceptar órdenes de nadie, pero junto al creador de Mickey se mantuvo tranquilo. Tanto, que pasó horas en un estudio al lado del reconocido animador John Hench. Tanta imaginación llevó a los dos artistas a crear una nueva técnica en el mundo del cine. Siguiendo las palabras de Freud, decidieron apelar al inconsciente del espectador y ocultaron dobles imágenes en el dibujo: Dalí pintaba cosas que a primera vista parecían un objeto, pero que, si el espectador volvía a mirarlas, cambiaban por completo.

Disney quería incluir la obra de Dalí en la que iba a ser la siguiente entrega de la película «Fantasía». Pero en aquel momento Disney atravesaba problemas económicos a causa de la Segunda Guerra Mundial y no podía arriesgarse con una película tan diferente. Además, el público de la época no quería ver películas orquestales, sino películas alegres que le ayudaran a superar los traumas de la guerra.

La relación entre los dos artistas no terminó ahí. Disney nunca culpó a Dalí, y el pintor nunca se enfadó con el animador.

Sesenta años después, el sobrino de Walt Disney, Roy E. Disney, rescató el proyecto para hacerlo realidad. El cortometraje lo produjo Baker Bloodworth y lo dirigió el animador francés Dominique Monféry. Los seis minutos de «Destino» narran la historia de Cronos y del amor desdichado que siente por una mujer mortal, que baila a través de un paisaje surrealista inspirado en los cuadros de Dalí. No hay diálogos, pero la banda sonora incluye una canción del compositor mexicano Armando Domínguez.

En 2003, la película fue nominada al Óscar.

Detalles: Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» · 1946
Detalles: Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» · 1946
Detalles: Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» · 1946
Detalles: Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» · 1946
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Detalles: Salvador Dalí y Walt Disney colaboran en el cortometraje «Destino» · 1946
Dalí, Lorca y Buñuel en Madrid · 1926

Dalí, Lorca y Buñuel en Madrid 1926

Salvador Dalí se trasladó a Madrid en 1922 para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se alojó en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Federico García Lorca y a Luis Buñuel. Aunque la Residencia favorecía la creatividad y el intercambio intelectual, el carácter introvertido de Dalí y su aspecto victoriano le daban un aire excéntrico y lo mantenían aislado. Pasaba la mayor parte del tiempo asistiendo a clase, pintando a solas o estudiando a maestros como Velázquez y Goya en el Prado.

Su situación cambió cuando Pepín Bello descubrió dos obras cubistas en la habitación de Dalí y lo acogió en su círculo, del que formaba parte Buñuel, con quien Dalí trabó una estrecha amistad. Buñuel, sociable y plenamente inmerso en la vida cultural madrileña, le descubrió la ciudad. Lorca, que ya era un joven escritor admirado, se convirtió también en un compañero íntimo, aunque su homosexualidad oculta complicó su relación con Dalí, quien aseguraba que Lorca se había enamorado de él.

En esta etapa, Dalí se reinventó: cambió su indumentaria anticuada por trajes modernos hechos a medida y se lanzó a la vibrante vida nocturna de Madrid. Nunca terminó sus estudios, ya que fue expulsado antes de los exámenes finales tras declarar que nadie estaba capacitado para evaluarlo. Aun así, Dalí, Lorca y Buñuel siguieron unidos, y la primera gran colaboración de Dalí con Buñuel llegó en 1929, cuando el cineasta lo visitó en Figueres para desarrollar el guion del cortometraje «Un perro andaluz».

Detalles: Dalí, Lorca y Buñuel en Madrid · 1926
Detalles: Dalí, Lorca y Buñuel en Madrid · 1926
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Detalles: Dalí, Lorca y Buñuel en Madrid · 1926
Primer año de vida de Salvador Dalí

Primer año de vida de Salvador Dalí

El 11 de mayo de 1904 nació el futuro icono del surrealismo. Vino al mundo en el seno de una familia burguesa de Figueres, capital del Alt Empordà. El padre del artista era Salvador Dalí Cusí, un hombre de carácter fuerte que gozaba de una posición social destacada gracias a su oficio de notario, y su madre, Felipa Domènech Farrés, procedía de una familia barcelonesa de tradición artesana.

El pintor nació nueve meses y diez días después de la muerte del primer hijo del matrimonio Dalí-Domènech, que también se llamaba Salvador y que murió poco antes de cumplir dos años. Según Salvador Dalí, este hecho tuvo una influencia trascendental en la formación de su personalidad. Creía que la muerte prematura de su hermano llevó a sus padres a verlo como un sustituto del hijo perdido y a volcarse por completo en él, lo que le causó una herida que más tarde justificaría sus excentricidades.

Se convirtió en el rey absoluto de la casa y sus padres lo sobreprotegieron. El pequeño Dalí se sentía con derecho a hacer y exigir cualquier cosa, y rara vez le negaban un capricho. Cuando ocurría, gritaba hasta quedarse afónico.

Detalles: Primer año de vida de Salvador Dalí
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Encuentro con Sigmund Freud

Encuentro con Sigmund Freud

En 1938, Dalí viajó a Londres. Había concertado una cita con uno de sus ídolos, Sigmund Freud, que se había refugiado en la capital británica huyendo del nazismo.

Las teorías de Freud fascinaban a Dalí hasta la obsesión. En la práctica terapéutica de Freud, Dalí encontraba inspiración para sus pinceladas surrealistas. Los conceptos freudianos del ello, el yo y el superyó modelaron las ideas obsesivas del pintor sobre el psicoanálisis.

El encuentro tuvo lugar en casa de Freud gracias a dos amigos de Dalí, Edward James y el escritor austríaco Stefan Zweig, que lo hicieron posible. Dalí no hablaba alemán y apenas se defendía en inglés, de modo que probablemente cruzó pocas palabras con Freud, a quien también le costaba mantener una conversación fluida por su sordera y por las secuelas del cáncer de paladar que acabaría con su vida un año después.

Durante la visita, Dalí enseñó al doctor uno de sus últimos cuadros, «La metamorfosis de Narciso». En aquel primer y único encuentro, Dalí hizo además un apunte al carboncillo titulado «Retrato de Freud». Bajo la mirada silenciosa y moribunda del psicoanalista, Dalí le mostró el boceto y percibió en sus ojos un sentimiento cercano al rechazo y una indiferencia inquebrantable, lo que despertó la ira del pintor. Dalí contó que la cabeza de Freud le recordaba la forma de un caracol de Borgoña, y así lo representó.

Al despedirse, tras mirarlo fijamente, Freud pronunció una única frase que quedaría para siempre grabada en la memoria de Dalí: «Nunca he visto un prototipo tan perfecto de español. ¡Qué fanático!». En aquella visita no solo Dalí quedó asombrado; también Freud se llevó una grata impresión. Además de reconocer la destreza artística de Dalí, Freud escribió a Stefan Zweig: «Solía subestimar a los surrealistas, que me consideraban su santo patrón, y los tenía por unos excéntricos sin remedio. Sin embargo, este joven español, con sus ojos maravillosamente cándidos y su indudable maestría técnica, me ha hecho cambiar de opinión». Dalí obtuvo así la bendición de su maestro. Una vez más quedaba demostrado que él encarnaba el surrealismo más auténtico.

Detalles: Encuentro con Sigmund Freud
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Los últimos días de Dalí

Los últimos días de Dalí

La muerte de Gala, en 1982, sumió a Dalí en una profunda depresión. Recluido en Púbol tras el fallecimiento de su esposa, pasaba prácticamente todo el día en la cama. El artista desoía los consejos de los médicos y se negaba a caminar y a comer. Parecía esperar su final.

Dalí estuvo a punto de morir el 31 de agosto de 1984, cuando su cama se incendió por un cortocircuito provocado por el timbre que usaba para llamar a las enfermeras. Sufrió graves quemaduras en la pierna derecha y tuvo que ser operado de urgencia en Barcelona. Al volver del hospital, Dalí se instaló en la Torre Galatea, un edificio del siglo XVII que se había integrado en el Teatro-Museo Dalí durante las obras de ampliación. Allí pasaría los últimos años de su vida.

Dalí falleció el 23 de enero de 1989, a los 84 años, de una parada cardiorrespiratoria, mientras escuchaba una de sus óperas favoritas, «Tristán e Isolda».

Su cuerpo fue embalsamado, tal como había pedido el pintor, y dos días después fue enterrado en una multitudinaria ceremonia bajo la cúpula del Teatro-Museo Dalí. Así quedó unido para siempre a su última gran obra.

Detalles: Los últimos días de Dalí
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Detalles: Los últimos días de Dalí
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Detalles: Los últimos días de Dalí

Pregón de la tramontana

Teatro-Museo Dalí

Lluís RouraPintor

Queridos figuerenses:

Lluís Roura
Lluís Roura
Lluís Roura
Lluís Roura

Gentes de la comarca y quienes han venido de más lejos todavía. Agradecemos profundamente la presencia en este acto del presidente de la Diputación, el Sr. Pere Macias; del alcalde de Figueres, el Sr. Joan Armangué; del presidente de la Caixa de Girona, el Sr. Joan Paredes, y del presidente de la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Sr. Ramon Boixadós, así como de su director, Antoni Pitxot.

Lluís Roura pintando «El Far d'Empordà» · Fotografía: Josep Oliva
Lluís Roura pintando «El Far d'Empordà» · Fotografía: Josep OlivaObra de Lluís Roura

Queridos amigos:

Miren, hay momentos en la vida que nos conceden ciertos privilegios, y un gran privilegio —muy grande para mí como pintor— es encontrarme hoy aquí, bajo esta majestuosa cúpula del Museo Dalí, presentando un libro sobre la tramontana. Creo que es un libro pequeño pero grande, para un país pequeño pero grande.

El libro que presentamos hoy me parece perfecto, estructurado con inteligencia y lleno de respuestas a todas las preguntas que uno haya podido hacerse con los años sobre la tramontana. Sus autores, Josep Maria Dacosta y Xavier Febrés, junto con el fotógrafo Pere Pagès, no han pasado nada por alto: desde los datos históricos hasta las razones que modelan el paisaje y las dunas y esculpen las plantas.

De los muchos apartados que contiene el libro, quisiera destacar especialmente la cronología, que empieza en el año 195 antes de Cristo, cuando el historiador romano Catón escribió de la tramontana que «te llena la boca cuando hablas y tumba a un hombre armado y a un carro cargado».

La cronología termina en 1995 y nos dice: «Temporales de mestral y de tramontana: el viento vuelca un tren, una grúa, varios camiones y diverso mobiliario urbano; la flota pesquera tiene que quedarse en puerto». Como ven, la tramontana sopla desde hace mucho tiempo y, por lo visto, aún le queda mucho por soplar.

El libro nos cuenta también cómo los poetas y los escritores se inspiraron en ella, cómo los pintores quedaron marcados por el paso de la tramontana y cómo podemos oír también su vuelo en la música de nuestros compositores.

Pues bien, cuando me pidieron que presentara este libro, me dijeron que, más que hablar del libro en sí, hablara de la tramontana: de cómo la veía, de lo que sabía de ella y de las experiencias que había vivido con ella.

Lluís Roura y Aleix Adam
Lluís Roura y Aleix Adam

Así que, miren: la tramontana debe de ser un viento realmente especial, porque rompe las normas naturales y ordinarias de la convivencia. Ahora mismo, de hecho, la tramontana ya se está haciendo notar, porque no es nada normal que un pintor presente un libro; y menos aún si ese pintor no es hijo de esta tierra abierta, sino que viene de un lugar adonde a la tramontana le cuesta llegar, porque se encuentra con el obstáculo de la Mare de Déu del Mont y, después, con las montañas de Sant Ferriol de Besalú.

Y, sin embargo, cuando llegaba a Sant Miquel de Campmajor, recuerdo cómo se hacía oír en las noches de invierno al colarse por las rendijas de la chimenea, como un aliento suave, cansado, casi agonizante. Pero cuando llegaba hasta allí era señal inequívoca de que aquí abajo, en la llanura, su fuerza era arrolladora. Mi padre decía: «¡Válgame Dios! Si la notamos aquí arriba, en el Empordà ya debe de haberlo barrido todo».

Más tarde tuve mi primer encuentro de verdad con ella en Pont de Molins. Allí nos enfrentábamos a diario al cruzar el puente sobre el río Muga, camino de Can Met a la escuela. Era el invierno de 1953; yo tenía entonces diez años. La recuerdo como una vieja novia lejana.

Sé que su contacto me resultaba agradable y juguetón, porque me despeinaba, me acariciaba la cara, me daba la vuelta al paraguas y me hacía volar la bufanda. Era como un juego de niños.

Como ven, aunque yo no era de aquí, nos conocimos de jóvenes, nos hicimos amigos y desde hace muchos años volvemos a salir juntos. Debo decirles, eso sí, que durante un tiempo nos distanciamos. Me fui a Barcelona a continuar mis estudios de pintura. Pero a finales de 1973 retomamos la relación en Cadaqués, donde yo preparaba una exposición para Madrid.

Entonces nos veíamos a diario: un día en el camino de Sant Sebastià, otro en Sant Pere de Rodes, otro en el castillo de Quermançó, y también en aquellas alturas de Peralada desde donde se ven los dos lados de la llanura del Empordà. También me hizo buscar refugio al pie de los muros blancos de la ermita de Sant Onofre.

Lluís Roura
Lluís Roura
Lluís Roura
Lluís Roura

Y mientras yo pintaba con avidez, la tramontana me limpiaba la llanura, lo dispersaba todo hasta dejar una transparencia inmaculada sobre el paisaje. Entonces resaltaban los colores otoñales de las viñas: los amarillos más sublimes y los rojos más intensos aparecían ante mí en todo su esplendor. Más allá se extendía toda la llanura abierta al mar y, más lejos aún, el Montseny y el Canigó.

La tramontana me invitaba a entrar en aquel escenario. Me lo había preparado todo, y yo lo recorría con la mirada como un perro loco, intentando llevar al lienzo todo lo que tenía delante.

Acercaba los pueblos más lejanos y realzaba el blanco suntuoso de los campanarios. Los campos se mostraban generosos ante mis ojos. A su alrededor se perfilaban colinas oscurecidas que creaban un paisaje profundo y lejano. Los esbeltos cipreses se mecían con su follaje aterciopelado de un verde oscuro, y los olivos cedían al paso del viento.

Sus ramas, fuertes y sólidas, solo se doblaban un poco, lo justo para mostrarme el envés de las hojas y revelar ese color tan exquisito, difícil de definir. Sin embargo, según mi amigo Josep Valls, Josep Pla decía que, cuando la tramontana da la vuelta a las hojas de los olivos, estas toman el color de la espuma del mar.

¿Se han fijado alguna vez en los sonidos de la tramontana? Presten atención cuando estén dentro de un bosque. Si el bosque es de pinos altos, la tramontana entra suavemente, como una sinfonía de Mozart. Es un sonido delicado, lleno de matices, que se oye débilmente a lo lejos. Quizá sea uno de los pocos momentos en que uno disfruta de verdad de este viento; incluso relaja y calma, que ya es mucho decir.

Pero si el bosque es de encinas o de alcornoques, el sonido del viento se vuelve más seco, más áspero, incluso irritante. Naturalmente, contribuye a ello la forma dentada de las hojas, que actúan juntas como un instrumento musical mal afinado y producen ese sonido desagradable.

Obra de Lluís Roura

Cuando estamos en la montaña o en la llanura, de pie bajo un árbol, si cerráramos los ojos podríamos adivinar qué árbol es, porque cada uno tiene su propio lenguaje frente al viento.

¡Y los campos, ah, los campos! Con las últimas tramontanas de mayo, deténganse junto a un trigal ya espigado pero todavía verde. Es un placer para la vista cuando el viento pasa por encima, lo tumba y sigue adelante produciendo un oleaje casi marino. Ahí se descubre la gran sinfonía de los verdes: verdes suaves, verdes tiernos, verdes sedosos.

Entonces a uno le entran ganas de desnudarse y tumbarse sobre ellos, de sentirse espiga, de sentirse fruto, y de dejarse llevar por el aire y por este viento que purifica el espíritu.

Hay una canción que habla del «país claro». Me atrevo a decir que no hay país más claro que este en un día de tramontana después de la lluvia. Todo parece al alcance de la mano. Uno descubre el relieve de las montañas, las colinas, las piedras, los árboles y los caseríos perdidos. Todo tiene un relieve mágico, un color y una luz que parecen casi irreales.

Pero, para describir todo este mundo de claridad, no hay mejor definición que la que dio un día Salvador Dalí: «En los días claros de tramontana, miren qué nítida y brillante se vuelve la atmósfera del Empordà, que desde Sant Pere de Rodes se ven las lagartijas tomando el sol en el cabo de Creus».

Eran los días en que nuestro tan añorado fotógrafo Meli decía: «Hoy haremos buen trabajo; es un buen día para coger la cámara e ir a trabajar a Cadaqués».

¿Se han parado alguna vez a contemplar una puesta de sol en un día de tramontana? Es uno de los placeres más sublimes de los que puede disfrutar un ser humano aquí, en esta tierra.

Lluís Roura
Lluís Roura

Cielos intensos, con infinitos matices de azul, amarillo, naranja y rosa; y, de pronto, aparecen en el firmamento grandes nubes oscuras, casi negras, con tonos carmesí y rojos que destacan en sus crestas. Es como si llegaran sangrando o heridas. Pasan deprisa, en silencio, desgarradas y harapientas. Uno tiene la sensación de que vuelven de una batalla que han perdido contra el viento.

Pues bien, amigos míos, todo esto es muy bonito: mucha literatura, pintura, música, mucho arte, muchos sueños. Pero los sueños a veces se convierten en pesadillas. Y si bajamos del Olimpo y ponemos los pies en el suelo, veremos que este viento tiene otra realidad.

La realidad de un viento capaz de destruir en un solo día lo que al campesino le ha costado meses de sudor. He visto, a mediados de junio, media cosecha de trigo esparcida por el suelo. He visto árboles frutales obligados a rendir su fruto antes de que madurara.

Cuando llega la fiesta de la Santa Cruz y la tramontana aparece durante las ferias, no nos hace ningún favor. Se convierte en un demonio cuando, con su aliento, marchita las flores de las cruces de mayo. Y en primavera, cuando esa lluvia tan esperada —una bendición de Dios— cae sobre los sembrados tiernos, la tramontana llega después como un espíritu maligno de las siete plagas de Egipto y lo seca todo.

¿Y los marineros? ¡Ah, los marineros! No les hablen de este viento: cuántos naufragios, cuánto miedo y cuánto sufrimiento.

También hace daño cuando levanta el agua del mar en forma de rocío fino y provoca una corrosión salina que lo quema todo: las plantas, las flores de los jardines y la pintura de las fachadas de las casas junto al mar. Es ahí donde los balcones y las barandillas lloran lágrimas de óxido.

Lluís Roura
Lluís Roura
Lluís Roura
Lluís Roura

Quizá por eso, después de tanta destrucción, de tanto daño a campesinos, pescadores y personas que emocionalmente no la soportan, Carles Fages de Climent escribió uno de los versos más hermosos —o, mejor dicho, una de las oraciones más hermosas— que se han escrito después del padrenuestro: la «Oración al Cristo de la Tramontana».

Sé que todos ustedes se saben estos versos de memoria, pero no puedo resistirme a recitarlos. Quizá no sea muy original terminar la presentación del libro «La tramontana», de Josep Maria Dacosta y Xavier Febrés, con esta estrofa, pero es algo tan nuestro, que llevamos tan dentro, que para la gente del Empordà es nuestro himno, nuestra bandera y nuestra oración:

«Brazos en cruz sobre la madera santa, Señor, proteged los campos cercados y los sembrados, dad el verde justo a nuestros prados y medid la tramontana a la justa medida, para que seque la hierba sin esparcirnos el trigo».

— Carles Fages de Climent, «Oración al Cristo de la Tramontana»
Lluís Roura

Lluís RouraPintor

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Historias de Dalí y Gala en un restaurante

Historias de Salvador Dalí y Gala en el restaurante Duran de Figueres, recogidas por su propietario

Lluís Duran (in memoriam)Empresario. Hotel Restaurante Duran de Figueres

Dalí en nuestro restaurante, y otras anécdotas

Dalí era muy galante con su esposa, Gala, y siempre, antes de comer, le ofrecía sobre la mesa un ramillete de muguete, su flor preferida. Sus platos se basaban en la tradición, la higiene y la salud, por influencia de los años que había pasado en Estados Unidos. Tomaba una sopa de rebanadas de pan seco, ajo, un poco de aceite de oliva, una ramita de tomillo o de menta y, al final, caldo y un huevo crudo, todo bien batido. También tomaba una o dos tazas de gazpacho, pero sin guarnición, o un consomé. Gala solía empezar con un consomé al jerez, «muy frío», aunque tuviera grumos. La cabeza y la pata de ternera hervidas o los pies de cerdo se acompañaban de patatas hervidas y de una salsa verde de aceite de oliva, vinagre y cebolla, pepinillos, alcaparras y huevo duro, todo picado.

También tomaban paella. En cuanto a pescados y mariscos, pedían gambas y cigalas frescas (solo la cola), salmonetes, lenguados, pagel, dorada, sepia, calamares, erizos de mar, mejillones y anchoas. No faltaban las costillas de cordero a la brasa, el filete de ternera con alcachofas, patatas fritas o berenjenas y, si era temporada, con setas (rebozuelos o boletus). También pedían tordos asados, tortilla francesa y butifarra negra con judías.

Gala tenía la costumbre de comer a menudo zanahorias crudas enteras, que según ella eran muy buenas para la salud y la vista, y zumo de alcachofa. También tomaba espinacas frescas aliñadas, en ensalada o como acompañamiento de las carnes. El pescado tenía que ser muy fresco, porque estaban acostumbrados al de Portlligat: sus amigos pescadores, que amarraban delante de su casa, siempre les ofrecían lo mejor. De postre no faltaba la butifarra dulce, un plato muy típico y popular del Empordà todavía hoy. En una sartén casi llena de agua se pone una cucharada de azúcar, canela y piel de limón, y se carameliza. La butifarra se sirve sobre una rebanada de pan frito con el jugo del caramelo. Era una tradición que compartía con sus invitados. Le encantaba el pan tostado con alioli, un manjar ancestral de esta tierra, que dio a conocer a su amiga Amanda Lear, a quien le encantó.

Apreciaban nuestra fruta de temporada bien madura: uva moscatel de Llançà, melón de la marca «18 quilates», sandía, melocotones de viña, albaricoques, higos frescos, nísperos, cerezas, fresitas del bosque, fresones… A menudo le preparábamos una compota de ciruelas hervidas con azúcar que él agradecía, porque le servía de laxante suave, decía. Todo eso lo limpiaba él mismo en la mesa con agua mineral de Vilajuïga, que era la que siempre bebía, pero nunca con cubitos de hielo.

Dibujo de Dalí dedicado a Lluís Duran, 1969
Dibujo de Dalí dedicado a Lluís Duran, 1969

Bebían vino tinto del Castillo de Perelada o de La Rioja. Con una o dos copas tenían suficiente, tanto él como su esposa. Sabía beber muy bien en porrón y, después de las comidas, tomaba un sorbo de garnacha, un vino dulce típico del Empordà. Casi no tomaban café ni licores, y nunca los vi fumar. Terminaba las comidas pidiendo una infusión de menta, que según él era buena para la digestión. Si alguna vez tomaba café, era «para ponerle alas al corazón».

En su casa preparaban grandes ensaladas con embutidos, jamón dulce, longaniza, butifarra negra, aceitunas, anchoas, lechuga y tomate, aliñadas con abundante aceite de oliva. Después, pescado: cigalas, gambas, langostinos, salmonetes o calamares a la plancha o fritos con huevo duro picado y, naturalmente, «suquet de peix» (un guiso de pescado). De carne: pollo o conejo a la brasa con patatas chips, o pollo con ciruelas confitadas. De postre, «taps de Cadaqués», pasteles caseros, crema catalana, queso manchego con miel, fruta fresca, cerezas, nísperos, melón, sandía, higos y más fruta fresca. La miel también le gustaba. Y, para terminar, su infusión de menta. Seguro que había muchas más cosas que solo sabían sus cocineras y que quedaron en la intimidad de su casa. Cuando viajaban, tomaban cosas muy sencillas, como huevos fritos, bistecs y melocotones en almíbar de lata, y pedían que la abrieran en su presencia.

Guardiola cuenta que una vez lo vio comer en un restaurante «escudella i carn d'olla» (el cocido típico catalán), tordos y uvas con miel. En los primeros años en Portlligat, bastante tiempo después de volver de América, ni siquiera tenían agua corriente, solo agua de pozo, y algo salobre. Tampoco tenían electricidad ni teléfono. Muy influido por su estancia en Estados Unidos, insistía en la higiene y en la potabilidad, que en España eran inexistentes. Con los años, y con las mejoras sanitarias, muchas de las manías de Dalí desaparecieron. Pero, por si acaso, su amigo el Sr. Cusí, propietario del agua mineral de Vilajuïga, siempre lo tenía bien abastecido de botellas mientras estaban en Portlligat.

En noviembre de 1947, en Nueva York, imprimió un panfleto, «The Dalí News», que repartió en la acera delante de la galería donde inauguraba una exposición. En él escribió algunas afirmaciones curiosas: «El mejor museo del mundo es el Prado de Madrid; los mejores erizos de mar del mundo son los de Portlligat; el mejor restaurante del mundo es Le Caneton, en París; los mejores callos a la moda de Caen del mundo se comen en Nueva York, en el restaurante Baroque».

Cocina surrealista
Escultura «Cocina surrealista»

En Estados Unidos está prohibida la venta de «casquería» en el mercado, pero aquel local debía de saber dónde encontrarla… Dalí apreciaba los platos sencillos y populares —de «cocina mediterránea», como se diría ahora— que había comido en su juventud, algo austeros, como los de cualquier estudiante.

Y aunque más tarde publicó un libro de gastronomía y vinos, no le entusiasmaban las fantasías gastronómicas, aunque pudiera permitírselas. Añoraba los platos de su juventud. No miraba la carta. Preguntaba a nuestro maître, Quimet Pairó, qué le recomendaba, y se lo comía con confianza. En nuestro restaurante ofrecíamos platos muy apreciados y sofisticados, pero ellos nunca los pedían. Cuando venían con muchos invitados «de poco compromiso», estos consultaban la carta con entusiasmo y, emocionados, empezaban a elegir a su gusto. Pero él intervenía con aire conciliador y le decía al maître: «Para ir más deprisa, ya puede hacer una buena paella para todos». Y, como era él quien invitaba, todos aplaudían la idea. Si los invitados eran pocos, de alto nivel, y quería quedar bien, los dejaba elegir y no hacía ningún comentario. En el postre siempre «insistía» en que sus invitados probaran al menos un trozo de butifarra dulce, de la que siempre hacía propaganda. Como solían ser invitados extranjeros, probaban con cautela un bocadito, pero normalmente les gustaba.

Los Dalí volvieron a España hacia 1948, en pleno apogeo del franquismo. Supongo que los ayudó alguno de sus conocidos (¿el Sr. Miguel Mateu?), ya que Dalí había simpatizado con la República, como muchos de sus íntimos, por ejemplo García Lorca. Sin embargo, a Franco le interesaba políticamente el regreso de muchos personajes ilustres.

Es muy posible que mi padre y Dalí se conocieran de niños. Mi padre era seis años más joven que él, y debieron de coincidir en el colegio de los Hermanos Maristas, donde estudiaron los dos. Estaba a unos cien metros de nuestro restaurante. Según cuentan, a Dalí lo expulsaron por sus constantes excentricidades. Lo vi por primera vez un día que vino a comer con su esposa, Gala, hacia 1949. Yo debía de tener unos ocho años, y me intrigaba aquel personaje pintoresco que llevaba un sombrero tejano. Me reía de sus largos bigotes, de su ropa extravagante y de su indiferencia ante las miradas burlonas de los demás. Aquel día, después del café, cogió un lápiz y dibujó unos garabatos extraños en el mantel blanco. Avisé a mi padre, y me dijo que no me preocupara, que ya lo arreglaría después.

Cocina surrealista
Escultura «Cocina surrealista»

Cuando Dalí se fue, mi padre miró el mantel y dijo que lo lavaran bien. ¡Qué lástima no haberlo guardado! Lo hacía bastante a menudo.

Un día Dalí llegó al restaurante, que estaba muy lleno. En una mesa vio al farmacéutico Gorgot, un amigo de juventud, que comía solo. Le dijo: «Ven conmigo, comeremos juntos y verás cómo nos vamos a divertir». El otro le respondió: «Déjame comer tranquilo, que ya casi he terminado». Dalí insistió, pero el farmacéutico se negó porque, cada vez que comían juntos, Dalí organizaba algún espectáculo. Entonces Dalí se sentó solo en una mesa y pidió un plato de fideos. El camarero se lo sirvió. Cuando tuvo el plato lleno, lo lanzó al aire, en medio del comedor, que estaba lleno de gente. El plato se rompió y salpicó a algunos comensales. Entonces algunos lo reconocieron y empezaron a decir: «¡Es Dalí, es Dalí!», y le pidieron autógrafos. Ya había conseguido la atención que quería. Orgulloso de su «espectáculo», miró a su amigo como diciendo: «Ya te dije que hoy nos íbamos a divertir».

A los cinco o seis años, Dalí era un niño bastante insoportable. Sus padres, los domingos por la tarde, se arreglaban para ir con él al cine o al teatro, y cuando ya estaban todos listos para salir de casa, él decía que «tenía que hacer caca». Volvían a entrar y todos tenían que esperar a que terminara. Así que nunca llegaban a tiempo a los espectáculos. Su padre debía de ser bastante activo sexualmente, porque cuando murió su esposa volvió a casarse a los pocos meses: con su cuñada.

Sin embargo, se aseguró de que su hijo estuviera bien informado sobre las relaciones sexuales y, con discreción, le proporcionaba libros sobre los riesgos de las enfermedades venéreas. Quizá aquellas advertencias insistentes influyeron en su comportamiento sexual posterior. Según sus biógrafos, era impotente.

Cocina surrealista
Escultura «Cocina surrealista»
Cocina surrealista
Escultura «Cocina surrealista»

Una vez, cuando vino a comer, le dijo a mi hermano Juan que fuera un momento a casa de su amigo el fotógrafo Meli, que le haría unas fotos. Mi madre le advirtió discretamente: «Cuidado con estos artistas, que son muy raros; no dejes que te haga hacer nada extraño». Una vez allí, Dalí le hizo quitarse la camisa y, con el torso desnudo y los brazos extendidos, le hicieron varias fotos. Más tarde le contó que las había utilizado para pintarlo en el cuadro «El sacramento de la última cena», que hoy está en la National Gallery of Art de Washington. Efectivamente, su torso desnudo aparece en él, suspendido en el aire sobre Jesús y los apóstoles. Dicen que los apóstoles eran pescadores de Portlligat, y que se reconocieron.

Cuando venía a Figueres, teníamos orden de pagar todas las facturas de las tiendas donde compraba algo, porque Gala le prohibía llevar dinero. Tanto él como Gala decían a los comerciantes que llevaran las facturas al restaurante, y nosotros las pagábamos. Al final del verano venía Gala, me pedía todos los tiques, los sumaba y firmaba un cheque por el total. Solía revisar las facturas con atención, sobre todo si había un importe considerable. El año que Amanda Lear pasó sola las vacaciones en su casa, la cuenta subió bastante más, porque ella compraba —o Dalí le regalaba— artículos de lujo, como bolsos de piel de cocodrilo, etc. A Gala no se le pasó por alto aquel importe tan alto.

Aunque no pareció importarle, me preguntó por aquellos «gastos anormales». Al final pagó, sin más comentarios. A pesar de todo lo que gastaba Dalí —sobre todo en banquetes, comidas e invitaciones en nuestra casa—, siempre lo dejaba todo pagado. Algo bastante raro entre artistas. No llevaba dinero porque —decía— era «como el Rey y el Papa», que tampoco llevan. Era muy tranquilo y perezoso, y dejaba la cuestión económica a Gala, que disfrutaba con ella. No es que el dinero no le importara —sí que le importaba, sobre todo en su juventud—, pero, una vez alcanzadas la fama y la fortuna, sabía que con unas cuantas pinceladas podía conseguir lo que quisiera. Además, en sus viajes al extranjero no tenía ni idea de los billetes o monedas que manejaba ni del cambio que le daban, y temía que lo engañaran: por eso dejaba esa tarea a su esposa.

La siesta creativa
Escultura «La siesta creativa»

Un día pasó por delante de la conocida casa de modas Estévez, de la que era buen cliente, y vio que estaban montando el escaparate. Entró y les pidió que le prestaran cuatro maniquíes para aquella noche, porque cenaría en nuestro restaurante. Nos los trajeron y nos explicaron las instrucciones de Dalí. Teníamos que vestirlos adecuadamente y colocarlos sentados a la mesa que había reservado, esperando su llegada. Llegó y se sentó a cenar, impasible, rodeado de maniquíes. Y entonces comentó: «Nunca me ha gustado comer solo».

Un año, en junio, cenábamos en nuestro Celler. Era el día de San Pablo, el santo de su amigo y pintor Pablo Picasso. Dalí nos pidió una postal «típica española» con una andaluza bordada y lentejuelas pegadas, para enviársela a Picasso a su casa de Mougins, en la Costa Azul. Cada año le enviaba la misma felicitación con el mismo texto: «Pel juliol, ni dona ni cargol» (en julio, ni mujer ni caracol), un refrán popular catalán. La firmaban Gala, Amanda Lear, Dalí y otros. Picasso ni las abría ni las leía. A veces, cuando invitaba a cenar en el Celler, nos mandaba al barrio gitano a contratar a unos cuantos para que vinieran a bailar flamenco: guitarristas, cantaores, bailaores… Montaban un festival flamenco ensordecedor, con mucho taconeo y mucho ruido. A Dalí le gustaba así: improvisado y bastante malo.

Amanda Lear era actriz, cantante (travesti o no), musa y amiga de Dalí. A veces el capitán Moore la convencía para que hiciera un estriptis en el salón del hotel. En aquella época eso estaba totalmente prohibido y podía provocar un escándalo enorme en la ciudad. Al final se hacía, pero con Amanda detrás de un biombo y unos focos que marcaban su sombra, de modo que todo quedaba muy descafeinado.

La metamorfosis de Dalí
Escultura «La metamorfosis de Dalí»

En las últimas semanas de su vida, cuando Dalí ya estaba muy enfermo, su hermana Anna Maria se alojó unos días en nuestro hotel para estar cerca de la Torre Galatea, con la intención de visitarlo. Pero cada vez que iba, los encargados de las visitas le ponían cualquier excusa, y volvía al hotel indignada por no haber podido verlo. «Parece que lo tengan secuestrado», comentaba, muy triste y llorando. Mi madre hizo varias gestiones ante las autoridades locales para conseguirlo, pero fue inútil. Anna Maria se lo contó a una íntima amiga suya, la Sra. Roser Vilar, que le aconsejó entrar con decisión, sin hacer caso a nadie, y que, si intentaban impedírselo, amenazara con llamar a la policía. Fue, y se encontró con la misma oposición de todos los días, pero entró en la habitación con tanta decisión que nadie se atrevió a detenerla. La Sra. Vilar me explicó después que Anna Maria le había contado que, estando los dos hermanos a solas, Dalí se mostró muy cariñoso con ella. Le dijo que ahora estaban tranquilos —Gala ya había muerto, y con Anna nunca habían sido muy amigas—, que estaba muy enfermo y casi sin fuerzas para disfrutar de aquellos momentos agradables que siempre había anhelado. Laia Bas Dalí, hija de su sobrina y la única de la familia que aún lleva el apellido Dalí, me contó que algo parecido le ocurrió en la clínica de Barcelona cuando el artista estuvo ingresado por las quemaduras que sufrió en el incendio de Púbol. Laia contaba que Anna Maria intentó verlo, pero un policía le impidió el paso. Con la ayuda de las monjas que lo cuidaban, y junto con Anna Maria, cuando el policía no estaba, consiguieron verlo.

Un día Dalí le dijo a mi padre: «Lluís, tendrías que acompañarme a visitar la Torre Basca». Era un burdel instalado en una villa con jardín, a un kilómetro del hotel, con fama de local elegante. Mi padre se vio en un compromiso: temía que se enterara toda Figueres. Tuvo una idea: pidió a un amigo suyo, Rafael G., soltero y vividor, buen conocedor de la vida nocturna, que acompañara a Dalí. Y el amigo se ofreció encantado. En una de esas salidas los acompañó mi hermano Juan. También se apuntó el fotógrafo francés Willi Rizzo. A la mañana siguiente, mi padre le preguntó a Rafael cómo había ido la noche. Le respondió: «Nunca más lo acompañaré. Está completamente loco. Les dijo a las chicas que se desnudaran y desfilaran delante de él, y con el bastón les hacía cosquillas en el pubis mientras con la otra mano se masturbaba. Allí todos se reían de él, y a mí me daba vergüenza lo que hacía». Dalí fue allí otras veces con su amigo el fotógrafo Meli. Pedía a las chicas que se pusieran de espaldas y se levantaran la falda, y les fotografiaba las nalgas.

Cuando se convirtió en cliente habitual del restaurante, nos regaló varios de sus bellos dibujos. Pero a mi padre le habría gustado tener un óleo suyo —pagándolo, por supuesto—, y se lo comentó a Gala.

—Usted no tiene dinero suficiente para comprarlo.

—Bueno, pero ¿cuánto me costaría? Quizá podría…

—No insista, no tiene dinero suficiente para comprarlo.

Y así, siempre lo mismo. Nunca llegó a saber cuánto podía costar un cuadro de Dalí.

Según un amigo de la familia, hubo una época en que las relaciones de Dalí con su padre y su hermana, por la herencia, fueron bastante tensas. Reclamó sin éxito algunos cuadros que había pintado de niño y que estaban en la casa familiar. Muy irritado por la negativa, insultó a su padre en una carta en la que le decía que no quería saber nada más de él y que le devolvía todo lo que le había dado. La carta estaba manchada con su semen. Pero, con el tiempo, la tensión se calmó. El padre llegó a sentirse secretamente orgulloso de su hijo por sus éxitos en Norteamérica, y seguía las críticas cada vez más favorables que su hijo le enviaba de la prensa, que guardaba con cuidado. Incluso se las enseñaba a sus íntimos, según me explicó mi amiga la pintora Roser Vilar.

Un año, por Navidad, La Vanguardia publicó en portada y, por primera vez, a todo color el cuadro de Dalí «La Ascensión de la Virgen María». El rostro de la Virgen era, naturalmente, el de Gala. Anna Maria Dalí aprovechó la ocasión con ironía. Envió algunas de aquellas portadas a sus amigos como felicitación navideña, con una nota que decía: «Ahora sí que estaremos bien, / que, si Gala va al cielo, / también iremos nosotros».

Un verano, los Dalí decidieron rodar una película en Portlligat con el director francés Jean-Christophe Averty. En pleno mes de agosto pretendían simular una tormenta de nieve con plumón de oca, un ave escasa en la comarca.

Dalí exigió dos camiones llenos. No tenía ni idea de lo que pedía ni de cómo resolverlo. Llamó con urgencia a mi padre y le suplicó que hiciera todo lo posible por conseguir uno o dos camiones de plumón de oca. Tras días de buscar por las masías y de reventar cojines y colchones, solo se consiguieron unos cuantos sacos. Al empezar el rodaje, en la playa de Portlligat, delante de la casa de Dalí, se abrieron algunos sacos mientras unos grandes ventiladores agitaban las plumas: un éxito. Pero durante varios años hubo plumas por toda la playa, y los bañistas salían del agua con ellas pegadas por todas partes. Al cabo de un tiempo, Dalí organizó una cena. Recordando que aún le quedaban sacos de plumón, quiso repetir la «nevada». Acabó igual de mal. Los invitados no pudieron comer nada, porque todo —las bandejas de canapés y pastas, los pasteles y las copas de champán— quedó cubierto de plumón.

Piñeiro, el arquitecto que diseñó la atrevida cúpula del Museo, era muy buen amigo de Dalí. Un día fue a visitarlo a Portlligat y le enseñó su flamante Ferrari. Dalí se quedó impresionado y preocupado, porque sabía que a Piñeiro le encantaba la velocidad. El arquitecto le dijo que iba enseguida a Montecarlo a recoger un premio que le habían concedido. Dalí le hizo una cruz en la frente con el pulgar, como diciendo «que Dios te acompañe». No había pasado una semana cuando Piñeiro murió en un accidente de tráfico.

Yo estuve presente en las conversaciones de los implicados en el proyecto del Museo, porque hablaban de ello durante las comidas en nuestro restaurante.

El capitán Moore, el secretario más importante y honrado de Dalí, poseía algunas obras suyas; y, junto con el fotógrafo Meli, que también tenía muchas imágenes inéditas del pintor y de mi padre, propusieron hacer con todo ello una exposición permanente en Figueres. Fueron a ver al abogado Vallès, que redactó un documento de compromiso, y los tres lo firmaron para formalizar la idea. Durante las comidas en el restaurante, Dalí, junto con Gala, escuchaba con atención los detalles del proyecto e incluso daba algún consejo.

El proyecto avanzaba poco a poco. Hacía falta un local, había que calcular los gastos, etc. Le preguntaron si les prestaría uno de sus cuadros, y no puso ninguna objeción. Pero estaba algo preocupado al ver las pocas obras que tenían, y empezó a ridiculizarlos, hasta que alguien, medio en broma, dijo: «Pues ¿por qué no lo hace usted mismo, con todos los cuadros que debe de tener?». No era mala idea: lo tenía todo. Inspirado, se levantó y dijo solemnemente: «Haré el Museo Dalí aquí, en mi ciudad de Figueres, con los cuadros que tengo». Los presentes se quedaron completamente atónitos. Pero ¿de dónde sacarían el dinero para el edificio? El alcalde de Figueres, el Sr. Ramon Guardiola, que estaba allí, tuvo una idea brillante: podía elegir el edificio de la ciudad que quisiera, y el resto lo pagaría el Ayuntamiento. El reto era enorme. Había que darlo todo.

A partir de entonces se acabaron las bromas y aquellas comidas se convirtieron en reuniones de trabajo. Dalí salía entusiasmado; Gala, no muy convencida, y los demás, fascinados por aquel sueño que parecía imposible. El Sr. Guardiola, mi padre —entonces teniente de alcalde—, Meli, el capitán Moore y muchos ciudadanos estaban convencidos de que tener un Museo Dalí era lo más importante que le podía pasar a nuestra ciudad. Muchas otras personas, sobre todo del Ayuntamiento, fueron también decisivas para llevar a cabo el proyecto. No recuerdo sus nombres, pero merecerían una placa de homenaje. La hija del alcalde Guardiola me explicó que su padre pasó momentos muy difíciles. Temía que el Estado no prestara el dinero para el museo.

El capitán Moore y mi padre le dijeron que no se desesperara, que en ese caso ellos le prestarían el dinero. Lo más importante era que Dalí se comprometiera a prestar los cuadros. Del resto se encargarían ellos. Figueres no podía dejar escapar esta oportunidad única. En aquella época mi padre tenía alquilado el Hotel París, en el centro de la ciudad, y pensó que ese edificio podría albergar el museo. Más tarde se instaló allí el Museo del Juguete de Cataluña, de mi gran amigo J. M. Joan, uno de los mejores del mundo.

Estos son algunos de los menús que preparamos para los banquetes que Dalí nos encargó:

Cena de homenaje a Salvador y Gala Dalí de sus amigosGazpacho cortijeroLomo de cerdo con judías secasBogavante con pollo a la manera de PortlligatButifarra dulce del EmpordàFlaones de San PabloVinos y champán de PereladaCafé y licores

Servido por el Restaurante Duran de Figueres el 12 de agosto de 1961. Servimos esta cena, para unos doscientos cincuenta invitados, en el patio del instituto donde Dalí estudió el bachillerato; la organizaron sus compañeros de clase, sus amigos y las autoridades. Por la tarde, a las cinco, se celebró una corrida de toros en honor del pintor y de su esposa, organizada por el empresario taurino Mario Gelart.

Dalí tuvo el capricho de que un helicóptero llevara a Portlligat el último toro muerto en la plaza. Contactamos con la base aérea militar, donde estaban los únicos helicópteros de la época, pero se negaron a prestarlos para semejante tontería. Una empresa privada de Montpellier estaba dispuesta, pero el Gobierno español no autorizó que el aparato cruzara la frontera. Al final, el proyecto se anuló por el fuerte viento.

Mientras todos los invitados esperaban para empezar la cena de homenaje, Dalí y Gala descansaban tranquilamente en la cama de nuestro hotel. Como tenían hambre, se hicieron servir allí un buen plato de butifarra negra con judías secas. Cuando terminaron, bajaron a cenar con los demás.

Otro menú:

A Salvador y Gala Dalí con motivo de la inauguración del Museo Dalí de FigueresSopa de ajo con huevo a la brasa · Rosado del EmpordàLubina flambeada al hinojo · Blanco de PereladaChuleta de ternera del Empordà a la antigua · Champán PereladaHelado de frambuesaPastel ampurdanésBomba sorpresaCafé, coñacs y licores

(Servido en el Restaurante Duran de Figueres el 13 de noviembre de 1970).

Cuando Dalí empezó a enfermar, se quejaba de que, a pesar de su fortuna, «era el hombre más pobre del mundo», porque no tenía dinero ni para calcetines y tenía que pedírselo a la Fundación, que administraba su capital. También se decía que le cambiaban a menudo las enfermeras para que no se encariñara demasiado con ellas ni les hiciera demasiadas confidencias.

En el primer gobierno democrático, el Partido Socialista ganó en Figueres y aprobó cambiar el nomenclátor del régimen anterior. La «Plaza de Salvador y Gala Dalí», que durante el mandato del alcalde Guardiola se había dedicado al artista y a su esposa, pasó a llamarse «Plaça del Peix» (plaza del Pescado), por el mercado que se celebraba allí. Aquel cambio absurdo fue una gran ofensa para los Dalí, y se decía que, indignados, se llevarían el Museo y los cuadros de Figueres. El figuerense Met Miravitlles, del Partido Socialista de Cataluña y consejero de la Generalitat en tiempos de Companys, gran amigo de Dalí, al que había ayudado durante su exilio, llamó a mi padre para preguntarle «si en Figueres estábamos locos», y le dijo que debíamos organizar de inmediato un acto popular de desagravio y devolver el nombre a la plaza, porque los Dalí «estaban muy irritados y eran capaces de cualquier barbaridad». El Sr. Sabater, entonces secretario de Dalí, dijo también que se irían de España y se llevarían todos los cuadros. La ciudad organizó una recogida masiva de firmas como desagravio. Más tarde me aseguraron que fue el propio presidente de la Generalitat, el Sr. Tarradellas, quien ordenó que se restituyera el nombre de la plaza.

Pocos días después, el matrimonio Tarradellas invitó personalmente a los Dalí a comer en el Palau de la Generalitat, como desagravio. Se decía que Dalí había ayudado a Tarradellas regalándole algunas obras cuando estaba exiliado en Francia.

Gala siempre decía, y no sin razón, que el Museo no era digno de Figueres, sino de una gran capital, como Madrid, París, Londres o Nueva York. Eso animó a los especuladores, deseosos de tener más a su alcance la herencia de Dalí, a hacer campaña contra nuestra ciudad. Ya hemos visto después lo que pasó con toda la herencia de Dalí. El ministro de Cultura, el abogado Doménech, pariente de Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, vino a hacer gestiones y empezó a cambiarlo todo según sus intereses. El Estado tenía a Dalí intimidado y le recordaba «muy sutilmente» que nunca había pagado impuestos, de modo que podían conseguir de él lo que quisieran.

En 1925, los amigos figuerenses de Dalí organizaron un espléndido banquete en honor de sus éxitos en Madrid. El original de este menú se encontró entre las cartas que envió a su gran amigo, el poeta García Lorca, y que conserva su familia. Es muy probable, pues, que él también asistiera.

MenúBrou amb tassa (caldo en taza)Ous a la crema (huevos a la crema)Bouillabaisse (sopa de pescado)Vedella amb rovellons (ternera con níscalos)Carn freda variada (fiambres variados)Pollastre rostit (pollo asado)Crema a la vainillaVins (vinos) · Xampany (champán)

Figueres, 5 de diciembre de 1925. Se sirvió en el Restaurante Gifre (más tarde Can Roca, en la calle Joan Maragall).

Una vez, después de la muerte de Dalí, el violinista de jazz Stéphane Grappelli (que había tocado con Yehudi Menuhin) vino al restaurante acompañado de dos jóvenes. Yo sabía que daba un concierto importante cerca de Barcelona, pero, por curiosidad, le pregunté qué le traía a Figueres, y me respondió: «He venido expresamente a visitar el Museo de mi amigo Dalí, a quien admiro y aprecio mucho. Una vez estaba comiendo en el famoso restaurante Lasserre de París y entró Dalí con otras personas; al verme, se acercó a mi mesa, me saludó con mucho afecto y tuvimos una conversación muy agradable. Siempre he recordado aquella amabilidad que tuvo conmigo». Y continuó: «Para el concierto teníamos que tomar el avión de París a Barcelona, pero preferimos la ruta París-Perpiñán, para detenernos aquí y visitar su Museo, porque admiro mucho su pintura y su personalidad».

Se ha hablado mucho de la amarga relación del matrimonio Dalí al final de sus vidas. En mi opinión, Gala, que era diez años mayor, mostró signos de senilidad mucho antes que él. Recogía hippies por la calle y se los llevaba a su casa. Dicen que les hacía lavarse y luego los invitaba a comer y a dormir, y que era cariñosa y espléndida con ellos. Aquello debía de ser terrible para Dalí, que, todavía en plenas facultades por ser más joven, era muy maniático con la promiscuidad y la higiene.

Quizá por eso regaló a Gala el castillo de Púbol: para tenerla lejos y dejar que hiciera lo que quisiera. Mi padre, que había ayudado al pintor a encontrar aquella finca, le preguntó para qué la quería, con lo bien que estaban en Portlligat, y Dalí le respondió: «Para pintar más tranquilo. Además, para entrar allí tengo que pedir a Gala permiso por escrito con un día de antelación». Ya habían tenido varios altercados propios de la vejez. Fue muy conocido el del Hotel Le Meurice de París. Se pelearon como niños, y se dice que Gala se rompió una costilla. Parece que le gustaba mucho el juego y, con la edad, la situación empeoró: gastaba mucho dinero en los casinos, lo que sacaba de quicio a Dalí, porque le recordaba lo que su padre le había dicho de pequeño: «Morirás arruinado, debajo de un puente».

Un día, el famoso poeta catalán J. V. Foix, que había sido muy buen amigo de Dalí en su juventud en Barcelona, fue invitado a pasar el día en Cadaqués. Foix llevaba un libro de reproducciones del pintor con la intención de que se lo dedicara:

—Dalí, ¿me podría dedicar este libro suyo que he traído?

Y Dalí se dirige a Gala, que está en la cocina, y le pregunta con sarcasmo:

—Gala, Foix me pide que le dedique un libro mío que ha traído. ¿Cuánto le cobro?

—Pídele cincuenta dólares.

Dalí le dice a Foix:

—Ya lo ha oído: son cincuenta dólares.

Y Foix responde:

—Lo siento, pero ahora no los llevo.

Así que el pobre hombre tuvo que marcharse sin la dedicatoria.

En una ocasión reunimos en nuestro Celler a bastantes invitados importantes: Dalí, el escritor Josep Pla —fue una de las pocas veces que comieron juntos—, su gran editor parisino Argilet con su sobrina; el capitán Moore y su esposa; Pablito, el conocido reportero… Y acompañando a Pla estaba Ramon Sala, de Castellfollit, empresario industrial, destacado político catalanista y diputado en Cortes. De una entrevista en el Diari de Girona (10-03-04) transcribo literalmente:

—Sr. Sala, esta semana se han inaugurado los actos del Año Dalí. ¿Qué recuerdos tiene de Dalí?

—Lo conocí bastante, gracias a Pla. Lo admiraba como el mejor dibujante del mundo, pero a menudo salía alguna ironía en sus conversaciones. Un día, en el Hotel Duran de Figueres, comiendo con otros personajes, coincidieron Dalí y Pla. Cuando llegué con Pla, vimos a una joven muy guapa al lado de Dalí, la sobrina del editor Argilet. Dalí le había colgado de las orejas dos cerezas unidas. A Pla aquello le pareció una «collonada» (una tontería), pero al cabo de un rato preguntó quién era la chica. Dalí le dijo que tenía unas nalgas en forma de pera, que son las más bonitas de pintar. Hasta aquí, todo bien. Pero, en el postre, Dalí se acercó a la joven como si quisiera besarla y, en lugar de eso, dio un mordisco a las cerezas que le colgaban de las orejas. Pla le dijo: «Hombre, Salvadoret, haces unas tonterías que no llevan a ninguna parte. ¿Qué es esto? Tiene un aire simbólico y erótico…, en ti, que dicen que eres impotente desde los quince años…». Dalí se quedó tranquilo y le dijo que no hiciera caso de los rumores: «De ti, Pla, también dicen que eres un mujeriego…». Pla tampoco se inmutó, y respondió que, cuando quería un buen traje, iba a un buen sastre; cuando quería unos buenos zapatos, iba a una buena zapatería, y cuando quería buen sexo, iba a un buen sitio.

Al comienzo de la Guerra Civil, el padre de Dalí y su hija estaban en Cadaqués. Los miembros del comité antifascista del pueblo retuvieron a la hija en su local. Amenazaron con torturarla y abusar de ella si el padre no los ayudaba económicamente. Para los Dalí fue una gran decepción, porque siempre habían sido republicanos y de izquierdas. Eso también debió de influir en Salvador Dalí, que no tardó en volver a su tierra pese a las críticas de muchos intelectuales que lo conocían.

Casas con galerías, hacia 1920
Casas con galerías, hacia 1920

En el verano de 2007 me alojaba en un hotel de Madrid. Don José Luis Aguilar Notario me explicó que, a principios de los años treinta, su madre, Concepción Notario, era el ama de llaves de la familia de Juan de la Cierva (el inventor del autogiro). Uno de aquellos veranos pasaron las vacaciones en Cadaqués, y Dalí trabó amistad con los De la Cierva. Pintó un cuadro de una mujer que mira por la ventana, de espaldas, y la Sra. Notario decía que la modelo era una de las hijas de aquella familia. Dalí pintó algunos cuadros de mujeres a las que no se les ve la cara, así que no sabemos cuál podría ser.

Conocí a unas señoras catalanas de origen austríaco que viven en Nueva York y que recordaban cuando Dalí y Gala llegaron allí por primera vez, hacia 1940. Se alojaron en un hotel sencillo, el Brittany, en la calle 10, entre University Place y Broadway. Frecuentaban un famoso local nocturno, el Morocco. El Brittany no era el lujoso St. Regis, al que se trasladaron más tarde, ya famosos.

La compañía Air India encargó a Dalí un cartel para anunciar sus servicios. Como regalo, le dieron un elefante «pequeño» —unos doscientos cincuenta kilos de nada— que ya podía alimentarse de hierba. Aquel día, el 22 de septiembre de 1967, estaban invitados a un banquete en nuestro restaurante. El menú, para unas cien personas, fue:

MenúMelón con jamón de Maçanet de Cabrenys · Vino blanco de PereladaPescados y mariscos de Portlligat · Vino tinto de PereladaCordero de Can Xicu a l'ast · Champán PereladaTrufas del Pirineo · Aguardientes y licoresLa Montanyeta en llamas y frutas sorpresaCafé y puros

Un camión dejó al elefantito en el jardín de Portlligat. A la mañana siguiente, el matrimonio Dalí fue a ver a su nuevo huésped, que, hambriento, se había comido todo el jardín: rosas, lirios, geranios… Todo lo que había. Cada día tenían que ir al mercado de Figueres a buscar cajas y más cajas de verduras y lechugas para mantenerlo. Una auténtica ruina. Cundió el pánico. Se hicieron gestiones rápidas con todos los zoológicos del país. Al final, después de mucho esfuerzo, consiguieron colocar al elefantito en el de Valencia.

Dibujo de Salvador Dalí
Dibujo de Salvador Dalí

Lluís Duran (in memoriam)Empresario. Hotel Restaurante Duran de Figueres

Quim Hereu · «Sant Ponç i les xinxes»
Quim Hereu · «Sant Ponç i les xinxes»

Conversación con el Dr. Narcís Bardalet, pediatra y forense, sobre la personalidad de Salvador Dalí

Por Carles Mallart i Figueres

—Yo conozco el entorno de Dalí, y conozco anécdotas suyas. Y es que, para juzgar la conducta humana, para catalogar a una persona, tienes que observar su conducta. Del maestro Dalí no se puede entender la personalidad, el temperamento, el carácter —los rasgos generales de la personalidad— sin remontarnos incluso a hechos ocurridos antes de su nacimiento. Dalí es un personaje único, irrepetible. Vaya, que ni hecho en un laboratorio habría salido tan bien. Es universal.

—¿Cómo explicarías, Narcís, estas afirmaciones?

—Carles, esto —como todo— tiene una razón. Dalí nace en una familia de Figueres con una buena situación económica. El padre ejerce de notario, y aquella casa, además de acomodada, está bien considerada socialmente. La familia tenía, efectivamente, prestigio, y hay que remarcar que no habían pasado miserias. Pero sucedió que el notario Dalí y su mujer, la señora Domènech, tuvieron un primer hijo que se les murió. Se llamaba Salvador Dalí i Domènech, es decir, llevaba el nombre y los apellidos que el maestro Dalí acabaría asumiendo. Aquel niño murió cuando tenía entre uno y dos años. Apenas debía de empezar a hablar y, evidentemente, aún no había sido escolarizado, ya que en aquella época, a principios de 1900, no había guarderías, y menos aún para niños tan pequeños.

El Dr. Narcís Bardalet y Carles Mallart junto a la Petjada de Sant Narcís
El Dr. Narcís Bardalet y Carles Mallart junto a la Petjada de Sant Narcís
Marc Mallart, Aleix Adam, el Dr. Narcís Bardalet, Tura Soler y Carles Mallart, de izquierda a derecha, en la subida a la catedral de Girona
Marc Mallart, Aleix Adam, el Dr. Narcís Bardalet, Tura Soler y Carles Mallart, de izquierda a derecha, en la subida a la catedral de Girona

La muerte de esta criatura causa un gran trastorno en la familia. Pero entonces nace un segundo hijo, el Salvador Dalí i Domènech pintor, al que hemos conocido y de cuya compañía, por supuesto, hemos disfrutado. Desde muy pequeño, el padre empieza a hacerle reflexiones muy potentes, le enseña libros de medicina y le insiste en que, sobre todo, vaya con cuidado con las mujeres, porque pueden contagiarle enfermedades venéreas, de pronóstico grave en aquella época. De hecho, todo parecería indicar que el primer hijo murió de un cuadro infeccioso nada extraño en aquellos años. No había métodos ni diagnósticos basados en análisis, y menos aún tratamientos antibióticos, y no sería impensable que hubiera muerto de una infección relacionada con la vida sexual de su progenitor, como la sífilis congénita o la gonorrea… Parece que el padre de Dalí era un hombre mujeriego, que iba con muchas mujeres, y que probablemente habría transmitido alguna infección congénita a su primer hijo.

Programa oficial de las Ferias y Fiestas de San Narciso, Gerona, 1947
Programa oficial de las Ferias y Fiestas de San Narciso, Gerona, 1947

La familia vivía en Figueres, pero pasaba los veranos en Cadaqués; entonces, no en Portlligat.

Salvador Dalí, cuando tenía seis o siete años, se relacionaba con niños de otras familias acomodadas, sobre todo de Barcelona. Samitier, que de mayor fue un gran jugador del Barça, había sido amigo de Dalí en la infancia, durante aquellos veranos en Cadaqués, y le había inculcado la afición al fútbol. De hecho, al joven Salvador le hacía gracia aquel deporte. Su amigo Samitier le regaló unos guantes de portero, una posición defensiva que Dalí practicaba. Y en sus primeros cuadros, curiosamente, aparecen unos caballitos de feria con los colores blanco y azul, los de la Unió Esportiva Figueres. El mundo del fútbol, pues, no le era ajeno a Dalí, y lo demostró no solo con aquellas pinturas, sino con el cuadro que regaló a la junta de la Unió Esportiva Sant Andreu, de Barcelona. No sabemos cuál fue el destino final de aquella obra, y probablemente nunca lo sabremos.

Volviendo a la influencia del padre: compró a su hijo unos libros con fotos de enfermedades venéreas, de enfermos con sífilis, gonorrea… No sé hasta qué punto este hecho —de resonancias casi diría psicoanalíticas— proyectó en el joven Dalí los recelos con que acompañaba sus consejos. «Ten cuidado con las mujeres, que te pueden pasar microbios y destrozarte la vida». Todo esto, el padre ya se lo decía de muy pequeño, de tal manera que Dalí desarrolla una especie de fobia a todo lo relacionado con las prácticas sexuales, algo que lo marcó para toda la vida. El niño coge miedos. Su padre, continuamente, le dice y le repite «que viene el hombre del saco, que viene el hombre del saco», y que tenga mucho cuidado con el hombre que lleva un saco y se lleva a los niños pequeños que encuentra por la calle… Todo ello, naturalmente, acaba con que cuando ves a un payés con un saco te entra el pánico y sales corriendo.

Nos encontramos, pues, ante un hecho crucial: Dalí tiene una fobia terrible a las relaciones sexuales, por aquella prevención con que su padre lo marcó para siempre. Eso condiciona toda su sensualidad, y los cuadros de Dalí están hipersensualizados. Y en una cantidad importante de obras —tanto pinturas como esculturas— incorpora el sexo. Es un aspecto humano que Dalí no tiene resuelto. Más aún: es una completa fobia al sexo.

Al ir creciendo, su personalidad incluye esta faceta, que lleva asociado el miedo al contagio de alguna enfermedad y a un desenlace fatal, como el de su hermano. Porque Dalí se vuelve hipocondríaco: «¿Y esta enfermedad cómo se coge? ¿Y qué me podría pasar? ¿Y cómo te recuperas?»… De ahí la abundancia de conceptos médicos en su pensamiento en general, como el método paranoico-crítico, el interés por la genética —que entonces estaba en mantillas— e incluso en los títulos de algunas obras, como El gran masturbador, que expresa sexo sin contacto, porque el contacto físico le produce pánico. Y eso es un componente inherente a su personaje, inimitable, que no se habría podido diseñar ni con la inteligencia artificial, ahora que está tan de moda.

Y era una persona extremadamente inteligente. Mira, Carles, si llegaba a serlo, que salió airoso de todos los malos tragos. Consiguió incluso no pagar nunca a Hacienda, algo impensable hoy en día.

Él siempre decía: «Ya lo encontraremos al final». Y se salió con la suya. Mira si era inteligente, que consiguió que le hicieran un museo en un teatro en el centro de Figueres, pagando los demás. Dalí vivía en la Torre Galatea, pasaba temporadas en Cadaqués —sobre todo en Portlligat— y tenía unas obsesiones muy especiales, como por ejemplo los huevos —«cuando salí del huevo», decía—. Y luego están sus imágenes icónicas: las hormigas, las moscas, los relojes blandos, los elefantes de patas largas… Hizo suyo su propio personaje, absolutamente inédito. Pero, ojo: Dalí estaba muy seguro de sí mismo.

—Narcís, ¿cómo encaja que tuviera tantos miedos, por un lado, y que a la vez estuviera tan seguro de sí mismo?

—Mira, Carles: por ejemplo, yo puedo estar muy seguro de mí mismo y tener mucho miedo a subir a un avión, ¿lo entiendes? Él había visto aquellas imágenes que su padre le había inculcado —que si te puedes morir, que si esto y aquello— y al final las hizo suyas. Dalí, en cuanto se encontraba un poco mal, ya llamaba al médico. Estaba exageradamente seguro de sí mismo. Era único, universal, irrepetible, increíble…

—Narcís, yo, de pequeño, tenía mucho miedo al viento, a la tramontana. Para mí era terrible. Me veía muerto. Pero cuando me hice mayor aquel miedo se fue desvaneciendo, y ahora ha desaparecido por completo. La tramontana no me hace nada. Quizá —y no me comparo con él— a Dalí, con la edad, los miedos también le desaparecieron o se le redujeron notablemente…

—Podría ser. Lo que es seguro es que Dalí tenía sentimientos. Los últimos días de su vida siempre preguntaba por Lorca, y mucha gente de fuera pensaba que se refería a García Lorca. ¡Nada de eso! Se refería a Marià Lorca (e. p. d.), fallecido hace muy poco, alcalde de Figueres en aquellos momentos. Hay que aclarar este punto.

En cambio, en un examen en Madrid, ante el tribunal de la época, le pidieron que explicara quién fue el pintor y escultor Miguel Ángel, que se dice pronto. En lugar de comentar la vida y la obra de Miguel Ángel, Dalí responde: «Yo a ustedes no tengo que explicarles nada, porque yo sé más que todos ustedes…». Evidentemente, la réplica del tribunal fue «¡Expulsado!», y lo echaron de la Academia de Bellas Artes. Él se marchó tan tranquilo. Alguien dijo que era —y es cierto— un provocador, un gran provocador. Le gustaba serlo. Era un provocador nato. Si se le ocurría ir a Nueva York con una barretina roja, pues iba. Cada día de su vida era un espectáculo continuo. Se ponía alpargatas de cintas de payés, y se paseaba tan tranquilo. Era un provocador permanente, con un arrebato impresionante.

—Sabía hacer convivir la genialidad y el personaje que él mismo se había creado, pues…

—Como era un provocador y eso le iba bien, pues ¡viva la Pepa! Decía que quería ser el primer español en ver salir el sol, y por eso se iba al cabo de Creus a ver el amanecer. Tiene esas ideas geniales que solo puede tener un genio.

—Pero, Narcís, si era tan provocador como cuentas, ¿no resultaba un poco demasiado molesto?

—No, Carles, porque él era su propio personaje, creado por él. A mucha gente ya le gustaba ver sus barbaridades. Y, sobre todo, que quede claro: no estaba loco ni era tonto.

—Dalí podía decir cosas tan alucinantes como que el centro del universo es la estación de Perpiñán. Y se quedaba tan tranquilo después de semejante afirmación. Como cuando pintaba aquellos cuadros con un bote de nata y la esparcía con un pequeño compresor, imagínate. Y va y le echa nata en la cara a un periodista que andaba por allí. Y a otra chica le echa harina en la cara. Los genios tienen eso: el arrebato, la originalidad… Él, a medida que va creciendo y se va haciendo mayor, se da cuenta de que todo eso le resulta rentable y de que es la mejor publicidad —la mejor autopropaganda— que puede hacerse. Aunque no le hace falta propaganda.

—Carles, en el mundo hay tres tipos de bigote: el de Hitler, que es como un cepillo; el de Pancho Villa, que mira hacia abajo, y el de Dalí, que marca las diez y diez. Él se ponía una pasta en la punta del bigote cada noche: arrebato puro y permanente. Queda acreditado en aquellos papeles que te dio Lluís Duran (e. p. d.) con el ruego de que los publicaras, ya hace unos años.

—El arrebato, la barbaridad continuada. Además de pintor brillante, Dalí también escribió un libro. Sí, Narcís, he tenido una copia en las manos. Está hecho a mano. Nada de imprenta. Es extraordinario. Los derechos son del Ayuntamiento de Girona, que compró toda la colección de documentos, cuadros, pinturas, escritos… Sería bueno, Narcís, ver algún día la edición de este libro al alcance de todo el mundo.

Dalí también diseñó joyas, y con mucho acierto. Hizo dibujo y pintura. También diseñaba ropa en Can Lleis… Dalí ha triunfado en todo. Narcís, sé que te gusta mucho la producción artística de Dalí, por encima de la de Picasso, Miró y compañía. Dalí pinta muchos cipreses, como símbolo de su espiritualidad, ya que es un árbol que sube recto hacia el cielo. Porque Dalí es un hombre creyente. También pintaba cruces en algún cuadro, y paisajes del Empordà. Es el arrebato que convive con él. Aparte de todo esto, tú, Narcís, y yo sabemos que, cuando hablábamos con él, era el hombre más tratable del mundo, de actitud mesurada, y con quien podías tener una conversación de lo más normal, siempre que tuviera lejos a los periodistas o alguna cámara, una herramienta que él admiraba y utilizaba. Se sabía importante; es decir, se lo llegó a creer.

Estos son los rasgos más interesantes de Dalí. Esto no está en los libros, y las cosas del libro que nos ocupa tampoco están.

—Pues que todo sea para que sus idas y venidas queden para la historia. Si tardamos muchos años en hacerlo, se perderán, Carles. El tiempo pasa volando.

Ideas expuestas por el Dr. Narcís Bardalet, pediatra y forense, recopiladas por Carles Mallart i Figueres.

Obra de Montserrat Grifell
Obra de Montserrat Grifell

Mi historia con Salvador Dalí

Carles Mallart FigueresPresidente de la Fundació Privada Dalmatius Moner

Fascinado por Dalí

Nací en Figueres el 5 de enero de 1952 —víspera de Reyes— a las 9.15 de la mañana, en la habitación 106 de la Clínica de la Santa Creu. Mi padre, Llambert de Lladó; mi madre, Dolors de Cistella. Soy Capricornio con ascendente Acuario y ampurdanés de pura cepa. De pequeño sentía un temor reverencial por la tramontana, ese viento singular que nos forja el carácter. Aunque hoy soy gerundense de adopción, tengo el corazón repartido entre Figueres y Girona.

Carles Mallart Figueres
Carles Mallart Figueres

Siempre me ha fascinado la figura de Salvador Dalí: maestro universal, hombre sabio y de una inteligencia casi inabarcable. Todavía lo recuerdo vestido con americana y pantalones de pana fina, de un solo color de arriba abajo: verde, granate o lila, que eran sus colores preferidos. Siempre elegante, todo un señor.

Normalmente, cada día pasaba por la Oficina de Turismo de la plaza del Sol. Hacía el gesto de arreglarse el bigote, cogía el bastón y bajaba por la calle Lasauca hacia la Rambla. Pasaba por Can Lleis y muchos días iba a comer al restaurante del Hotel Duran de Figueres (Ca la Teta).

Este libro que hoy tienen en sus manos es un homenaje nacido de la devoción y el respeto. Quiero agradecer profundamente el trabajo de todos aquellos que han participado, directa o indirectamente, en este proyecto. No detallo una lista por miedo al olvido, un error que sería imperdonable. Nuestra Fundación Dalmatius Moner lo ha previsto en francés, por razones de vecindad, y en inglés, por ser actualmente la principal lengua de comunicación en todo el mundo. Más adelante, nos planteamos traducirlo al catalán, al castellano, al chino, al japonés, al alemán, al árabe y al ruso… (nueve o más idiomas) gracias a las nuevas tecnologías.

Quiero a Dalí y a su obra porque tuve el privilegio de tratarlo a menudo. Recuerdo las comidas compartidas en las que él, con su picardía habitual, siempre me invitaba… para acabar dejándome la factura a mí. Solo una vez quiso pagar él. Al terminar, pidió que lo apuntaran, sin más. Dalí no pagaba con dinero, sino con leyenda: a menudo firmaba un cheque con un dibujo en el reverso y decía: «No lo cobres, porque algún día valdrá más el dibujo que el cheque». Dalí no era ni pesetero ni tacaño; él era así: cuando murió tenía dos millones y medio de pesetas, el equivalente a 15.000 euros, en su cuenta del Banco Hispano Americano.

La lección del maestro: entre la locura y el método

Hay un dicho empresarial que nos recuerda que hay que rodearse de gente que sepa más que uno mismo. Esta ha sido nuestra premisa al gestar EL BIGOTE: Homenaje a Salvador Dalí, Hotel-Museu Llegendes. Anécdotas del maestro hay cientos, pero hay dos que definen perfectamente su esencia.

Carles Mallart Figueres en el Hotel-Museu Llegendes
Carles Mallart Figueres en el Hotel-Museu Llegendes

La primera la viví yo mismo en la terraza del Astoria. Yo tenía veintisiete años. Compartíamos un aperitivo cuando una mujer mayor se acercó y le escupió en la cara, tachándolo de loco. Me indigné. Cuando ya me levantaba para defenderlo, el maestro me agarró con fuerza del brazo y me hizo sentar: «Carles, no hagas nada. Esta mujer está loca y no sabe que yo vivo de esto… y tú, por lo que veo, tampoco». Allí comprendí su filosofía de vida: Dalí no solo creaba arte; él era el espectáculo mismo.

Hotel-Museu Llegendes ★★★★
Hotel-Museu Llegendes ★★★★

La segunda, que ya forma parte del imaginario colectivo, nos lo muestra paseando un caballo sudoroso por la Rambla de Barcelona un día de calor sofocante; Dalí iba a pie. Al ver que el animal tenía sed, no dudó en entrar con él en el vestíbulo de un hotel de lujo. Las recepcionistas, petrificadas, lo reconocieron y trajeron un cubo de agua para el caballo. Él, con una elegancia natural, agradeció la obra de caridad y siguió su camino. Dalí era así: excéntrico, sí, pero no tenía un pelo de loco. Mantenía una conversación normal mientras no estuviera con periodistas. En ese sentido era muy pillo, y un gran actor.

Ya de joven había hecho de las suyas. Desde siempre había tenido muy mala relación con su padre. Un día llenó un pequeño bote con su esperma y se lo dio a su progenitor, diciéndole: «Mira, te lo devuelvo». Y se quedó tan ancho.

Se dice que, de estudiante, había jurado que si le aprobaban una asignatura que se le resistía, bajaría la Rambla de Figueres dando volteretas. Aprobó. Y cumplió la promesa.

En La Jonquera, el tráfico principal pasaba por el centro del pueblo. Hoy, con la autopista, todo ha cambiado. Pero en aquella época la cola en la aduana era muy larga. Un día, Dalí, mientras avanzaba lentamente por La Jonquera en dirección a Francia, empezó a hacer muecas a la gente. Le gustaba que lo miraran.

Un día montó una performance con un elefante. Nadie sabe de dónde había salido, algo que a él no le importaba lo más mínimo. Más adelante se inspiró en él para crear la figura del elefante de patas finísimas: un icono absoluto.

Le gustaba pasearse con las modelos por Figueres. Iba a Can Lleis y llevaba los diseños de todo lo que quería que le hicieran, personalizado: joyas, cinturones anchos, collares…

Durante una época iba acompañado de un leopardo a todas partes. Recuerdo un día que estábamos sentados en el Astoria y aquel felino me lamió las piernas. Me levanté de un salto. El animal no daba mucha confianza, pero Dalí me iba repitiendo: «No sufras, que no hace nada». Quizá no, pero imponía. Y es que Dalí nunca pasaba desapercibido. Cuando le convenía tenía un carácter afable, pero, cuando lo creía oportuno, se convertía en Dalí el Genio, y entonces podías esperar cualquier cosa. Era imprevisible.

El Astoria, en la Rambla de Figueres
El Astoria, en la Rambla de Figueres

Un legado para el futuro

Este libro digital nace con una clara vocación internacional. Nuestro objetivo es que este homenaje llegue a cada rincón del mundo, igual que lo hizo su fama.

Pero este proyecto no se queda solo en la memoria, sino que quiere ser una semilla para futuras iniciativas:

La exhibición del Maestro: proponemos que, dado el excelente estado de embalsamamiento de su cuerpo —con una duración estimada de 800 años, gracias al Dr. Bardalet y al Dr. Lacaci—, pueda exhibirse con el máximo respeto, tal como se hace en el Vaticano. A Dalí le habría encantado este acto final de presencia física. Es absurdo embalsamar el cuerpo de Dalí para 800 años y no mostrarlo con decoro.

El aeropuerto Salvador Dalí: es necesario que el aeropuerto de Girona lleve su nombre. «Costa Brava» es una marca regional excelente que se mantendría, pero el nombre de Dalí es universal y situaría nuestra infraestructura en el mapa mundial de manera inmediata.

AEROPUERTO INTERNACIONAL SALVADOR DALÍGIRONA-COSTA BRAVA

Homenaje a los ilustres: no podemos olvidar a Narcís Monturiol (el submarino) y a Alexandre Deulofeu, que predijo muchos años antes la caída del Muro de Berlín.

Figueres y su entorno han dado mentes privilegiadas que merecen un reconocimiento a la altura de su historia.

Antes de comprar la finca de Púbol —uno de los vértices del triángulo daliniano—, había considerado el castillo y las tierras de Quermançó, que habían sido propiedad del Ayuntamiento de Vilajuïga. Pero no se entendió con los propietarios de aquel momento, la familia Ratés, y al cabo de unos años se vendió a Josep Maria Martorell, de Empuriabrava, su actual propietario. Pedían unos 40 millones de pesetas, el equivalente a 240.000 euros actuales. Josep Maria Martorell, hábil para los negocios, lo consiguió con una importante rebaja. Las cosas tienen el precio que te dan por ellas, no lo que crees que valen.

Salvador Dalí, sin embargo, nunca tuvo ningún deseo de ser enterrado en Púbol. Lo repitió muchas veces: «A mí no se me ha perdido nada en Púbol». Lo de las dos tumbas con un agujero lateral fraudulento, para que Dalí y Gala pudieran darse la mano una vez muertos, es una supuesta operación de marketing, un rumor que unos aprovechados de la época crearon artificialmente y a partir del cual acabaron comprando gran cantidad de terrenos del entorno. Fue una operación urbanística especulativa, y sería bueno que, algún día, alguien con sensatez y documentación en mano eliminara la tumba supuestamente destinada a Salvador Dalí y dejara el castillo de Gala en Púbol. Creo sinceramente que la historia merece la verdad.

Mantener la farsa de los agujeros laterales de las dos tumbas (Gala y Salvador Dalí) es desautorizar al exalcalde de Figueres Sr. Marià Lorca (e. p. d.), que fue el último destinatario de la palabra de Salvador Dalí en vida, sumado al hecho de que el maestro había dicho públicamente muchas veces que no se le había perdido nada en el castillo de Púbol. Tenemos el encaje perfecto con la voluntad del maestro de ser enterrado en su Teatro-Museo Dalí de Figueres.

Antes de inaugurar el Museo Dalí, el maestro pronunció una frase que caló hondo y que sigue muy viva hoy: «No os dejaré propiedades, pero sí un tema que tendrá muy buena taquilla». Se refería, evidentemente, al Museo.

Quizá algún día, con la ayuda de quienes aún recuerdan al maestro y de las hemerotecas, podamos recopilar todas aquellas anécdotas inéditas que hoy todavía son muy poco o nada conocidas. Mientras tanto, disfruten de este recorrido por la vida del genio, la leyenda y el paisaje que nos ha hecho como somos.

Carles Mallart Figueres

Carles Mallart FigueresPresidente de la Fundació Privada Dalmatius Moner

Nota de cierre del editor

¿Le gustaría rendir un homenaje así a Salvador Dalí en su ciudad? Deje que su pasión le inspire y póngase en contacto con nosotros.

En el momento de cerrar esta edición, en octubre de 2026, el Espacio de arte El Bigote, en el carrer del Pou Rodó, 22, de Girona, a pocos metros de la Petjada de Sant Narcís, se encuentra en obras de rehabilitación. Cuando abra sus puertas, acogerá las esculturas en piedra que aparecen en este libro, como homenaje a Salvador Dalí y a su relación con la leyenda de San Narciso, así como el proyecto de la pila bautismal de San Narciso.

Nuestro sincero agradecimiento

Agradecemos sinceramente a los siguientes artistas su colaboración en la edición de este libro:

Lluís RouraVallmajóMontserrat GrifellQuim HereuGallery LegendsIn2Art

Nuestra gratitud y nuestro respeto a los colaboradores cuyas reflexiones enriquecen esta obra. Gracias a su valiosa colaboración, contribuimos a difundir el legado de Salvador Dalí en todo el mundo.

Espacio de arteEl BigoteRelicario del bigote de Dalí y pila bautismal de San Narciso

Visítanos

Espacio de arte El Bigote

Carrer del Pou Rodó, 22 · 17004 Girona
www.elbigote.art

Hotel-Museu Llegendes

Portal de la Barca, 4 · 17004 Girona
www.llegendeshotel.com